A principios de abril de este año, los veinte países más ricos del mundo (G-20) se reunieron en Londres para encontrar salidas a la crisis económico-financiera mundial. La decisión de base fue continuar en el mismo camino de antes de la crisis, pero con controles y regulaciones a partir de una mayor presencia del Estado en la economía. Los controles serían para el tiempo necesario para la superación de la crisis, a fin de evitar el colapso global, y las regulaciones serían para restaurar el crecimiento y la prosperidad con la misma lógica que prevalecía antes.
Esta opción implica continuar con la explotación de los recursos naturales que devastan los ecosistemas y hacen aumentar el calentamiento global y el foso social entre ricos y pobres. Si esto prospera, dentro de poco nos enfrentaremos a la crisis de la propia naturaleza, pues las causas no han sido eliminadas. Hay que añadir también el hecho de que los 172 países restantes (en total son 192) no fueron oídos ni consultados. Se pensó en ayudarles, pero con migajas. En efecto, toda África, el continente más vulnerable, sería socorrida con menos fondos de los que el gobierno de Estados Unidos ha usado para salvar a la General Motors.
El impacto perverso de la crisis sobre los países de bajos ingresos se presenta aterrador. Se estima que, mientras dure la crisis, más de 100 millones de personas caerán cada año en extrema pobreza y se perderán cada mes un millón de puestos de trabajo. Esta situación hizo que el Presidente de la ONU, Miguel d’Escoto Brokmann, imbuido de alto sentido humanitario y ético, convocase una reunión de alto nivel que reuniese a los 192 representantes de los pueblos para discutir conjuntamente la crisis y buscar soluciones incluyentes. Acaba de tener lugar, del 24-26 de junio, en los espacios de la ONU. Todos hablaron. Era impactante oír el clamor que venía de las entrañas de la humanidad: los ricos lamentando los billones de pérdidas en sus negocios y los pobres denunciando el aumento de la miseria de su pueblo.
Muchas voces sonaron claras: no bastan los controles y regulaciones que acaban beneficiando a los que provocaron la crisis. Es urgente un nuevo paradigma que redefina la relación con la naturaleza, con sus recursos escasos, el propósito del crecimiento y el tipo de civilización planetaria que queremos. Es importante elaborar una Declaración del Bien Común de la Humanidad y de la Tierra que oriente ética y espiritualmente el sentido de la vida en este pequeño planeta.
Tras un intenso trabajo, previamente llevado a cabo por una comisión de expertos presidida por el premio Nóbel de economía Joseph Stiglitz y con las colaboraciones venidas de cuatro mesas redondas y de la Asamblea General, se concertó un detallado documento que alcanzó el consenso de los 192 representantes. El peligro colectivo facilitó la convergencia colectiva, una rareza en la historia de la ONU.
El documento prevé medidas inmediatas, especialmente para salvar a los más vulnerables, bajo la coordinación de varias instituciones internacionales, articuladas entre sí. Pero lo más importante es la presentación de un programa de reformas sistémicas que prevé un sistema mundial de reservas con derechos especiales de giro, reformas de la gestión del FMI y del Banco Mundial, regulaciones internacionales de los mercados financieros y del comercio de derivados, y principalmente la creación de un Consejo de Coordinación Económica Mundial equivalente al Consejo de Seguridad. De esta manera se espera garantizar un desarrollo estable y sostenible.
Esta cúpula mundial es generadora de esperanza, pues la humanidad comienza a mirarse a sí misma como un todo y con un destino común. Pero todas las soluciones se orientan todavía bajo el signo del desarrollo. El factor principal de la crisis del sistema-Tierra tiene que ser cambiado por «un modo sostenible de vivir». Si no, asistiremos a la bifurcación de la humanidad entre los que disfrutan del desarrollo y los que son víctimas de él. No hemos llegado aún al nuevo paradigma de convivencia Tierra-humanidad, forjador de una nueva esperanza.
El futuro próximo, decía el Presidente de la Asamblea, pasa por la utopía que necesitamos construir para poder seguir viviendo juntos en la misma Casa Común.
2009-07-10
* Fuente: Koinonia
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