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Nada menos que todo un hombre

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La personalidad del Ministro Carlos Cerda corresponde, perfectamente, a ese personaje  de Miguel de Unamuno, “nada menos que todo un hombre”.  Que lo hayan rechazado por venganza los hipócritas fascistas de la derecha  chilena, en el Senado, constituye un galardón más que un castigo; sé que los muy tontos y algunos frescos de la Concertación pudieron creer que, de la noche a la mañana, los lavinistas se habían olvidado apoyar al pillìn de “Daniel López” Pinochet; ahora se comprueba que están dispuestos  a la revancha contra el Juez que, valientemente, se atrevió a tocar a los genocidas cuando vivíamos en las aguas estancadas de la democracia de los acuerdos.

Fui compañerote curso de Carlos Cerda, en Los Sagrados Corazones, un colegio de curas destinado a reproducir el poder de la oligarquía. Su rector, el padre Esteban Gumucio, autor de la Cantata de los Derechos Humanos y que, consecuentemente, se fue a vivir con los pobladores era un cristiano autentico. Extrañamente, en ese tipo de colegios surgen los herejes más recalcitrantes y, a veces, como en el caso de Carlos Cerda, personas de un alto valor moral contrastantes con la miseria ética que domina el ambiente, incluso en las Instituciones de la republica, que sólo el ciudadano profesor Lagos cree que funcionan.

La justicia siempre ha sido mal evaluada por la gente. Según el poeta Vicente Huidobro la balanza siempre se inclinaba hacia el queso. Valdés Canje y Recabarren pintan, con los rasgos más negros, el funcionamiento de la justicia: allá por los años 1910; como hoy, los jueces eran nombrados por los políticos. Los liberales democráticos eran dueños de todos los juzgados, formaban parte del reparto; asimismo, los jueces agradecidos por el nombramiento favorecían a los corruptos militantes del partido sucesor de Balmaceda. En los años 20, del siglo pasado, el juez Astorquiza se hizo famoso por enviar al maní comió y luego a la muerte al posta Domingo Gómez Rojas;  los estudiantes universitarios le enviaban cartas a este juez prevaricador recordándole su crimen y su mujer e hija lo abandonaron ante tanta presión y vergüenza.

En la dictadura de Ibáñez,  el “paco” quiso dominar a la Corte Suprema: como el presidente de esta institución de la república, Javier Angel Figueroa, hermano del presidente, Emiliano Figueroa, no se dejo manipular, el ministro omnipotente, Ibáñez, opto por cambiarlo por un personaje insignificante. Al igual que en la época de Pinochet, donde los jueces negaban los recursos de amparo y las personas estaban en la total indefensión jurídica; a diferencia de la dictadura de Pinochet, en los años 20, esta desprotección no significaba la muerte, desaparición o tortura, sino el exilio; como se podrá ver, no hay mucha diferencia entre los tribunales especiales de la época de Petain y los nuestros en dictadura, quizás la única diferencia es que los primeros fueron juzgados por sus sucesores democráticos y, los segundos, quedaron impunes.

Mientras los Tribunales sigan en manos de los poderosos, jamás habrá justicia para los pobres y perseguidos: la igualdad ante la ley será una linda palabra permanentemente violada.
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