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Diez años sin Paulo Freire

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El 2 de de mayo se cumplieron diez años de la muerte de Paulo Freire. Han pasado más de 45 años, casi medio siglo, desde que comenzó su trabajo de alfabetización con campesinos en Recife, Brasil. En este corto lapso la educación popular ha triunfado, a tal punto que se convirtió en el sentido común, en el modo habitual de trabajo en una porción significativa de los movimientos sociales de nuestro continente.

La educación popular, corriente de pensamiento y de resistencia cultural nacida en América Latina bajo las dictaduras de los años 60, creció y se expandió a partir de los 70. Diez años atrás el continente todavía estaba sacudido por la oleada neoliberal privatizadora que desmontó los estados nacionales. Para los movimientos sociales los aportes de Freire fueron decisivos a la hora de construir formas de acción y reflexión colectivas, que les permitieron adquirir autonomía de análisis y de comprensión de la realidad.

Pero el triunfo coloca a la educación popular en un lugar impensado e impensable décadas atrás. Ha sido reconocida y adoptada por sectores del Estado: hace poco tiempo pude observar en el Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay reuniones que se realizan siguiendo los preceptos popularizados por Paulo Freire: pequeños grupos trabajando en círculo, debatiendo en base a preguntas lanzadas por el coordinador, realizando dinámicas de grupo, utilizando papelógrafos.

Las victorias traen nuevos desafíos y problemas a resolver. En el caso de la educación popular, desde hace algunos años podemos observar su creciente institucionalización. Cientos de ONGs son contratadas por ministerios para promover el “desarrollo” de los más pobres, en sintonía con las políticas del Banco Mundial, utilizan las metodologías de la educación popular. El estatuto del educador popular ha ganado respeto y un lugar en las instituciones. Esto plantea un doble problema.

Por un lado, la institucionalización de la educación popular genera elevados niveles de confusión que debilita a los movimientos. Los estados comparten a menudo los mismos espacios que los movimientos sociales, pero esos espacios no están claramente delimitados y la utilización por ambos actores de técnicas propias de la educación popular acentúa ambigüedades. Desde que existen gobiernos progresistas, ha crecido una tendencia que ya se venía expandiendo de la mano de las ONGs: funcionarios estatales y militantes sociales comparten similares estilos de trabajo, lenguajes y códigos.

En segundo lugar, la educación popular ha quedado en muchos casos reducida a una suerte de caricatura: dinámicas grupales vacías de contenido. Las metodologías de trabajo grupal que fueron creadas para fomentar la participación y el espíritu crítico, como forma de potenciar la movilización de los sujetos colectivos, ahora aparecen como fines en sí mismas. Se han convertido en técnicas huecas que no contribuyen a la autoconciencia, mellando la potencialidad crítica de los sectores populares. De la mano de las ONGs y los estados, miles de educadores populares rentados no tienen ya interés en superar la relación sujeto-objeto y se limitan a perpetuar el papel del “coordinador”. De ese modo, una educación popular “oficializada” se ha vuelto funcional a los estados y al entramado institucional.

Sin embargo, el espíritu de Paulo Freire sigue vivo. Pero parece haberse refugiado en las prácticas educativas de algunos movimientos que han tomado la educación en sus manos. O sea, que ya no la delegan en los estados. Es el caso del movimiento sin tierra de Brasil (MST), que tomó como punto de partida la propuesta de Freire pero no se limitó a repetirla mecánicamente sino que la puso en movimiento. El MST busca que la comunidad se haga cargo de la escuela y defina el rumbo de la educación. El movimiento se ha convertido en un “sujeto educativo” y por tanto todos sus espacios, acciones y reflexiones, tienen una intencionalidad pedagógica. Esto supone desbordar el papel tradicional de la escuela y del docente: deja de haber un espacio especializado en la educación y una persona encargada de la misma; todos los espacios, todas las acciones y todas las personas son espacio-tiempos y sujetos pedagógicos.

Transformarse transformando” es el principio pedagógico y el movimiento es el sujeto educativo. Ya no se registra división y separación entre escuela y sociedad. La pedagogía deja de ser una técnica dominada por especialistas para convertirse en un “ambiente”, un proceso de autoeducación permanente.

Otra experiencia importante es la que se registra en los municipios autónomos zapatistas, en Chiapas. Según la crónica de Gloria Muñoz Ramírez (“Chiapas la Resistencia”, La Jornada, 19 de setiembre de 2004), en las escuelas zapatistas los criterios educativos se basan en que la educación “sale del pensamiento de los pueblos”, en que “los niños van a consultar a los viejitos de los pueblos y junto con ellos van armando su propio material didáctico”. Una pedagogía que hubiera entusiasmado a Paulo Freire. Más aún, no ponen calificaciones: “A los que no saben no se les pone cero, sino que el grupo no avanza hasta que todos vayan parejo, a nadie se reprueba”. A fin de curso los promotores indígenas –elegidos por sus comunidades- organizan actividades que son presenciadas por los padres de familia, quienes “valoran el aprendizaje de sus hijos sin otorgarles ninguna calificación”.

Creo que las prácticas educativas de estos y otros movimientos recogen la intencionalidad liberadora de Paulo Freire: la educación tiende a ser autoeducación; el espacio educativo no es sólo el aula sino toda la comunidad; los que enseñan no son sólo los maestros sino todos los miembros de la comunidad; los propios niños muestran su capacidad de aprender-enseñar; el movimiento todo es un espacio autoeducativo. Abajo, lejos de las instituciones, la educación popular abrió espacios por los que ahora transitan sujetos que están creando un mundo otro.
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