La llamada «Casa Militar» era una oficina que el dictador Pinochet tenía en su despacho de la Presidencia de la República, encargada de administrar los «Fondos Reservados». Como aquellos fondos no los fiscalizaba nadie, su manejo quedaba al arbitrio del oficial que Pinochet ponía a su cargo.
El general (R), de «retiro», no de «ratero», Jorge Ballerino Sandford le declaró al ministro de la Corte de Apelaciones Sergio Muñoz, que cuando asumió como jefe de la Casa Militar en 1980 advirtió que en esa unidad «se manejaban recursos asignados por el presupuesto nacional a la Presidencia de la República, parte de los cuales se encontraban en efectivo en la caja de fondos».
Es decir, aquellos recursos fiscales se manejaban «a la buena de Dios», «al puro lote», como diría un chileno común y corriente.
El general Ballerino agregó que cuando «Augusto Pinochet Hiriart se fue a Estados Unidos con su familia se buscó una forma para hacerle entrega de una mensualidad para su ayuda y mantenimiento en ese país.»
Es decir, amparado en la falta de fiscalización, el dictador Pinochet dispuso pagarle, a su hijo y a su nuera, una mensualidad con fondos fiscales, sin ser ellos funcionarios públicos. Estas "mensualidades" se entregaron entre 1983 y 1985.
El general Ballerino explicó que las mensualidades o mesadas tenían «su justificación en una orden superior y que como jefe de la Casa Militar, la única persona de la cual podía recibir instrucciones y/o órdenes directas era del Presidente de la República, general Augusto Pinochet Ugarte».
El general Ballerino agregó que «en atención a que trataba de solucionar los problemas que se le presentaban al Presidente de la República con sus familiares, es que pude haber tomado yo la iniciativa y haber pagado esta ayuda mensual a la nuera del general Augusto Pinochet, dado que como jefe de la Casa Militar no era controlado en los gastos y uso de los fondos».
En resumen, a Pinochet se le puede acusar de haber trasgredido los derechos humanos de los disidentes y de haberse procurado una fortuna cobrando coimas por compra y venta de armas y pertrechos militares y «transfiriendo» fondos fiscales a sus cuentas secretas, pero nadie lo podrá acusar jamás de ser un mal padre.
Fíjense ustedes, estimados lectores, cómo, en medio de la cruenta guerra que libraba contra el terrorismo, Pinochet jamás dejó de ayudar a sus retoños.
Asesino y ladrón, se le podrá decir con toda razón, pero ahora que se sabe parte de toda la verdad habría que nombrarlo «Padre del Año».
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