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Festejen izquierdistas, festejen 

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La frase de Tabaré Vázquez sobre el festejo de los uruguayos se hizo famosa luego del triunfo electoral de la izquierda. Y de una u otra manera ha sido utilizada reiteradamente en muchos artículos e incluso en forma muy polémica contra el propio gobierno. Yo voy a rescatar un aspecto específico referido a la actitud de la izquierda uruguaya. La voy a utilizar en mi doble e inseparable condición de oficialista y de crítico. Si, se pueden combinar ambas posiciones. Con una aclaración pertinente: yo soy oficialista del gobierno de izquierda, pero soy mucho más oficialista del Uruguay.

Creo que luego de los momentos idílicos iniciales, el entusiasmo, la exuberancia de la izquierda se ha ido debilitando. Es notorio, lo dicen las encuestas y muchas conversaciones con amigos y compañeros. No se trata del apoyo al gobierno, sino del entusiasmo, de la pasión que le ponemos a nuestra argumentación y a nuestras posiciones. Y la calidad y la tensión importan, sobre todo para cambiar.

Las encuestas muestran que es en el núcleo histórico de votantes de la izquierda donde el apoyo al gobierno se ha debilitado, no así en el resto de la sociedad. ¿Qué pasa? ¿cuáles son las causas ¿ tiene valor e importancia?

Aunque no lo reconozcamos en nuestro imaginario, en nuestros sueños secretos había una dosis de lirismo, de expectativa sobre la velocidad y la profundidad de los cambios diferente a la que nos está imponiendo la realidad. A pesar de que los discursos pre electorales fueron claros y medidos, todos depositamos en el nuevo gobierno un enorme paquete de expectativas, un elevado nivel de voluntarismo y sobre todo muchas frustraciones acumuladas.

Para que los izquierdistas festejemos, lo primero que nos debe preocupar es si los uruguayos pueden festejar. Y digámoslo claro y alto: hay sobrados motivos para estar orgullosos de nuestro gobierno. En las cosas grandes, en las que duelen, en las que permiten seguir avanzando. La lista es muy amplia, voy a elegir sólo algunos temas.

Hablemos de la economía, esa maldita entrometida en todos los sueños, la que todo lo transforma en números y porcentajes y que ha sido blandida como una espada filosa por la derecha para justificar todos sus fracasos y errores. Esa fatalidad.

No hay un número de la economía que le de mal a este gobierno. Crece la producción a niveles superiores a las mejores expectativas, en el 2005 y en el 2006, crecen las exportaciones, crecen las reservas, la inflación está controlada, las inversiones alcanzan guarismos históricos y tenemos un manejo presupuestal responsable  y lo más importante la desocupación comienza a sentir el impacto de este crecimiento: cuarto mes consecutivo de reducción de la tasa de desempleo, que alcanzó el 10.7%. Hace muchos, muchos años que no alcanzábamos ese porcentaje. La torta crece y se distribuye mejor: casi 300 mil uruguayos indigentes reciben recursos del Estado, el año pasado hubo cien mil pobres menos, los salarios reales han crecido casi el 5%, el sistema financiero herido gravemente en la crisis del 2002 se recupera y no a costa del pago por  la sociedad de los fracasos banqueros, sino de rigor, seriedad y confianza.

Ahora hagamos un pequeño esfuerzo de imaginación: ¿que hubiera pasado si algunos de los principales indicadores económicos se hubieran desbarrancado con el primer gobierno de izquierda? Todo se hubiera venido abajo e incluso los más impacientes nos estarían acusando de irresponsabilidad e incapacidad. O imaginemos lo contrario, que estos resultados los hubiera obtenido un gobierno blanco y colorado (difícil para Sagitario…) sería un festival diario de fuegos artificiales. ¿Exagero?

La derecha nos quiso hacer creer durante años que para mantener los equilibrios macro económicos – que ellos violaban alegremente – había que ser insensibles con la deuda social. La política económica o mejor dicho la economía política es un todo, indivisible. Hay que considerar por lo tanto los recursos para el Plan de Emergencia, los Consejos de salarios cuya existencia tienen directa relación sobre los salarios, sobre las relaciones laborales, sobre la economía y mucho más general sobre la sociedad. A veces también en la izquierda caemos en esa trampa de considerar la economía aislada del resto.

La rendición de cuentas a estudio del parlamento es un buen resumen de esa estrecha relación entre una economía sana y con posibilidades, la sensibilidad y las prioridades en el gasto público en educación, en salud, en infraestructura y en seguridad pública. Yo festejo. La derecha protesta por todo. Insólito, ellos que acumularon déficit sobre déficit, que dejaron el país endeudado con el 105% del valor del PBI, se preocupan por el excesivo gasto del Estado. Silencio, señores silencio.

