Chile: una Iglesia, desde la humillación a la renovación

Redacción de Atrio, 14-agosto-2018

Verdaderamente la Iglesia chilena, tras el schok que representó la visita papal y el posterior reconocimiento de la cultura del ocultamiento, se está convirtiendo en modelo y ensayo de la renovación eclesial en todo el mundo. Algo parecido a lo que ocurrió hace 45 años, tras la reacción del cardenal Silva y otros obispos al golpe de Pinochet. Hoy van dos artículos que reflexionan sobre ello desde dos instituciones del mismo Chile: el Centro Ecuménico Diego de Medellín y la Facultad de Teología de la Universidad Católica. AD.

I. El quehacer comunitario en Chile hoy

REFLEXIONES ECUMÉNICAS SOBRE LA CRISIS ACTUAL
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El papa Francisco nos ha pedido que el cambio estructural en la iglesia lo fundemos en una nueva mirada teológica porque dicho cambio no vendrá de arriba, de los jerarcas de ninguna iglesia, sino del pueblo mismo de Dios. Ahí nos toca a todos y todas volver a organizarnos como iglesias domésticas o comunidades de base, las mismas que a comienzos de los años 90 fueron prohibidas de hecho por algunos obispos católicos.
El CEDM -con un afán propositivo y ecuménico- ofrece aquí a las comunidades de fe, sus reflexiones sobre el tema para contribuir a superar la crisis actual y construir juntos el pueblo de Dios.
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Hace ya más de ocho años que la doble vida que llevaban y los abusos que cometían algunos connotados sacerdotes y líderes cristianos se hacían públicos. Muchos, entre los católicos, no dieron crédito a esas noticias. Otros, nos quedamos profundamente conmovidos y extrañados de las reticencias y lentitudes de la jerarquía eclesiástica. Nos duele el daño que esos sacerdotes y pastores han hecho en vidas humanas. Nos escandaliza que esos líderes hayan presionado conciencias en virtud de su mismo ascendiente espiritual y que las instituciones eclesiásticas hayan levantado un sospechoso muro de silencio en torno a todo ello.

Gracias al coraje y la perseverancia de tres o cuatro personas entre las muchas víctimas, la verdad ha salido a luz de manera irrefutable, obligando al mismo papa a tomar cartas en el asunto. Francisco en su documento de meditaciones entregado en Roma a los obispos católicos de Chile, les dijo básicamente dos cosas:
* primero, que los y las cristianas en Chile debemos volver nuestra mirada a Jesús,
* y segundo, que los males de la iglesia no se curan a mediano y largo plazo con la mera remoción y reposición de cargos episcopales, sino que se requiere de un cambio estructural, donde los protagonistas deberían ser todos y todas las que se asumen como miembros del pueblo de Dios, y no sólo su jerarquía.

Este golpe de timón y la profunda conmoción emocional que nos embarga a los miembros católicos y no católicos del equipo de nuestro Centro Ecuménico Diego de Medellín, nos han inspirado algunas reflexiones. Las compartimos aquí desde adentro de la única comunidad de seguidores de Jesús, esa gran asamblea universal que llamamos iglesia, cuyos límites son flotantes y cuya doctrina lleva el sello multivalente de la historicidad.

Cuando el papa nos habla de Jesús, nos está pidiendo que pongamos los ojos en él con los ojos nuevos con que lo miraban los primeros cristianos (Hebr. 12,2; 1 Cor, 3,11) y esto quiere decir que no sigamos viendo en Jesús los rasgos sobrehumanos con que fuera definido bajo presiones imperiales en los cuatro primeros concilios ecuménicos como siendo “de la misma naturaleza del Padre” o el Todopoderoso— Pantokrátor imperial de los mosaicos bizantinos. Más bien se está refiriendo a la forma como lo veía el Padre Hurtado: el Jesús que tiembla de frío, abandonado de padre y madre, bajo los puentes del río Mapocho.

Esto significa que el cambio de estructuras que pide el Papa tiene que venir sostenido por un cambio en la mirada teológica: no se trata de la piedad orientada hacia un Dios de allá arriba, —en la gloria atribuida al Cristo adornado con todas las insignias de poder imperial del siglo IV, como los obispos de la época y anacrónicamente hasta hoy— sino hacia el Dios aniquilado – en su vaciamiento, en su forma de siervo humillado (Fil. 2, 8-9), como lo encontramos todos los días en los hospicios o en los drogados o en los migrantes o en las mujeres maltratadas. Son ellas y ellos a quienes Jesús quisiera salir a encontrar, como lo hacía en los caminos de Galilea, en los bordes del lago, en las casas de quienes le invitaban y donde se introducían a veces huéspedes no invitados y claramente molestos, como una mujer y un paralítico (Lucas 7, 36-50 y Marcos 2, 1-12). Allí acontecía (engiken, Mc 1, 15) el reino de Dios y Jesús lo hacía presente. Dios le salía al encuentro en el trato con todos, porque la compasión que estremecía sus entrañas (Mc 6, 34; Lc 10, 33) era una pasión de pertenencia al común destino humano.

