Argentina: De la sintonía fina a la economía del diablo
por Andrés Figueroa Cornejo (Argentina)
14 años atrás 6 min lectura
Uno.
Pasada la primera noche del carnaval, y buscando infructuosamente una cuerda RE para la guitarra, en la calle Talcahuano, a un centenar de metros del Obelisco en Buenos Aires, dos adolescentes almuerzan los desperdicios de la fiesta que fueron a dar a un basurero derramado.
Y en Gascón, pisando avenida Corrientes, permanece abierta y vacía una tienda que vende ropa usada a cuotas.
Sin cuerda no hay sintonía. Y la vieja camisa escolar a crédito ni siquiera fue fina en su juventud.
Dos.
“Sintonía fina” –expresión oficialista multiplicada hasta más allá de la comprensión y la paciencia- , en los hechos significa ajuste económico bajo receta imperialista. Esto es, jibarización de los salarios ya pulverizados por una inflación de números misteriosos; recaudación desesperada de dólares ante el déficit fiscal; contracción de los programas sociales; extinción de los subsidios al capital que empina los precios de todo; aceleramiento de la reprimarización económica. La cuenta es cancelada por la mayoría de siempre-todavía. Ni forma nacional, ni contenido popular.
Ahora bien, en rigor, “Sintonía Fina” es una creación de la macroeconomía keynesiana puesta en circulación en Estados Unidos en la década del 60 del siglo XX (P.A. Samuelson, Garnerd Ackley, James Tobin) como una manera de administrar la relación entre ocupación (empleo) y variación de los precios (inflación). Estados Unidos y Europa en su conflicto con la Unión Soviética y el campo denominado socialista, formulaban el mantenimiento de un alto índice de crecimiento del PBI, bajas tasas de desocupación e inflación. Pero pasó que como el capitalismo tiene un patrón de conducta cíclica (crisis recurrentes) y aun cuando por esa época el ciclo estaba controlado, se daban trieños o cuatrieños en los que, a altas tasas de crecimiento y de incrementos salariales, advenían impactos inflacionarios en alza también. Ello se conoce como «recalentamiento económico”. Y concluía en etapas posteriores de «enfriamiento» porque las tasas de ganancia se contraían y las tasas de interés se elevaban, con lo que surgía el efecto contrario al esperado: bajaba el crecimiento, subía el desempleo, y bajaba la inflación a veces a tasas más elevadas que las de las otras variables. Así pues, se diseñó una política llamada de «sintonía fina» que consistía en establecer metas de ocupación y metas de inflación simultáneas, pero en sentido opuesto. Si se quería mantener bajas tasas de desocupación había que soportar altas tasas de inflación. Por ejemplo, 4 % de desocupación con 8-10 % de inflación. Y si se buscaba «reprimir la inflación» a 3-5 %, había que estar dispuesto a ver tasas de desocupación del 8-10 %. En Estados Unidos pudo manejarse más o menos en esos términos, pero en Europa la alquimia «se desbordó»: cuando las tasas de desocupación eran bajas, la inflación superaba los dos dígitos (Italia y Francia tuvieron inflaciones en los 70’ de un 13-16% anual y aún más). Se agregó que el PBI no crecía suficientemente (2-3 %) y hubo años de no crecimiento. Entonces empezaron a llamar a esa situación la «economía del diablo». Esto es, recesión con inflación y baja desocupación (había seguros de desocupación y estabilizadores sociales automáticos). Allí fue que arribó la ortodoxia, la Escuela de Chicago, el imperio del liberalismo financiero, el ahora.
¿Qué tiene que ver la “sintonía fina” original de los Estados corporativos imperialistas de hace medio siglo con Argentina actual? ¿Cómo se homologan las relaciones de fuerza de entonces, la historia colonialista, las formas de apropiación del capital originario que nunca terminan, los procesos de acumulación capitalista centrales del planeta respecto de una sociedad periférica y dependiente, desindustrializada, con empobrecidos a granel, primario extractiva y con indicadores en rojo, por mencionar sólo algunos datos de la realidad?
