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Te recuerdo Amanda o Jara en el corazón 

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NOTA DE ACTUALIDAD: En la siempre recomendable web PiensaChile se publicó ayer un documentado artículo firmado por Pascale Bonnefoy en el que se recuerda la personalidad del siniestro Príncipe del Estadio Chile, a quien algunos testigos identifican como el oficial Edwin Dimter y del que se sospecha participó en la muerte del cantante Victor Jara. Hoy este individuo se declara exonerado político y ha venido escalando puestos hasta ocupar altos cargos administrativos. En Diario del Aire se publicó en diciembre de 2004 el artículo que sigue -cuando esta bitácora aún no figuraba en la Red-, una vez se supo la identidad del máximo responsable militar de aquel estadio, el teniente coronel Mario Manríquez, bajo cuyas órdenes actuó este auténtico Príncipe de las Sombras:


Diciembre 2004
Acabamos de saberlo, 31 años después. El nombre del responsable ya está a disposición de los archivos de la consternación y el espanto. Acaban de revelarlo los jueces de un tiempo nuevo en Chile. Así de largo ha sido el plazo que se ha tomado la justicia frente a la fácil y burladora acechanza de ese fantasma devorador de las afrentas que llaman olvido.

No podía ser de otra forma. Habían silenciado al cantor pero no la vida de su canto. Pervivía ésta en la razón y sentir de sus versos entre quienes le profesaron cariño y escucha, firmes valedores de su memoria y tenaces retadores de la impunidad criminal y alevosa que acabó con su biografía.

El cantor había dejado la semilla y la huella de su paso en la voz del viento. Decía León Felipe que los vientos fuertes llevan a cada cual a su sitio. El de los poetas afincados en la entraña popular está en la permanencia de su soplo para hacer más respirables los paisajes de la existencia:

Si se calla el cantor muere la vida,
porque la vida misma es todo un canto.

Nada ni nadie acallará jamás a los poetas, a menos que acabemos con nuestra más cabal certidumbre de humanidad, ese código fundamental de ser libres a través de la palabra. Si eso ocurriera, el hombre perdería su más alto sentido de habitar la tierra con la disensión y el acuerdo, clave de nuestra cultura y suma proscripción en la que se basa la sinrazón del pensamiento único:

Que no calle el cantor porque el silencio,
cobarde apaña la maldad que oprime.

A Víctor Jara lo detuvieron los frenéticos sicarios del general Augusto al día siguiente de que éste acabara a tiro limpio con el régimen democrático de Salvador Allende. Encarcelado en el Estadio Chile, donde se consumaría una de las páginas criminales más espeluznantes de la historia del país, fue golpeado y torturado. Sus manos, sobre todo, sufrieron el sadismo bestial de sus verdugos, obcecados sin duda con la idea de silenciar para siempre la música de sus dedos. Pero aunque apagaron su corazón con 34 balazos, el corazón de esa música no ha dejado de sonar desde entonces:

Debe el canto ser luz sobre los campos,
iluminando siempre a los de abajo.

Por eso sabemos hoy que el director general de aquel concierto de barbarie en aquel estadio de muerte tiene identidad y rango. Confiado sin duda en que su retiro como militar de alta graduación le sería plácido y apacible hasta el final de sus días, el teniente coronel Mario Manríquez acaba de encontrarse con la voz del cantor, que le acusa desde la razón, el sentimiento y la fidelidad de sus deudos, seguidores y amigos -contra el tiempo y el olvido- en el mensaje de justicia y libertad que proclamaba su música:

No saben los cantores de agachadas,
no callarán jamás de frente al crimen.

Entre todos ellos estará Amanda, hija de Víctor y de Joan Turner, y nieta de Amanda, la modesta abuela lavandera que aupó en el recuerdo de su hijo una de sus más enternecedoras e inolvidables canciones. Por eso, en estas horas de reencuentro con la verdad perseguida y la justicia anhelada, mi recuerdo para las dos Amandas, pues si la una dio razón y vida al canto de Jara, en la otra ha de progresar sin duda la sazón de su ejemplo y todos sus frutos:

Si se calla el cantor muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría. (*)

(*) Si se calla el cantor, de Horacio Guarany, es una de esas canciones que pueden no llevarse en los tiempos corrientes, pero que ante circunstancias como la comentada recuperan toda su vigencia.
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