Esta pasión de pertenencia lo llevó a situarse del lado de quienes no eran reconocidos por el poder religioso, político y social. A esa pasión de pertenencia Jesús quiso invitar a sus seguidores, haciéndoles ver que allí —y sólo allí— estaba sucediendo de veras el reino de Dios. A ello apuntaban acciones que más tarde fueron narradas en las categorías mitológicas de “milagro”, como el así llamado de la multiplicación de panes al que hoy se lo redescubre y reinterpreta más bien como el de la multiplicación de las solidaridades.

Éste es el cambio estructural a que nos invita el papa Francisco a todas y todos los cristianos. Pero este cambio no vendrá de arriba, de los jerarcas de ninguna iglesia, sino del pueblo mismo de Dios. Ahí nos toca a todos y todas volver a organizarnos como iglesias domésticas o comunidades de base, las mismas que a comienzos de los años 90 fueron prohibidas de hecho por algunos obispos católicos.

Enfrentar necesidades y urgencias

En esas comunidades tenemos la tarea primera de afianzar los lazos comunitarios que nos unen y dejar de ser la “iglesia repelente” de que nos hablaba un joven, contándonos del día que fue a misa con su polola, cuando el cura interpretó la escena de Jesús echando a los mercaderes del templo como si ahora estuviera echando —según el cura— a los jóvenes que viven su amor sin casarse…

Junto con esa primera tarea, está la de mirar juntos cuáles son las necesidades y urgencias de todo el pueblo, en lo local, barrial, municipal, provincial, nacional y mundial: tarea política que está por definir desde la base en lo que respecta a equidad de género, cuidado del medio ambiente, derecho a aire y aguas limpias, acceso de todos y todas a la salud y a la educación… Y no sólo mirar, sino emprender con otros y otras las iniciativas correspondientes a lograr tales bienes y servicios comunes.

Mientras se llevan adelante estas tareas, se debería ir acondicionando los servicios de la iglesia de manera tal que mujeres igual que hombres puedan presidir la eucaristía, ordenando por tanto a quienes el pueblo cristiano llame y designe para ese ministerio sacramental y descubra con el carisma de ayudar y animar la explicación comunitaria de la Biblia. El celibato obligatorio tendría que ser descartado y desconectado de inmediato del servicio ministerial. En vez del miedo a la sexualidad, se debería cultivar la aceptación agradecida de un don que nos abre espacios de gozo en el mutuo reconocimiento, respeto y amor.

Las tareas administrativas de las comunidades de base deberían estar subordinadas al servicio que ellas prestan a sus localidades y a la vinculación de ellas entre sí bajo diversas formas de asambleas. Estas tareas administrativas tendrían que ser llevadas y controladas por todas y todos, mediante cargos ejercidos rotativamente y cuyos responsables puedan ser removidos en casos de ineficiencia o deshonestidad.

Algo así sería nuestra iglesia, la que queremos construir entre todos, para que en ella nos reunamos en el seguimiento de Jesús. Él es su fundamento, aunque no quien la fundara. Ella no tiene en sí nada divino, ni su jerarquía, ni su institución, ni siquiera sus sacramentos, ni la predicación de la palabra. Es cierto que en todo ello puede que Dios se haga presente y real. Pero ese acontecer de Dios tiene lugar cuando -y sólo cuando- se enciende en ella o por ella una chispa de amor auténtico y de compasión el que llamamos el espíritu (con minúscula o con mayúscula). Y su sola razón de ser es hacer posible que esta chispa se encienda en provecho de muchas y muchos, para hacernos a todos y todas más humanos y hermanos y hermanas, compasivos desde dentro y no desde arriba, reconciliándonos en nuestras oposiciones y enriqueciéndonos recíprocamente, en vez de oponernos, en nuestras diversidades.

