Semana Santa: Si regresaran y vieran
por Alfredo Fierro (España)
7 años atrás 5 min lectura
Redacción de Atrio, 18-abril-2019

Alfredo Fierro, psicólogo y amigo, a quien me gustaría tener como colaborador habitual en nuestro ATRIO, nos envía esta actualísima reflexión que apareció en El País en 2006. Iba encajada en una Tribuna-Debate junto a otra del desaparecido Enrique Miret Magdalena, ¿Días de recogimiento?, también de recomendable lectura hoy. Hoy la preocupación principal debe trasladarse de lo simbólico tradicional a la problemática real de la actual campaña electoral: ¿saldrá de este 2019 una España y una Europa más justas y solidarias o no?. A ello se refiere la simultánea entrada de González Faus. AD.
Corren malos tiempos para la irreverencia, confundida por los fanáticos con la blasfemia. No llega a blasfemo, de todos modos, preguntarse cómo verían Voltaire y otros ilustrados el asalto a las calles por piadosos encapuchados tres siglos después de haberse deslindado qué es religión y qué ciudadanía, qué es vida pública, qué es piedad privada y qué es superstición. Si ellos regresaran a la vida y vieran…
No hace falta, sin embargo, ejercer de volteriano, y ni siquiera de anticlerical o luterano, para el argumento que ahora sigue. Basta con argüir desde las fuentes mismas presuntamente legitimadoras del patético ritual, conjeturar sin irreverencia alguna qué sucedería si ahora reaparecieran los protagonistas y testigos de los hechos que, una semana al año, todavía hoy, se conmemoran, ¡y cómo!
Si María y Jesús se dieran una vuelta por acá en Semana Santa, no entenderían nada de ella. Serían incapaces de captar la relación entre los hechos más amargos de sus vidas y las multitudes en torno a unas imágenes ricamente ataviadas, cuajadas de luces y de joyas. Pero ¿qué es esto, Dios mío; estas luminarias y peanas, estos lujosos tronos, estos sanedrines y capuchas? Habría que explicarles muy bien todo, paso por paso. Todos ellos os aman, incluidos los mirones y los turistas; la riqueza y la gloria de ahora tratan de enmendar la pobreza y humillación que antaño padecisteis; los cornetines y tambores son de un cortejo no para el ajusticiamiento, sino en loor vuestro; los encapuchados no son verdugos y os conducen en andas desde un devoto anonimato; los legionarios no son ya romanos y han venido para rendiros honores militares; esta música es el himno nacional que sólo suena a la llegada vuestra y a la de los reyes; el gobernador en la tribuna no es ya Poncio Pilato, y el César actual del mundo invoca al único Dios verdadero después de las catástrofes y antes de las guerras.
Si Mateo, Marcos, Lucas, Juan vinieran por acá y lo contemplaran, se dirían: pero ¿qué tiene esto que ver con lo que nosotros escribimos? Acerca de la pasión del Maestro nos pusimos de acuerdo en un informe sin patetismos, casi sin emoción, como de reportaje imparcial. Queríamos resaltar que Jesús había sido condenado y muerto por las autoridades todas, religiosas y civiles, pero resucitó después. A ellos habría que explicarles que han pasado veinte siglos; que Jesús predicó un evangelio, pero luego vinieron las iglesias, así como las religiones populares, y que el pueblo se ha sentido conmovido por una parte, sólo una pequeña parte, del evangelio que ellos escribieron. Este pueblo, víctima de sufrimientos históricos y, en extremo realista, poco esperanzado en resucitar y ni siquiera en resurgir, encontró en los padecimientos del Cristo y en el dolor de su Madre un espejo y un lenitivo de su propio padecer. Así que los ha elevado a iconos máximos de una religión de valle de lágrimas: humanos ambos, dolientes, mortales, también el Cristo. Alguien sentenció con tanto respeto como ironía: “opio del pueblo”. Pues sí, este pueblo religioso acude a ellos como a providencial consuelo de afligidos.
¿Llegarían ellos a entender tras las debidas explicaciones? ¿Lo entendería al menos la víctima principal de esta historia, la de entonces y la luego sucedida, Jesús el Nazareno? Y ¿qué otra secuencia de acontecimientos seguiría a su sorpresa y a las explicaciones razonables de los hermanos cofrades?
Dostoievski ha imaginado un posible desarrollo de los hechos. Llega Jesús redivivo al atrio de la catedral de Sevilla, donde una muchedumbre acompaña al féretro de una pequeña, hija única. La madre llorosa reconoce al Cristo y le implora: “Si eres Tú, resucita a mi hija”. El cortejo fúnebre se detiene, suena la palabra redentora: “¡Levántate, niña!” Y ésta se levanta y camina. Se halla en ronda por allí el cardenal inquisidor; se aproxima; se hace un silencio mortal; ordena apresar al milagrero. Ya en el calabozo de la Inquisición también el cardenal pregunta: “¿Eres Tú?”. Pero no necesita ni espera la respuesta, pues lo sabe. Le habla, pues, en nombre de la Iglesia: “No contestes, cállate. Es lo mejor que puedes hacer ahora. No tienes derecho a añadir nada a lo que dijiste en otro tiempo. Lo dejaste todo en manos de tus sacerdotes”.
El inquisidor mayor de Dostoievski no es un canalla, ni un gobernante corrupto. “Pudo haber sido un mártir, fue un verdugo”, dice Borges, piadoso. Es un santo eclesiástico, que forma parte de una casta redentora, abnegada y superior: la de quienes, con conocimiento de causa, a conciencia y con la ciencia del bien y del mal, han asumido perder la propia alma por cargar con los pecados del mundo, mientras gracias a ellos se salvan multitudes dóciles, sin culpa. Son dos estilos de redención frente a frente. El inquisidor desafía al Cristo: “Júzganos, si puedes y te atreves”. Y va a ser él quien juzgue y quien condene: “Mañana, al amanecer, te condeno a morir en la hoguera por haber regresado a estorbarnos. Ese pueblo que hoy te besaba los pies se lanzará mañana, a una señal mía, a atizar el fuego de tu hoguera”. No replicó una palabra el Cristo a esta requisitoria; antes bien, en silencio le besó la mejilla al anciano inquisidor, que, estremecido en sus entrañas por la cálida memoria de una adoración antigua, cambió de parecer súbitamente, abrió la puerta de la cárcel y conminó: “Vete, vete y no vengas de nuevo, no vuelvas por aquí nunca jamás”.
No es previsible, por tanto, que regrese para Semana Santa, y no será preciso darle explicaciones razonables y ponerle al día de la historia a los veinte siglos de su muerte.
-El autor, Alfredo Fierro, es catedrático de Psicología de la Universidad de Málaga.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de abril de 2006
*Fuente: Atrio
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