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"Encuentros con mi torturador" 

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Los "guerreros sucios" de Pinochet torturaron a Héctor Salgado. Ahora él les está siguiendo la pista.

La historia moderna de Chile es una historia de listas
En los años 70 y 80, la dictadura militar del general Augusto Pinochet compiló listas de simpatizantes de la izquierda, líderes sindicales, activistas estudiantiles, y otros "comunistas" sospechosos. Estas listas, a su vez, llevaron a otras nuevas, de prisioneros políticos, de exiliados, de desaparecidos, y de ejecutados. Luego que Pinochet dejó el poder en 1990, se hicieron más listas, identificando a algunos de los 3 mil chilenos que fueron muertos o "desaparecidos" bajo su régimen de 17 años. En el 2004 la Comisión Nacional de Prisioneros Políticos y Torturados compiló una lista todavía más larga, con los nombres de más de 35 mil personas que afirmaron haber sido víctimas de torturas.

A continuación viene la lista de Héctor Salgado. Los nombres de los ex oficiales de esta lista no son bien conocidos. Viven en agradables barrios, son dueños de lindas casas y caros autos. Tienen redondas barrigas, se están quedando pelados, y pocas razones para recordar a Salgado. Pero él, quien fue arrestado y torturado por los militares hace más de tres décadas, no ha podido sacarse a estos hombres de su mente. Durante los últimos siete años ha estado reuniendo sus nombres, direcciones, y números telefónicos. Uno a uno, se propone confrontarlos a todos.

En una suave mañana de otoño en la ciudad balneario de Vina del Mar, Salgado parado en la acera, se arregla la corbata. Este hombre de 49 años se encuentra vestido en un bonito terno de color negro-carbón, el único que tiene, especialmente comprado para estas ocasiones. El lo llama su "uniforme". Los dibujos de su corbata forman un remolino de manchas verdes y amarillas, y en el centro de una de estas manchas se encuentra una pequeña perforación. El ojo de vidrio de una minúscula cámara mira desde la perforación; Salgado le ha puesto a esta curiosa invención la "corbata-cam".

Un micrófono oculto se encuentra pegado bajo la solapa de su chaqueta. "Me pongo tan nervioso antes de estas confrontaciones", dice Salgado, alizando sus pantalones. "Nunca sé como van ellos a reaccionar. Lo último que quiero es ser agredido nuevamente".

Acompañado por Mariana, su esposa, y un equipo de filmación de dos personas, Salgado se acerca a la puerta de una torre de departamentos y toca el timbre. Desde que comenzó a confrontar a los ex miembros del ejército de Pinochet, Salgado se ha acostumbrado a que le cierren la puerta en la naríz.

Ya ha ubicado a más de la mitad de los 20 hombres en su lista, aunque sólo 6 han aceptado ser entrevistados frente a la cámara para el film documental que él y su mujer están haciendo. Sin embargo no está muy  preocupado de las implicancias legales que pudiera tener el hecho de estar filmando subrepticiamente a otros. Le daría la bienvenida a sus demandas judiciales, dice desafiante, quizás ingenuamente, como una oportunidad para exponerlos frente a una corte.
Un portero permite la entrada de Salgado al edificio, y cuando ingresa al lobby, un ex Capitán de la Marina, a quien Salgado no ha visto en más de 30 años, lo estaba esperando, con mirada intrigada. Intercambian presentaciones, y el Capitán, ahora como de unos 60 años de edad, dice que no recuerda a Salgado. "Pero yo sí que lo recuerdo", dice Salgado. "Lo recuerdo en Talcahuano".

La mención de la Base Naval en el sur de Chile pone al Capitán a la defensiva. "¿Por qué estaba Ud. allí?, pregunta acusatoriamente.

"Yo estaba detenido. En el gimnasio", responde Salgado.

"¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Cuando los dos hombres se encontraron por primera vez en 1973, en el Estadio de Futbol de Talcahuano, Salgado era un prisionero adolescente y el Capitán un amenazante oficial joven con un cuchillo de caza amarrado a su bota, y una pistola Colt en el cinturón. Salgado había sido enviado allí junto con un grupo de prisioneros para que limpiaran la cancha. Allí, sobre el pasto, dice Salgado, el capitán le ordenó gatear, pateándolo en las costillas y el estómago.

