Pinochet, ¿un presidente más?
por Hermes H. Benítez (Edmonton, Canadá)
18 años atrás 6 min lectura
Pocos hechos revelan de una manera más cristalina el verdadero carácter, tanto de la Concertación como de sus cuatro gobiernos, que la reciente inclusión del retrato de Pinochet, calzando banda presidencial, en la galería de los últimos cinco “presidentes”, que figura en la página web del bicentenario.(*) Aquellos que siguen engañados con el discurso pseudo-izquierdista de la coalición gobernante, dirán que se trata de un simple acto de insensibilidad, o de falta de respeto a las víctimas de la dictadura, etc., etc., pero, en realidad, ésta no es más que una explicación superficial, que no penetra en la esencia de los hechos, sino que, por el contrario, ayuda a ocultar su verdadera naturaleza y significado.

Intentaremos explicar este aparentemente inédito hecho mediante el examen de un texto y una fotografía que lo acompaña. Como un recuerdo y una advertencia histórica he tenido por mucho tiempo, aquí sobre mi escritorio, un recorte del periódico LA NACION del día 11 de marzo de 1990, encabezado por el siguiente titular: “A las 13.15, Chile inició el retorno a la democracia”. El escueto pasaje que lo acompaña es igualmente significativo y revelador, y dice así:
“Después de 16 años de régimen militar, Chile retomó la senda democrática con la asunción de Patricio Aylwin a la Presidencia de la República.
En una ceremonia realizada en el Salón de Honor del Congreso Nacional en Valparaíso y que sólo duró 6 minutos, el 11 de marzo de 1990, el general Augusto Pinochet entregó el mando del país a Aylwin, que ganó la elección presidencial realizada el 14 de diciembre de 1989.
En esta ocasión, el candidato de la Concertación y líder de la DC, derrotó en las urnas con un categórico 55,2% al candidato del pacto Unión por el Progreso, Hernán Buchi (29,4%), y al empresario Francisco Javier Errázuriz (15,4%)”.(1)
Al lado izquierdo de este texto puede verse una fotografía a color de la ceremonia en la que (curiosamente) aparece el presidente electo, no en el momento de recibir la banda presidencial de manos de Pinochet, sino segundos después al ser felicitado por quien pareciera ser Gabriel Valdés, a juzgar por su pelo cano y su perfil característico.
Significativamente, tanto el texto como la foto contienen, para quien sepa descifrarlos, todos los elementos que permiten comprender la naturaleza profunda de lo que el sociólogo Felipe Portales ha venido en denominar, certeramente, como la “democracia tutelada” chilena. (2)
Examinemos, en primer lugar, el texto de la noticia de la Nación más arriba reproducida. En realidad la dictadura duró 17 años, no 16, como se lo indica erróneamente allí. Describir o llamar “régimen militar” a este negro capítulo de nuestra historia reciente no es, por cierto, una simple concesión linguística del periodista que escribió estas líneas, sino una denominación expresamente concebida al menos con dos propósitos ideológicos: 1. ocultar la verdadera naturaleza de la dictadura; 2. hacerla aparecer no como la consecuencia de un golpe militar de estado, es decir, de una violenta ruptura con la tradición democrática, sino como su contrario, como un régimen político más.
Pero ¿por qué era necesario presentar a la dictadura en estos términos?
Por la sencilla razón de que los cerebros de la Concertación decidieron en 1989 que el único modo posible de “retornar a la democracia”, requería de la firma de un “pacto con el Diablo”, es decir, de un acuerdo secreto con los usurpadores civiles y militares del poder legítimo, cuyos términos nunca han sido dados a conocer, pero que indudablemente no podían sino contemplar al menos tres grandes áreas problemáticas: aquella que se refería a la mantención del modelo económico neoliberal; aquella que se refería a la mantención de la constitución del 80 y el resto de la legalidad dictatorial, y aquella que se refería a la impunidad judicial de los responsables de los atropellos a los derechos humanos, en especial a su principal cabecilla: Augusto Pinochet.
Nadie podría decir hoy que la Concertación no cumplió con su parte del acuerdo. Como es hoy manifiesto, Chile es hoy un país tanto, o incluso más, neoliberal, de lo que fuera durante la dictadura; la constitución del 80, obra máxima del talento maquiavélico de Jaime Guzmán, continúa vigente, más allá de su conveniente “recauchaje” bajo el gobierno de Ricardo lagos; e incontables han sido los esfuerzos de los distintos gobiernos concertacionistas para obtener la amnistía y el perdón de los responsables de los sistemáticos atropellos a los derechos humanos cometidos bajo la dictadura; incluyendo, por cierto, el perdón de su principal autor intelectual e instigador, en cuya defensa se jugaron a fondo cuando éste fue detenido en Inglaterra, gracias a los buenos oficios del juez Garzón.
Significativamente, la ceremonia de “trasmisión del mando”, de Pinochet a Aylwin, no se realizó en el viejo edificio del Congreso Nacional en Santiago, uno de los símbolos máximos, junto con La Moneda, de nuestra vieja democracia, sino en el local del Congreso Nacional en Valparaíso, adefesio arquitectónico que encarna perfectamente los propósitos “refundacionales” de la dictadura pinochetista. En sí mismo este simple hecho simboliza y representa la claudicación de la Concertación ante la obra y la herencia política dictatorial.
Pero al no mostrar el momento en que Aylwin recibe la banda presidencia de manos del dictador, la fotografía de este acto publicada en La Nación nos escamotea, precisamente, aquello que debería mostrar, esto es, que la “democracia tutelada” se constituyó a partir de un pecado político capital inconfesable: el reconocimiento y la legitimación de la dictadura por parte de la Concertación, con todo lo que ello implicaba política e históricamente. Este reconocimiento legitimatorio, así como el acuerdo “cívico-militar” secreto previo, constituyen, sin duda, los dos grandes hechos políticos fundacionales de la democracia tutelada. Hasta aquí nuestro comentario de la portada de La Nación del 11 de marzo de 1990.
De allí, entonces, que a pesar de ser profundamente condenable, no tenga sin embargo nada de inexplicable que en la página web oficial del gobierno de Michelle Bachelet, dedicada a la celebración del bicentenario, el retrato del dictador aparezca junto a los retratos de los cuatro presidentes concertacionistas. Así como, a pesar de ser ciertamente condenable, no tenga, tampoco, nada de inexplicable que la presidenta socialista vaya a asistir, como uno de los invitados de honor, a la próxima inauguración del monumento a Jaime Guzmán. Dado que a juicio de los cerebros del nuevo sistema político post-dictatorial la posibilidad de su instalación y continuidad dependía de un modo fundamental de que se revalorizara la “obra económica“ de la dictadura; y que conjuntamente con ello se “corrigieran los ”excesos” de sus estructuras político-constitucionales, había que proceder primero a disfrazar el verdadero carácter de la dictadura ante los ojos del pueblo, conceptuándola ahora no como lo que efectivamente fue: una aberración política, una ruptura brutal de la continuidad del orden histórico democrático, sino presentarla como un “régimen” político más en nuestra historia; que no necesitaba ser efectivamente destruido ni negado, y que debía ser simplemente “asimilado”, sin conflictos ni rupturas, por el nuevo sistema democrático.
De modo que hoy nadie debiera sorprenderse si estos ya viejos “secretos” comienzan a salir a la superficie, incluso en un sitio web oficial del gobierno de la presidenta Bachelet.
Notas:
1. La Nación, 11 de marzo de 1990. Portada.
2. Felipe Portales, CHILE: UNA DEMOCRACIA TUTELADA, Santiago, Editorial Sudamericana, 2000.
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