Invitación a retroalimentarse

En un mundo de frialdad y competencia, de individualismo y soledad, de brutalidad y violencia, hacen falta comunidades donde una chispa como esa se guarde, se cuide y se expanda, no sólo en provecho del grupo, sino de la sociedad toda entera y con miras a urdir entre todos un proyecto de futuro para el mundo. A ello invita el seguimiento de Jesús en la comunidad llamada iglesia: a retroalimentarse ahí mutuamente con miras a una enorme y maravillosa tarea, si logramos cumplirla. Es una de las invitaciones disponibles en la sociedad y en la historia. Hay también otras igualmente valederas. La nuestra no tendría que entrar a disputar clientelas, sino a reconocer con todas ellas que Dios, es decir, la realidad definitiva que a todos nos engloba, sucede o acontece o sale al encuentro de quienes procuran acercarse y entenderse y amarse, en reciprocidad, igualdad y verdad.

La comunidad que llamamos iglesia no debería nunca hacerse pasar por la realidad a la que sólo indica. Ella no es divina. Es tan humana como Jesús. Como lo somos todos en la cruz de nuestras vidas. Dios puede acontecer en ella, de manera oculta, como en la cruz de la angustia, o clara y manifiesta, como en el gozo de una dignidad recuperada, de una nueva vida de comunicación recíproca en la verdad.

El amor lo hace real

Adherir a una comunidad llamada iglesia tendría que ser algo así como abrirse nuevamente en el seguimiento de Jesús a la gratuidad del acontecer de Dios; hacer nuevamente real, mediante el amor, la presencia de Dios en nuestras vidas, esa presencia que Jesús realizó en el encuentro diario con sus hermanos y hermanas. En la comunidad llamada iglesia se invoca esa realidad en la oración, que es una forma de aguardarla en el silencio (Lam. Jer. 3:26-33); y se la percibe, en el respeto y cuidado mutuo, como el más allá que nos viene de regalo al comunicarnos de verdad, cuando acontece “en medio nuestro” lo dicho por Jesús de los “dos o tres reunidos en su nombre…”

Cómo, dónde, cuándo, con quiénes se articule esa adhesión a una iglesia, son circunstancias que no dependen de liderazgos institucionales o supuestamente carismáticos, sino de las vueltas de la vida, de la búsqueda de cada cual y del discernimiento en común junto con quienes nos reconozcamos y descubramos como afines en una pasión como la de Jesús por la dignidad humana y por su realización en la fraternidad de lo que él llamó reino de Dios. Puede que en este camino de búsqueda nos encontremos con quienes le den otro nombre a una realidad que es objeto de anhelo e intuición en muchas culturas, espiritualidades y religiones. El nombre importa menos que aquello a lo que se apunta desde diversas perspectivas, traspasando las fronteras de catecismos y campanarios.

El lugar del descubrimiento de Dios debería ser la vida y la conversación cotidiana —como lo fue para Jesús— en la relación con el hermano y la hermana, la mujer y el marido, la hija, el colega, el pasajero del bus. Un descubrimiento muchas veces sin nombre, una mirada fugaz hacia el misterio que vive en el otro y en mí cuando somos de veras el uno para el otro.

Porque para eso sí que vale la pena vivir y morir.
CENTRO ECUMÉNICO DIEGO DE MEDELLÍN
Santiago, agosto 2018
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* El Centro Ecuménico Diego de Medellín (CEDM) es una corporación privada de estudios teológicos que nació en Santiago, el 5 de octubre de 1982. Durante estos 36 años la institución ha acompañado al pueblo de Dios que peregrina en Chile, buscando construir unidad y comunidad desde una perspectiva ecuménica y liberadora y haciendo que hombres y mujeres crezcan como personas autónomas.
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II. En la Facultad de Teología se Abusa

Por Jorge Costadoat, S.J. 

Monseñor Ricardo Ezzati delega sus facultades de Gran Canciller de la Universidad Católica en el Vicecanciller. Tras de sí queda un reguero de quejas en la Facultad de Teología. Espero que no se haga leña del árbol caído. Porque lo que realmente hay que hacer, es un cambio estructural. Con Monseñor Francisco Javier Errázuriz se dieron los mismos abusos que lamentan los académicos de Teología.

En la Facultad de Teología falta libertad de cátedra porque no tiene autonomía.

Falta libertad en Teología de la Católica. ¿Cuál es el problema? Si se trata de una religión, dirá alguno, los docentes tendrían que sacrificar sus ideas personales al servicio de la enseñanza oficial. No debe ser así. La fe cristiana se impone a sí misma la obligación de probar su razonabilidad. La falta de libertad en Teología que padecemos sus académicos atenta contra el mismo cristianismo (cf. Vaticano I contra el fideísmo). Para alcanzar la verdad, se requiere libertad. El miedo que hoy tienen sus académicos a entrar en los temas difíciles, los desvía hacia asuntos no problemáticos. Se hacen trabajos disciplinares e interdisciplinarios serios, pero no en las áreas en las cuales los docentes pueden ser acusados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Oficio de la Inquisición, en Roma). Una facultad de teología no puede ser tratada como un seminario eclesiástico.