"¿Sabe Ud. cuántos años tenía yo entonces?", demandó Salgado. "Tenía 16 … Ud. me golpeó y me hizo gatear en mis manos y rodillas."

Pero el Capitán no admite nada e insiste que Salgado lo debe haber confundido con otra persona. Desvía la conversación a un terreno más confortable, justificando los intentos militares de salvar a Chile de un comunismo al estilo cubano, excusas que Salgado ha escuchado muchas veces antes:
Esa fue otra época. Usted no puede juzgarla con los estándares de hoy. Esa fue la Guerra Fría. "Yo duermo con la conciencia tranquila, dijo el Capitán”.

Los dos hombres discuten por una hora mientras la Corbata-cam registra todo y el equipo de filmación espera bajo una escala cercana, monitoriando la conversación. En un momento Salgado se cansa y sale.

Dice que confrontar al Capitán después de tantos años fue un pequeño paso hacia un cierre de la situación, pero se manifiesta frustrado que el hombre no fuera honesto con él.

"Es siempre la misma historia", señala. "Los oficiales dicen que ellos no vieron nada ni torturaron a nadie. Los de bajo rango dicen que ellos sólo cumplían órdenes. Nadie acepta ninguna responsabilidad".

Héctor Salgado creció en un sector de clase obrera de Tomé, un pequeño pueblo pesquero y de manufacturas, ubicado a 400 millas al sur de Santiago.

Cuando Pinochet derrocó a Allende en septiembre de 1973, Salgado y sus amigos adolescentes estaban ansiosos de hacer algo para resistir. Conocían a un partidario local de Pinochet que tenía una mina y mantenía una gran cantidad de dinamita. Los muchachos se las arreglaron para robar y ocultar los explosivos, pero no tenían un verdadero plan de cómo usarlos. "No éramos más que unos niños", dice Salgado. "No teníamos ningún entrenamiento militar"

Pasaron varias semanas. Entonces, la noche del 7 de octubre de 1973, vinieron [a sus casa] oficiales de la Marina y arrestaron a Salgado. Un teniente le dijo a su madre que su hijo estaría de vuelta en una hora. En cambio, Salgado fue sometido a semanas de terribles interrogatorios, que incluían golpizas, golpes eléctricos, y momentos tan oscuros que ha bloqueado de su memoria. Le quebraron los dientes, la naríz y las costillas. En una ocasión unos oficiales lo vendaron y le dijeron que lo iban a fusilar, simulando una ejecución para su propio disfrute.

El horror y la humillación duraron cerca de tres años, hasta que un equipo de psicólogos declararon que Salgado estaba apto para ser procesado como adulto. Fue sentenciado a 11 años de prisión, la mayoría de sus amigos recibieron penas semejantes, pero uno, Fernando Moscoso de 19 años de edad, fue enviado a enfrentar un pelotón de fusilamiento.

Salgado pasó los siguientes tres años en prisión, junto con detenidos políticos de mayor edad, quienes le pusieron el sobrenombre  de "El guagua".

En 1976 fue dejado en libertad, puesto en un avión rumbo a Estados Unidos, y obligado a salir al exilio. Desembarcó en New York con 40 dólares y sin saber inglés, pero eventualmente se instaló en Berkeley, California, donde participó activamente en las actividades políticas del exilio. Se casó y comenzó su familia, posteriormente se sometió a terapia psicólogica. Pero no consiguió borrar sus recuerdos de lo ocurrido en Tomé y Talcahuano.

Como ciudadano norteamericano, Salgado comenzó a viajar de vuelta a Chile en 1987 y a reunir información acerca de lo ocurrido con él y sus amigos más de una década antes. Entrevistó a otros ex prisioneros, se las arregló para obtener copias de registros militares, e incluso contrató un detective privado. Más tarde se dio cuenta que podía buscar a sus captores en el Internet. Básicamente, dice, escribo "Marina de Chile", en el Google.

