Estamos todos sentados encima de paradigmas civilizacionales y económicos fallidos. Es lo que nos revela la actual crisis global con sus varias ramificaciones. A corto y a medio plazo no hay nada que se presente como consistente. Somos pasajeros de un avión en vuelo ciego. Lo que se ofrece es hacer correcciones y controles a la Keynes, que en el fondo son cambios en el sistema, pero no cambios del sistema. Pero es el sistema lo que resulta realmente insostenible, incapaz de ofrecer un horizonte prometedor para la humanidad. Por eso, se demanda otro sistema y otro paradigma de habitar este pequeño, viejo, devastado y superpoblado planeta. Es urgente porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra y tenemos poca sabiduría y escaso sentido de cooperación.
Por causa de los intereses de los poderosos, que no hacen lo necesario para evitar lo fatal, las soluciones que están siendo puestas en marcha en el mundo van en la línea de «más de lo mismo». Esto es absolutamente irracional, pues ha sido ese «mismo» lo que nos ha llevado a la crisis, que puede evolucionar hacia una tragedia completa.
Estamos, pues, enredados en un círculo vicioso letal. Les guste o no a los economistas -los «salvadores» del mundo-, tenemos a la vista dos puntos muertos: uno humanitario y otro ecológico. El primero es de naturaleza ética: la conciencia planetaria, surgida como consecuencia de la globalización, suscita la pregunta: ¿cuánta inhumanidad y crueldad aguanta el espíritu humano cuando verifica que el 20% de las personas consume el 80% de toda la riqueza de la Tierra, condenando al resto a la cruz de la desesperación, acorralada por los límites de la supervivencia? ¿Aceptará el veredicto de muerte sobre ella… o se resistirá, se indignará y finalmente se rebelará por instinto de supervivencia? El ideal capitalista de crecimiento ilimitado en un planeta limitado ya no se puede seguir proponiendo o sólo bajo una gran violencia.
El segundo es el límite ecológico. El capitalismo creó la cultura del consumo y del desperdicio, cuyo prototipo es la sociedad norteamericana. Generalizar esta cultura —ya se han hecho los cálculos― necesitaría dos o más Tierras semejantes a la nuestra, lo que hace el proyecto irrealizable. Por otra parte, hemos llevado al límite los recursos y servicios de la Tierra y los sobrepasamos en un 40%. Todas las energías alternativas a la fósil, manteniendo el consumo actual, cubrirían solamente el 30% de la demanda global. Como se ve, dentro del mismo modelo, somos un sapo que se va cociendo lentamente sin posibilidad de salirse de la olla.
Hay tres propuestas creativas: la economía solidaria, que no se guía por el objetivo capitalista de maximización del lucro ni por su apropiación individual; el cambio de monedas regionales, y la tercera es la de la biocivilización y la Tierra de la Buena Esperanza, del economista polaco que dirige un centro de investigación sobre Brasil en Paris: Ignacy Sachs. Esta propuesta da un lugar central a la vida y a la naturaleza, considerando a Brasil el lugar donde se anticipa. Las tres son posibles, pero todavía no han acumulado fuerza suficiente para ser hegemónicas.
Ellas tal vez podrían salvarnos. ¿Pero tendremos tiempo hábil? Bien decía Gramsci: «lo viejo no acaba de morir y a lo nuevo le cuesta nacer». No se desmonta una cultura de un día para otro. Quien está acostumbrado a comer filete de lomo, difícilmente se resignará a comer huevo.
Mi sentimiento del mundo dice que vamos al encuentro de una formidable crisis generalizada que nos llevará al límite de la supervivencia. Cuando el agua nos llegue a la nariz, haremos todo para salvarnos. Posiblemente seremos todos socialistas, no por ideología sino por necesidad: los escasos recursos naturales serán repartidos ecuánimemente entre los humanos y los demás vivientes de la comunidad de vida.
San Agustín sabiamente enseñó que hay dos factores que producen en nosotros grandes transformaciones: el sufrimiento y el amor. Debemos aprender ya ahora a amar y a sufrir por esta única Casa Común a fin de que pueda ser una gran Arca de Noé que albergue a todos. Entonces la Tierra de la Buena Esperanza sí será señal de un Jardín del Edén que todavía está por venir.
2009-08-07
*Fuente: Koinonia
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