Tres.
Según las estadísticas de La Rosada (materia de sorna mundial), el 76 % de los trabajadores asalariados se desempeña en condiciones de dependencia, y un 35 % de la fuerza laboral se encuentra informalizada, ‘en negro’, sin beneficios ni obras sociales, sin vacaciones ni descanso, sin ahorros previsionales, sin salario mínimo. Presa de la explotación a discreción del empresariado, no hay ‘derecho’ ni a endeudarse con plástico ni hipotecariamente. A las cifras oficiales se añaden los trabajadores ‘en gris’, que en un empleo están contratados y en otro no. Estudios universitarios independientes ubican el trabajo ‘en negro’ en la mitad de la fuerza laboral existente en Argentina. Entonces, esa es una de las condiciones nucleares para mantener, garantizar e incrementar la tasa de ganancia del capital a través de la vieja vía de la intensificación de la libre explotación de millones. Los expoliados, cómo no, son mujeres, jóvenes, trabajadores menos calificados, migrantes. Invisibles y peligrosos.
En tanto, ya cursan las negociaciones colectivas o paritarias de los docentes y de los funcionarios públicos. Los primeros exigen un reajuste de alrededor de un 30 % y los segundos, de un 35 %, y reivindican la eliminación del ‘impuesto a la ganancia’ de los que viven de una remuneración (¡impuestos primermundistas en un país del tercero!). Si bien resulta probable que la demanda remuneracional esté bajo la inflación real, los dueños y el gobierno de turno presionan aun por menos. De lo contrario, uno de los pilares del ajuste se desmoronaría. Todo depende de la organización y disposición de lucha por sus intereses de los trabajadores. Como siempre-todavía.
Cuatro.
Cuando desde arriba se apela al histrionismo nacionalista más destemplado con el fin de sostener la subjetividad precaria de la ‘unidad patriótica’ (patria, pater, padre, patrón), la transnacional Glencore, especialista en la explotación y venta de materias primas, fundirá sus capitales con la suiza Xstrata. Glencore es dueña en Argentina de Oleaginosa Moreno, y Xstrata de la Minera Alumbrera de Catamarca.
Por otra, las amenazas de la renacionalización de Yacimientos Petroleros Fiscales (YPF), propiedad mayoritaria de la hispana Repsol desde 1999, se extraviaron en algún capítulo inconveniente del ‘relato’ gubernamental. El psicodrama económico acabó con compromisos de mayores inversiones de Repsol ante la mermada producción energética que impuso la compra de 9 mil millones de dólares de combustible en el exterior el 2011. Y con una concepción de lo ‘público’ por parte de las autoridades que ya no tiene que ver con la propiedad de los recursos, sino con la ‘vocación pública’ de sus propietarios privados. Como si este fuera el mejor de los mundos posibles, no existieran intereses ni excedentes apropiados privadamente. Como si el capitalismo fuera la síntesis del amor al prójimo.
En los reflejos previsibles de la nobleza partidocrática, de no tener la fuerza para reformar la Constitución y no poder repostularse por tercera vez la actual mandataria; los precandidatos presidenciales al ruedo para el 2015, serían el vicepresidente de la nación Amado Boudou (golpeado recientemente por un escándalo ‘en construcción’); el jefe del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri; y el hombre de consenso con el peronismo más rancio y Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli.
Lo anterior, por arriba, que desde la calle, desde los intereses de los trabajadores y el pueblo, asalariados, estudiantes, desocupados, mujeres en lucha, ambientalistas consecuentes, originarios, migrantes, comienzan a alterar el panorama real, unen sus luchas ante el mismo enemigo de la humanidad y, en lo inmediato, se movilizarán el 23 de febrero por el derecho a la vida y contra las consecuencias probadamente nefastas en las personas que provoca el patrón de acumulación primario extractivista, y especialmente megaminero a tajo abierto. Todo ambientalismo consecuente es anticapitalista.
Febrero 20 de 2012
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