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Politkosvkaya, la señora Aguirre y el frío de Moscú

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Ya hace frío en Moscú. Ayer pudimos advertirlo en las imágenes de los telediarios. Los ciudadanos que llevaban flores para depositarlas en el portal de la vivienda donde fue asesinada Anna Politkovskaya iban arrebujados en sus abrigos, cubierta la cabeza, enguantadas las manos, con un cierto aterimiento en sus rostros gachos de pesar. Yo no sé si el discreto lector habrá observado las lágrimas en segundo plano de una mujer detenida en la acera. Sólo se llora así en plena calle cuando abundan las materias de pesadumbre por un país muy mutilado por muchas sombras.

Decenas de periodistas han sido abatidos como Politkovskaya y otros muchos han desaparecido sin rastro. Las consecuencias de esa purga se están dejando notar en una prensa amondongada y sumisa, comprada por el poder o vendida a las mafias dominantes, sin que apenas puedan sobrevivir algunas publicaciones independientes de corta tirada. La de Anna es una de ellas. Su línea editorial bien pudiera coincidir con la opinión indignada de otra ciudadana que a micrófono abierto, con las facciones demudadas por la rabia y la aversión, acusó de criminal al Gobierno del señor Putin.

Es tal la falta de confianza en esa administración por parte de quienes ponen en entredicho su ejecutoria que Novaya Gazeta, el medio para el que trabajaba Politkovskaya, ha ofrecido 25 millones de rublos (un millón de dólares) a quien facilite información que permita la detención del asesino. El alto monto de esa cifra evalúa por sí mismo el bajo grado de autenticidad que presta la revista a las palabras con las que Putin aseguró a Bush que se investigaría a fondo la muerte de la periodista. Es como si en la Rusia de Putin, título de ese magnífico libro que Politkovskaya escribió hace un par de años y que algunos colegas juzgaron aviesamente como mero producto de promoción de la autora, sólo a través del dinero se pudiera lograr la justicia al genuino estilo western.

Yo no sé qué pensará doña Esperanza Aguirre, presidente de la Comunidad de Madrid, del caso Politkovskaya. De seguro que le parece criminal e ignominioso suprimir con cuatro tiros una voz crítica con el Gobierno, pero ella misma ha protagonizado hace unos días un episodio de censura mucho más civilizada que cumple similar objetivo. El hecho ocurrió tras la entrevista que la señora Aguirre concedió a don Germán Yanke, director del telediario nocturno de Telemadrid, al cual no volveremos a ver en ese medio público.

Es posible que la dimisión del señor Yanke se deba además a sus divergencias en torno a la teoría conspiratoria del 11-M, que el periodista no comparte, pero cuanto dijo doña Esperanza delante de las cámaras denota hasta qué punto algunas televisiones autonómicas están a disposición de la política partidista de los gobiernos de turno sin que sus presidentes tengan, como la señora Aguirre, el menor reparo en hacerlo partícipe a sus telespectadores.

Silencios de bala, silencios de mordaza, silencios por los que verter lamento, pesar, dolor o indignación según el celo represor de los inquisidores. Ese frío de Moscú nos llega muy adentro porque quienes matan las voces están en guardia contra la razón de la vida, que es contarla.

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