Así las cosas, los teólogos son impedidos de ayudar en la tarea que la Iglesia tiene de discernir los “signos de los tiempos”, esto es, descifrar el habla de Dios en los acontecimientos actuales. Con lo cual la enseñanza de la Iglesia, dependiente de la teología, se vuelve progresivamente anacrónica cuando no nociva.

En la misma medida que los estudiantes no son adiestrados en escrutar esta acción de Dios en la historia con el acervo de la tradición de la Iglesia -lo cual equivale a afrontar como adultos los llamados actuales de Dios- por una parte son infantilizados y por otra, el día de mañana, ensancharán el foso de incomunicación que hoy caracteriza la relación del estamento eclesiástico con la realidad y con el laicado.

¿Exagero?

Recientemente Joaquín Silva, decano, y el Consejo de la Facultad respondieron a la carta del Papa Francisco al “Pueblo de Dios que peregrina en Chile” (31 de mayo de 2018). La respuesta es larga. Cito solo un párrafo: “en muchas ocasiones los teólogos y teólogas también hemos sufrido abusos de poder en nuestra Iglesia. No es del caso presentar aquí la larga lista de teólogos y teólogas que muchas veces en Chile, en América Latina y en el mundo han sido restringidos o excluidos del ejercicio de la teología por razones más ideológicas que teológicas, por haber cuestionado alguna enseñanza del magisterio, por haber preguntado si las cosas podrían ser pensadas de otro modo, por haber indagado en nuevas posibilidades de comprender la Revelación de Dios en Cristo”.

Las autoridades de la Facultad celebran la llegada de Francisco al pontificado: “Hemos visto con esperanza que en sus años de papado los procesos en contra de teólogos han disminuido, hasta casi desaparecer”. Pero, como ha sucedido en otras materias, las intenciones del Papa no se cumplen tan rápidamente. Continúa el decano: “En nuestro país sigue habiendo colegas a los cuales se les niega su promoción académica o el permiso para enseñar por razones que no tienen que ver con la calidad de su trabajo académico-teológico. En la sociedad chilena y en nuestra misma Universidad Católica se ha instalado progresivamente el parecer -por cierto equivocado- de que la teología tiene un status diferente al de las otras disciplinas académicas, de que la libertad de cátedra está en ella, en la práctica, limitada por la relación que la teología debe mantener con el Magisterio eclesiástico, de que no puede participar libre y críticamente del diálogo social, de que ella podría sustraerse al escrutinio de la razón”.

No es necesario ser académicos para imaginar lo penoso que puede ser para un laico con su familia a cuestas perder su trabajo por una acusación cualquiera, sea de un seminarista sea de colegas que están informando permanentemente al obispo de lo que sucede en la Facultad.

Sigue la carta de respuesta al Papa: “Para controlar y limitar el libre ejercicio de la teología, se suele recurrir a razones carentes de transparencia o a procedimientos de organismos de la curia romana cuyo común denominador son la reserva y el sigilo, para así imponer sanciones o trabas al ejercicio académico, sin tener que dar cuenta de ello a los afectados ni a sus comunidades académicas. La teología demanda una actitud crítica y profética; pero, desgraciadamente, y como Ud. mismo lo ha advertido, no pocas veces esa actitud ha sido confundida con traición a la Iglesia y al mensaje de salvación que nos ha sido confiado. Muy por el contrario, los que nos hemos sentido llamados por el Señor a servir en la Iglesia como teólogos y teólogas, requerimos de la confianza y del respaldo de nuestros hermanos que han sido llamados a servir como pastores en la única Iglesia de Cristo, Señor de la Vida”.

Lo que no dice la carta, sin embargo, es que la falta de libertad y el miedo a los obispos cancilleres de la universidad son resultado de la falta de autonomía de la Facultad de Teología. Los Estatutos de la Facultad permiten al Gran Canciller, el obispo de Santiago, hacer en ella prácticamente cualquier cosa sin tener que dar explicaciones a nadie. Esta situación no da para más. Se necesitan nuevos Estatutos. Hay una sola corrección importante que hacer: el Decano debiera dar cuenta de su gestión al Rector de la Universidad. Los Estatutos debieran prohibir cualquier forma de influjo directo del obispo en la Facultad.

La Facultad de Teología es un deshonor para la Católica. Es triste para nosotros sus académicos ser un enclave autoritario dentro de una gran universidad. Espero que el próximo Arzobispo de Santiago nos libere de esta humillación.

*Fuente de este material: Atrio
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