Desde entonces, Salgado ha ubicado y confrontado cara a cara a muchas de las figuras de su pasado. Un ex teniente posó orgullosamente para Salgado bajo un retrato autografiado de Pinochet.  Un ex guardia que había vigilado a Fernando Moscoso dijo haber fantaseado que liberaba a los condenados. Un amigo de la infancia confesó que, bajo tortura, él había revelado los nombres de Salgado y los otros muchachos, y que desde entonces lo habían consumido los sentimientos de culpa.

Salgado dice que a él lo impulsan tanto la necesidad de respuestas como su frustración ante el lento paso y limitada amplitud de la verdad oficial y el proceso de reconciliación en Chile. Solo un puñado de ex oficiales de alto rango del ejército han sido condenados, y cientos de investigaciones permanecen irresueltas. (Por años Pinochet ha evadido la acción de la justicia, aunque el nonagenario ex dictador enfrenta actualmente nuevas acusaciones por asesinatos y corrupción.) Ante este desperdicio de tiempo, los tenaces esfuerzos de Salgado han atraído la atención de investigadores de los derechos humanos. En el 2002 declaró ante un juez investigador especial, abriendo una investigación que pudiera resultar en que algunos de los hombres de su lista tengan que confrontar cargos criminales. Mientras tanto, Salgado continúa sus propias prosecuciones, en persona y en el "estilo emboscada" de filmación, que espera algún día sea mostrado en la televisión chilena.

Salgado regresó a Chile durante la reciente elección de la primera presidente mujer: Michelle Bachelet, ella misma sobreviviente de la tortura.

Fue para ubicar el paradero de un hombre que ha estado buscando por muchos años: el principal juez del Tribunal de Guerra de Talcahuano. Salgado supo dónde éste estaba registrado para votar, y a las siete de la mañana del día de la elección fue a su lugar de votación en un acomodado barrio de Santiago.

Pasó la mañana. Al mediodía el hombre no había llegado. "Vi pasar miles de caras", dice Salgado. "Y entonces, justo antes de que cerraran las urnas, apareció." Ahora cerca de los 70 años de edad, encogido y algo desorientado.

Luego que el viejo hubo votado, Salgado se le acercó, se presentó y le mostró una pequeña fotografía. "Este es Fernando Moscoso", le dice. El era mi amigo. Usted lo envió a la muerte.
El juez tomó la foto y la sostuvo por un momento [frente a sus ojos]. "Estos pobres niños", dijo, mirando a Salgado.

Salgado lo presionó para obtener una admisión de culpa, pero el juez solo culpó a otros. Entonces el viejo dijo que tenía que irse. Mientras entraban los últimos votantes, Salgado permaneció parado allí viéndolo alejarse caminando, su corbata-cam silenciosamente grabándolo todo.

Una mañana de domingo en 1976, unas pocas semanas antes de salir al exilio, a Salgado se le concedió  un día de salida en la prisión. Tomó el bus a Tomé y comenzó a caminar de vuelta a casa por primera vez en más de dos años y medio.

Cuando pasó frente a la casa de Fernando Moscoso, la abuela de su amigo muerto estaba sentada en el porch. Al ver a Salgado comenzó a llorar: "Oh, hijo mío", sollozaba, "has vuelto a casa". Lo había confundido con Fernando, y Salgado no sabía qué hacer. Entonces, antes de irse a casa a ver a su propia madre, llevó a la abuela al cementerio a visitar la tumba de Fernando.
Ese día, dice Salgado, se hizo una promesa. "Le prometí a Fernando que expondría lo ocurrido. Cuando camino a estas confrontaciones, siempre pienso en eso. Pienso en cuán justo es lo que hago. No voy a golpear a nadie. No voy a destruir a nadie. Voy a confrontarlos con la verdad."

Traducción de H.H.
Artículo publicado por la revista “Mother Jones”
http://www.motherjones.com/news/dispatch/2006/05/witness.html
Encounters with the Torturer
News: Pinochet’s dirty warriors tortured Hector Salgado. Now he’s tracking them down.
May/June 2006 Issue

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