Y ese es el punto central de por qué los concertadores están allá y los transformadores acá, pues los ejes de tales grupos son discordantes: mientras a la “concerta” le gusta el reformismo y centra sus políticas en la propiedad privada y la protección de un sistema neoliberal; a los sectores de izquierda nos llama el rupturismo estructural, y centramos las visiones en los hombres y mujeres, como en la protección del vínculo entre las personas y la naturaleza por sobre las reglas económicas.
El plan globalizador, sin América Latina
Una arista de la visión puramente mercantil que poseen las políticas gubernamentales -refrendadas en sus leyes laborales, de AFP’s, de salud, de educación, de medioambiente, de explotación de recursos naturales-, es el interés obsesivo de estas administraciones por los tratados de libre comercio.
Tenemos, o tendremos pronto, con EEUU, Europa, Corea del Sur y China, mientras se buscan más. El propósito esencial: la llegada de capitales que exploten cada centímetro de recurso natural y la apertura de nuevos mercados para los sectores exportadores. La ventaja a nivel gente: esperar el chorreo, si es que hubiera.
De manera paralela, países tan pobres y tercermundistas como el nuestro, han optado por vías alternativas, que tal vez no generen las riquezas máximas de la vía chilena de internacionalización (y que a la larga harán más ricos a los ricos y más pobre a los pobres, por simple desigualdad), pero buscan un desarrollo planificado, equitativo y respetuoso de los equilibrios naturales, además de integradores de la región a la que pertenecen.
Es el caso de Argentina, Brasil, Venezuela y Uruguay, quienes vienen estudiando con fuerza la necesidad de una fuerza latinoamericana, que no sólo discuta temas, si no que plantee soluciones tan importantes como la agricultura, la ganadería, el petróleo, la información, entre otras. Y ojo que no han levantado banderas desestabilizadoras que irrumpan en el modelo del social mercado, pero sí que atenten ante la mezquindad del capitalismo injusto y esclavizante que promueven la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Y es que Chile, perteneciendo a América, prefiere relacionarse con todos menos con sus vecinos, porque las políticas de gobierno no son inclusivas con su barrio. Es como el arribista de clase media que obtiene rápida ganancia a costa de vender todo y desprecia a sus vecinos porque no están a su “altura”, y se mezcla con los pudientes, quienes lo toman como mal menor siempre y cuando les ofrezca ganancia.
Tal altanería, producto de circunstancias y no de una razón profunda (porque las situaciones cambian y mucho), es la misma que asume Ricardo Lagos cuando denosta a un grupo de protestantes por la simple razón de qué él es el Presidente de Chile. “Yo soy la verdad”, pareciera decir Don Riki. Y ese acto antidemocrático y vergonzoso, es propio de un dictador feudal que asume que su cargo está investido de poderes divinos. Reflejo exacto de los actos internacionales concertacionistas.
¿Otro ejemplo? La defensa gubernamental de Andróniko Luksic por el caso Lucchetti, pese a que hay pruebas de que éste le habría entregado dos millones de dólares a Vladimiro Montecinos en coimas… una vergüenza.
Para la Concertación no existe el mercado del sur, ni Telesur, ni una alianza energética latina. Tampoco está en carpeta el Fondo Monetario del Sur, ni el Banco del Sur, ni la Universidad del Sur, ni nada que huela a las ideas de Bolívar, Martí o Guevara. No señor, acá tenemos razón porque tenemos razón… y es que nuestros macros, estudiaron en el norte y allá les dijeron cómo mover los hilos.
Nos informa Hugo Chávez, en su discurso ante la FAO, porque acá no lo he visto tal noticia, que en el mundo muere una persona cada 3,6 segundos por hambre. Yo hoy he comido tres panes porque tengo dinero, mientras en algunos rincones del planeta no lo tienen y se mueren. Y mientras esto pasa, nos quieren ofrecer un proyecto de paso a paso, de reforma en reforma, de países en la medida de lo posible. Dan vergüenza.
Seguro alguien querrá imaginar que esta columna es un llamado a votar por Hirsch. Pero fíjese que no. Yo no votaré por él. No porque no gane, si no porque no me representa. Es que las elecciones no son un tema central en el avance de las ideas transformadoras. Al menos no por ahora.
Son tiempos de la consecuencia, de sostener una línea, inclusive con uno mismo. Difícil, muy difícil, pero si no somos capaces de eso, estaremos entregándoles el mundo en bandeja. Son momentos de reagruparse, conversar, discutir, plantear, imaginar y sostener una plataforma horizontal que nos reúna en la lucha por cambiar la historia. Pero sin los timoratos, los de cabeza gacha, los asustadizos. Esos no nos ayudarán, pues estarán constantemente intentando detenernos. Y a la primera de cambio, nos entregarán a todos. Simplemente con ellos no podemos compartir un proyecto de mundo.
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