Argentina: La lección del maestro
por Mariana García (Clarin - Argentina)
19 años atrás 10 min lectura
–Pero profe, ¿le parece? Con lo que me cuesta…
–Póngase las pilas y déjese de parrandas. Yo lo voy a ayudar
Esa fue la última vez que Ismael lo vio con vida. Tuvo, en rigor, una última oportunidad. Pero pagaría por olvidarla. El profesor agonizaba en una cama de la terapia intensiva del Hospital Castro Rendon. El disparo de un policía le había destrozado la cabeza. Estaba hinchado y le habían rasurado el cabello. "Su pelo… ya no tenía su pelo. Cierro los ojos y lo primero que veo es su sonrisa y los dos mechones que se le caían para adelante." Ismael lo imita con movimientos de galán. Se fascina al recordarlo como si deseara más que nada poder copiar esa elegancia.
El CPEM 69 (Centro Provincial de Enseñanza Media) está ubicado en los confines de la capital neuquina, en el oeste, la zona más pobre de la ciudad y donde viven abarrotados dos tercios de la población de la capital. Es igual a todas las escuelas de la provincia, una barraca de ladrillos a la vista y techo de chapa verde. Como todo en el oeste, está construida sobre la barda, una mezcla de arcilla y piedras que forma pequeñas elevaciones sobre un suelo inestable. Allí, todos se habituaron a vivir con una grieta en casa. Allí, en esa escuela que no es un buen destino para casi ningún docente, Fuentealba enseñaba matemática, física y química a los adolescentes del secundario y los adultos de la nocturna. Era uno de los pocos profesores que dejaba que las madres fueran con sus hijos.
–Está bien, pero lo hacemos juntos –, le respondió él. El tiempo corría y Mayra empezó a desesperarse. "Al final terminó haciéndome el examen él. Yo escribo medio chueco y hasta los números todos torcidos me hizo para que el otro profesor no se diera cuenta."
El año pasado, para la fiesta de la primavera, lo eligieron el Rey de la Escuela, con coronita y coro de chicas que a grito pelado pedían que lo "tiren a la hinchada". Justo a él, que nada lo ruborizaba más que el suspiro de sus alumnas cuando lo veían pasar. Era alto y buen mozo. Sobresalía del resto, pero por otras cosas. Carlos Fuentealba era de esos maestros desconocidos y silenciosos que nos recuerdan por qué, alguna vez, la palabra maestro provocó respeto.
* Por Mariana García / Fuente: "Clarín"
29 de Abril de 2007
Enviado por SERPAL
Servicio de Prensa Alternativa
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