Elijamos al azar. Energía, nos dejaron el país al borde del colapso. Sin inversiones desde hace muchos años. Años antes que la crisis del 2002. Ahora se volvieron todos atómicos. Muy bueno que hayan recuperado el habla. Pero este gobierno ha hecho más en los entes autónomos en 16 meses de los que se había hecho durante muchos años los varios gobiernos anteriores. Los cambios en transparencia y en visión estratégica y de gestión en todos los entes y bancos del estado son impresionantes. Y sobre todo el fin del clientelismo, del manejo alegre y despreocupado de los gastos y de la publicidad. No todos funcionan perfecto ni tienen el ritmo que necesitamos pero todos están cambiando. Todavía no hemos resuelto la tensión entre la dirección estratégica y las gerencias profesionales del pasado.

Otro ejemplo explosivo: la obra pública. Se cumple y se hacen cumplir los contratos con el Estado y se terminó la vergüenza de la concesión de la Ruta 1. Hablaron por años de la mega concesión y lo único que dejaron fue un buco de 25 millones de deudas, y ahora que invierte la Confederación Andina de Fomento y el BID e interviene una Corporación Nacional para el Desarrollo controlada por el Tribunal de Cuentas, patalean. Hacen el ridículo que en política es uno de los peores pecados, de los más vistosos.

Entremos en terrenos minados y altamente peligrosos, esos en los que nuestros adversarios nos vaticinaban los peores desastres y peligros: la relación con las Fuerzas Armadas y con el tema de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura. El cambio ha sido radical no sólo en la búsqueda de los restos de los desparecidos, la entrada en los cuarteles sino en el pleno cumplimiento de ley, incluso de su artículo 4to, sepultado por una impunidad oficial de cuatro gobiernos anteriores. Y todos iguales ante la ley. La defensa nacional ya no es más un tabú de algunos “especialistas” y del círculo más intimo del poder, se debate de cara a la sociedad.

Y se vienen las reformas estructurales, fiscal, educativa, del sistema de salud, de la ley orgánica de las Fuerzas Armadas, y hace falta una ley muy exigente sobre la financiación de los partidos. Comparen el nivel de debate y participación en cada uno de esos temas y las experiencias anteriores. Y festejemos, se están ventilando durante meses temas fundamentales para el futuro nacional. Es cierto que vivimos entre dos tensiones: que se eleve y profundice el debate y que lleguemos al final del camino con decisiones, con cosas concretas. Gobernar es decidir como se ha hecho en todos estos meses. Y más también.

Incluso en un tema tan complejo y tan lleno de tensiones ideales como es la seguridad pública comenzamos a movernos en los diversos frentes, ya se hizo con la ley de humanización de las cárceles y siguen diversos proyectos de ley que se integran a las políticas sociales a medio y largo plazo y el combate frontal a
las drogas y con la incorporación de mil quinientos nuevos efectivos policiales. Este es un tema en el que hemos perdido mucho tiempo y les hemos permitido tomar la iniciativa a los adversarios. Asumamos.

Analicemos la respuesta de la sociedad a alguna de las medidas más polémicas de este gobierno: por ejemplo la prohibición de fumar en lugares públicos y de trabajo. Impresionante, ni el más optimista hubiera creído que en tan pocos meses funcionara de una manera tan absoluta. Los resultados los veremos con el tiempo en la salud de los uruguayos, pero lo que hay que saber es que la gente quiere y respeta liderazgos claros, aunque sean incómodos, cuando tienen fundamento y combaten males endémicos y peligrosos. ¿No habrá que pensar en cosas similares, tan drásticas para combatir los accidentes de tránsito y en otros frentes?

Gobernar es afrontar problemas y resolverlos, tener un rumbo estratégico y definir prioridades, el que elige demasiadas prioridades es porque no tiene ninguna. Y yo creo que en este momento y superada la fase más crítica del tema de la seguridad, el gran desafío nacional es la educación, a todos los niveles. Terminando con los mitos, asumiendo que lo mejor que nos viene desde el pasado son responsabilidades, lecciones,  pero que los cambios deben ser profundos y muy democráticos porque estamos mal, ya no destacamos ni siquiera en la región y que nadie esperará por nosotros. Sin el debate nacional sobre la educación, pero sin definiciones claras y valientes no hay proyecto de desarrollo nacional y no habrá más justicia.

La ONDA digital cumple 300 ediciones, ha sido un gran esfuerzo, porque hacer periodismo en este país es difícil y complejo. Tiene una identidad y se ha ganado su lugar, no sólo en Internet sino en la atención de un amplio sector de uruguayos, los que viven en el país y los que la vida desparramó por el mundo. La ONDA aporta además a la multiplicidad de voces y de enfoques que tanta falta le hace al Uruguay.

El autor es Periodista. Coordinador de Bitácora.
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