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Don Diego Portales dialoga con los políticos chilenos de la actualidad 

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Hace mucho rato que teníamos la idea de poder publicar artículos sobre nuestra historia, como si se tratara de hechos actuales.
Por ejemplo, informar que:

"O’higgins se logró hacer fuerte en la plaza de Rancagua, pero “los gallegos” lo tienen totalmente controlado y lo pueden liquidar en cualquier momento. Según nuestros reporteros, Carrera, con fuerzas frescas y bien pertrechadas, mira todo esto desde la lejanía, y no participa. Según piensan observadores, Carrera no quiere poner en riesgo sus fuerzas, porque la derrota es inevitable y mañana habrá que seguir combatiendo."

¿Entienden nuestro afán? Nosotros vemos que la historia no es muy diferente a la actualidad, sólo que nos la enseñan totalmente "plana, planchadita, sin arrugas, ni manchas, sin contradicciones". Todo es perfecto en la historia; allí nadie tiene dudas; los héroes saltan a la historia concientes de que su acción pasará a ser comentada en los libros de historia que leerán los escolares. ¿Se imaginan a nuestros héroes bajándose del caballo a echar una cagadita o agarrando a “chuchadas” a quienes no les obedecían o maldiciendo a dios y al diablo mientras arrancan de una derrota?. ¿Se pueden imaginar lo que muchos patriotas decían, cuando un lote de apitutados firmó la Declaración de lealtad al rey, cuando este cayó en manos de Napoleón en España?. Hoy día hablamos de la "Primera Junta Nacional de Gobierno" e incluso algunos le llaman “Declaración de la Independencia”.
 
Nuestros deseos de “bajar la historia a las calles de nuestros días”, fue bien vista y oída por los dioses y nos enviaron a un gran historiador, que además posee la genialidad y la capacidad de fabular con las aventuras y desventuras que vivieron nuestros abuelos, acercándonos sus diarios quehaceres, inquietudes, penas y alegrías.
Aquí va su primera “joyita”. Aún tenemos humor, ciudadanos.
¡Gracias Maestro, por abrir camino!
La Redacción de PiensaChile


El descubrimiento del cadáver de Diego Portales, vestido de militar y con dorados botones, nos hizo regresar del hiperdesarrollo y triunfalismo económico a los cultos animistas de los primitivos países africanos, donde muertos y vivos conversan, comen y duermen en un mismo presente.

Es así como Don Diego vuelve a recorrer las calles del centro de Santiago y con el primer político que se encuentra es con otro resucitado, el nunca bien ponderado Lázaro Frei; ambos tienen una común pasión: el comercio monopólico del enviciante y peligroso tabaco. Tanto Don Diego, como don Eduardo captando que no eran buenos parra los negocios, cambiaron raudamente de profesión y se decidieron por la política. Portales era bromista y tenía un cierto desprecio por los poderosos, por ejemplo, se burlaba del presidente Prieto poniéndole el sobrenombre de un loco, que se paseaba por la Plaza de Armas; por el contrario, Lázaro Frei sólo habla en monosílabos y, durante su gobierno fue dominado por Martita y sus amigos personales. Don Eduardo es católico practicante y don Diego agnóstico e ironizaba la religión sosteniendo que creía más en los terrenales curas que en Dios. 

En la vereda del frente, en la Plaza de Armas, intenta abrazarlo su admirador, Daniel López, (Pinochet); don Diego le rehuye porque nunca admiró a los militares, incluso, inventó una guardia cívica para contenerlos en sus pipiolas (liberales) ambiciones de poder y no tuvo ningún empacho en desterrar al general Freire e impedir la vuelta a Chile del Padre de la Patria. A diferencia del profesor Lagos, a don Diego no le importaban un bledo las leyes y Constituciones: jamás hubiera pronunciado frases como “las instituciones funcionan bien”. El pobre Mariano Egaña era víctima permanente de sus burlas; a Portales sólo le interesaba el “peso de la noche”, es decir, mantener a los borregos chilenos, como una caterva de vencejos, al igual que a Enrique Correa, a quien siempre le gustó manipular a los poderosos desde las sombras.

Don Diego estaría muy incómodo en el actual Chile matriarcal: como era un visitante permanente de las chinganas de la Cañada, no hubiera escuchado los discursos de nuestras poderosas matriarcas actuales, más bien hubiera intentado conquistar a la gordita Michelle Bachelet y bailar la Resbalosa con la rubia teñida Lily Pérez, o lanzar un requiebro amoroso a Jacqui; donde seguro fracasaría sería con la cuasi monja Soledad quien, espantada con sus groserías y bromas sexuales de alto calibre, iría a perderse en los brazos del Gute.
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