“Rasguen su corazón y no sus prendas de vestir”. Mea culpa tardío de la jerarquía eclesial católica
por Alex Ibarra Peña (Chile)
8 años atrás 4 min lectura
Rasgar vestiduras en la Biblia es una expresión de dolor usada principalmente frente a la muerte de un hijo, pero también es usada para mostrar otras imágenes de dolor. Sin embargo, también es un gesto de engaño con el cual se escenifica un acto de compasión falso.
La jerarquía eclesial católica, apostólica y romana, se encuentra hoy en un grave escándalo que la acecha desde hace muchos años, tal vez desde siempre, ergo quizá los santos padres no son tan santos. Violeta Parra hace años interpelaba a esta autoridad sospechosa por sus vínculos con la élite económica desde el periodo colonial hasta nuestros días.
Las cuestiones de esta iglesia, sin duda son asuntos importantes desde una perspectiva política. De ahí para algunos de los principales teóricos políticos el Vaticano resulta un centro de interés para la comprensión de la instalación de poderes hegemónicos, sólo por mencionar a uno de mis autores predilectos, Antonio Gramsci, que por estos días de transformación del orden moral podríamos catalogar de contemporáneo. Otros textos culturales también refieren la férrea relación entre iglesia y poder, aquí es sugerente “El Padrino”.
Sin duda la historia universal occidentalizada permite aceptar a esta institución como uno de sus operadores más relevantes. Muchas de nuestras tribulaciones religiosas, al interior de nuestros pueblos, se las debemos al catecismo. Esta oferta religiosa fue parte del genocidio que afectó a los pueblos originarios de América. Pero, también se puede testimoniar la participación política de la iglesia en varios de los textos fundacionales de la República en la formación del Estado-nación en el siglo XIX. Recordemos que el primer discurso oficial en los albores del parlamento, fue escrito como “Sermón” por Fray Camilo Henríquez, por otra parte Andrés Bello nos deja ver las presiones que tuvo la Universidad de Chile para aceptar la instalación de una Facultad de Teología al interior de esta universidad republicana. Nuestra historia nacional dominada y sometida al colonialismo no pudo dejar de lado nunca la influencia política de la iglesia.
En el pensamiento crítico latinoamericano autores como Augusto Salazar Bondy alertan sobre la participación, siempre colonialista del catolicismo, que incluso en sus versiones más liberadoras gestadas en américa latina, resultaban obstaculizadoras para una revolución más genuina. En Chile los textos políticos-críticos de Juan Rivano develan el actuar político colonizador realizado programadamente por el jesuitismo, del cual también desconfiaba, décadas antes, el peruano José Carlos Mariátegui.
Así las cosas los sucesos de estos días propios del escándalo de la jerarquía católica chilena, son elementos que deberían interesarnos desde lo político. Los medios de comunicación ya deberían estar mostrándonos los perfiles de los posibles nuevos obispos, así como suelen hacer con los perfiles de los nuevos ministros cuando hay cambio de gobierno. Lo del perfil de la conformación de la nueva jerarquía católica resulta relevante en cuanto que nos permitirían ir visualizando si continuará un linaje eclesial oligarca y conservador, o si la iglesia abre espacios a curas más populares y más empáticos con los nuevos desafíos ciudadanos que hoy está planteando la sociedad chilena.
Francisco I hoy se encuentra frente a una posibilidad histórica en beneficio de la iglesia chilena, pero también para el fortalecimiento de nuestra democracia, dada la vinculación existente entre la iglesia y el poder. Las decisiones siguientes también permitirán aclarar si este Papa está interesado en emprender las transformaciones que tantos fieles de la iglesia vienen reclamando desde las comunidades eclesiales de base, o si lo que estamos viendo por estos días no es más que un berrinche lastimoso como consecuencia del fracaso de la visita que realizó a nuestro país a comienzo de este año.
Las transformaciones políticas que estamos viviendo contienen una fortaleza cívica que no veíamos desde los años de conformación de la Unidad Popular, aquella década caracterizada por un sentimiento de reoriginalización que buscaba eso que algunos han llamado un pensar con “cabeza propia”. La renovación de nuestro orden intelectual y moral viene planteándose desde fuera de las instituciones, pero debería afectarlas en lo más profundo de su conformación. Las instituciones harían bien en abandonar las lógicas de las verticalidad y con humildad sensata asumir las lógicas de la horizontalidad. Aquellas instituciones que no entiendan que los indignados han salido con decisión a la calle, es que no han comprendido que las víctimas de un sistema se auto inmolan sin temor cuando se les ha privado de la vida digna que el ser humano anhela desde su más bella intimidad para realizarse en su comunidad como acto creativo y amoroso. En nuestra conciencia atávica persisten los rasgos identitarios que nos ligan al ayllu resistiendo al engaño del totalitarismo aparentemente naturalizado que exalta la libertad individual desde las estrategias del neuroliberalismo. Toda institución jerárquica debe comprender las lecciones de las sabidurías de nuestros pueblos, los cuales no han renunciado nunca a la organización en donde quien manda, manda obedeciendo.
–El autor, Alex Ibarra Peña, es miembro del Colectivo de Pensamiento Crítico “palabra encapuchada”.
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