Imagen superior: Boric se metió en esa reunión, «por cuenta propia» y firmó el acuerdo por una nueva Constitución sin siquiera la venia de su partido
17 de noviembre de 2025
Domingo 16 de noviembre 2025.
Soy de los chilenos que siente vergüenza por los resultados de las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias. Especialmente por los votos obtenidos por los tres candidatos francamente pinochetistas, que superaron el 50 por ciento de los sufragios. Sabemos que vamos a enfrentar en un mes más una segunda vuelta electoral, en la cual la unidad de la derecha tiene la gran posibilidad de reinstalar a un candidato de sus filas en La Moneda.
Siento vergüenza, también, por una de las principales causas de la victoria de la derecha. Esto es el fracasado gobierno de Gabriel Boric, como la continua corrupción política, con episodios bochornosos que involucran a quienes se ofrecieron para “suprimir las malas prácticas” de los gobiernos anteriores, de los legisladores, alcaldes y de esos miles de funcionarios públicos contratados por la administración pública nada más que por su militancia partidaria y su falta de escrúpulos.
Desde hace años nuestro Estado se ha convertido en el botín de los gobernantes o de la llamada “clase política”. Sucesivos jefes de estado, partidos y subalternos designados para servir por sobre los intereses del país a quienes detentan el poder, administran la caja fiscal y lucran del negocio más rentable, cual es el de los altos salarios y granjerías financiados por el desfalco al erario nacional.
Vergüenza al comprobar que la corrupción nos ofreció, en apenas cuatro años, los más graves desfalcos al fisco como el de aquellas multifacéticas aristas del caso “fundaciones”, cuyo veneno infectara la sangre de los nóveles gobernantes que, desde la universidad saltaron a los ministerios, embajadas y a las posiciones tan bien remuneradas como las de los operadores políticos. Unos cien mil, a los menos, en toda la administración pública.
Vergüenza por los que se rindieron al discurso de la ultraderecha que le imputa hipócritamente a los inmigrantes y delincuentes comunes el enorme clima de miedo que reina entre todos los habitantes decentes del país. Como si este fenómeno no tuviera raíces en el propio sistema económico que defienden, que ha sacralizado la desigualdad social, la cesantía, la podredumbre moral enquistada, por ejemplo, en todo nuestro sistema de salud. O en la dramática situación de “los sin casa” y campamentos, como en la previsión y salarios de hambre de millones de trabajadores y pensionados. Así como en las horrendas asimetrías existentes entre los establecimientos educacionales para los pobres y los ricos.
Como si no fueran la ignorancia y el descrédito popular la explicación en votos de cientos de miles de ciudadanos. En unos comicios electorales con ocho candidatos presidenciales y donde lo más acertado deben ser los sufragios de quienes dejaron la papeleta en blanco o la anularon. Con foros televisivos y radiales realmente para la risa, en que las promesas fueron pobres y coincidentes entre quienes se declaran de derecha o izquierda. En que se aludió constantemente a la situación de Venezuela o Cuba y se soslayó universalmente el merecido repudio que se merece el mandamás de la Casa Blanca. Un delincuente, un abusador sexual y un asesino solo comparable en los despropósitos a los de los peores dictadores y tiranos de nuestra historia universal. El mismo que, para mala suerte del mundo entero, escapó a un atentado que podría haber salvado a la humanidad de horrores como el genocidio israelí y las amenazas que ahora enfrenta nuestro continente que hasta pudo gloriarse de ser el más pacífico de la Tierra.
Una vergüenza que nos hace augurar que todo lo que les moleste a las nuevas autoridades será imputada a todos los opositores motejados de narcoterroristas apenas salgan a las calles a demandar justicia. A ser imputados como comunistas, anarquistas y todos los epítetos recogidos por la prensa servil y uniformada, incapaz de reconocer los términos más elementales de la ciencia política. Cuyos “rostros” mediáticos no dominan más que unos doscientas o trescientas palabras del vocabulario y que, por su abismal ignorancia e indolencia, desestiman constituirse en” la voz de los sin voz”, la que debiera ser su principal misión.
Quiera ahora que aquel “buen dios del cielo”, como cantaban las liturgias estudiantiles de las décadas de los 60 y 70, se apiade de nuestra población y los ayer pinochetistas se rediman en el poder si llegan a este y nos libren de los más tenebrosos asesinos ahora a la espera de ser indultados por sus crímenes de lesa humanidad. Que además de gobernar para los grandes y más inescrupulosos empresarios le asignen parte significativa del presupuesto a resolver los problemas de los más pobres y marginados. Aunque sea para asegurarse la continuidad “democrática” en el poder. Que por todo lo que ya tienen no se empeñen también en asaltar al Fisco como sus predecesores: Aunque ya sabemos que su codicia no tiene límites.
Ojalá que los perdedores, qué vaya que los hay, sean capaces de reconocerse humildemente como tales y renuncien a perpetuar sus revenidas organizaciones. Que los más viejos se motiven a retirarse de la escena pública y se dediquen anónimamente al goce de sus riquezas mal habidas. Que no busquen aferrarse a las últimas ubres del poder que todavía controlan. Que no vayan a pedigüeñar a quienes los derrotaron contundentemente por sus bochornosos errores y horrores.
Que se avengan a la responsabilidad que ahora les toca a las nuevas generaciones, excluidos ojalá los que se corrompieron tan tempranamente. Que permitan el surgimiento como líderes a los que no se avergüenzan de ser de izquierda, a los que tienen justas razones para vomitar a los tibios socialdemócratas que han tenido de comparsa. Que insistan en levantar las banderas de una Carta Magna verdaderamente democrática y alcen los estandartes de los que asumen sin complejos las causas de la solidaridad continental e internacional. Así como a la protección de nuestra naturaleza y recursos naturales ante los que serán sus nuevos e inminentes depredadores.
Que antepongan a sus manidos y burgueses temas valóricos, la justicia y la equidad social. Los viejos temas pendientes del verdadero progresismo y de los genuinos humanistas.
*Fuente: Juan Pablo Cárdenas
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