Medio Oriente: ¿La hora del pragmatismo americano?
por Jorge Gómez Barata (Argenpress)
20 años atrás 3 min lectura
Semejante condición se originó con el establecimiento del Estado de Israel, operación geopolítica que ancló un portaviones occidental en suelo árabe, alterando los equilibrios políticos y la correlación de fuerzas militares de la región.
La polarización llegó al punto de presentar el conflicto con Israel con el estado judío como un contencioso “árabe-Israelí”, produciendo a nivel retórico la ilusión de una unidad árabe que en la realidad jamás existió. El equivoco terminó en 1978 en Camp David cuando Anwar al-Sadat al reconocer a Israel, acabó con la llamada “causa árabe”, a la que Jordania, Siria y Líbano clavarían otros clavos al tomar distancia de la Organización para la Liberación de Palestina.
El desenvolvimiento histórico, aunque lento y precario, que ha propiciado la paulatina maduración nacional y política de los estados árabes, independientes desde hace sesenta años atrás, está introduciendo matices en el comportamiento de los países de la región.
Los cambios ocurridos en Irán desde la llegada al poder de Sha Reza, Pahlavi en 1941 y la revolución islámica desde 1979, los trágicos sucesos de Irak desde la invasión a Kuwait, la Guerra del Golfo y la actual ocupación norteamericana, la proclamación de la Autoridad Nacional Palestina, la evolución política de Turquía, Egipto y otros países de la región, forman parte de esa natural maduración.
A esos procesos se suma la reacción norteamericana ante el 11/S que al criminalizar al Islam promovió la cohesión del mundo musulmán, la hostilidad contra Teherán, la tolerancia ante la agresión al Líbano y la indiferencia ante el genocidio contra el pueblo palestino, son factores que pudieran abrir un curso conducente a que los países del Medio Oriente depongan algunas de sus divisiones, no para enfrentar a Estados Unidos, sino para asumir el protagonismo que les corresponde en la región.
No hay ahora y tal vez no haga falta un Saladino, kurdo-iraquí, sultán de Egipto y Siria, liberador de Palestina y Jerusalén, vencedor de los cruzados occidentales, con capacidad de convocatoria en el mundo árabe-musulmán e interlocutor del rey inglés Ricardo I, nada puede impedir que surja un liderazgo colegiado que afronte las demandas de la época.
Por lo pronto Siria, Irán e Irak han comenzado a entenderse. En apenas una semana el primer ministro británico, Tony Blair, carnal de Bush, llamó a Damasco y Teherán a involucrarse en la búsqueda de la paz, Siria reaccionó despachando a su canciller a Bagdad donde no había estado desde hace 25 años y que en una tarde negoció y firmó el restablecimiento de los vínculos diplomáticos rotos a causa de Irán.
No obstante, lo mejor se reserva para el fin de semana cuando probablemente, se encuentren cara a cara los presidentes de Irak, Irán y Siria.
Naturalmente la mesa no está completa porque faltan otros países de la región, algunos jerarcas religiosos, líderes de la resistencia iraquí o sus representantes y naturalmente los embajadores norteamericanos y quizás la ONU. De hecho se está armando una conferencia para el Medio Oriente.
El camino no será fácil y pueden aparecer obstáculos insospechados y enemigos y formidables, el más importante es Israel que tal vez haya comenzado a mover sus tentáculos. Los sucesos del Líbano pueden ser un aviso y son de esperar provocaciones mayores. Los países y los líderes árabes involucrados deben estar atentos y serenos.
No sería extraño que Estados Unidos aplicara su vieja, querida y eficaz sentencia pragmática: “Cuando no puedas derrotar a un enemigo: únetele”.
La certeza de que en lugar de combatir al eje del mal es más rentable sumársele puede ser el punto de inflexión de la política norteamericana en el Medio Oriente.
No os asombréis de nada.
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