Monólogo del Detenido Desaparecido
por Gustavo Adolfo Becerra (Chile)
9 años atrás 5 min lectura
Publicado por su autor el 8 de junio de 2013
Aquí estoy, querida, y no sé dónde estoy.
La muerte nunca tuvo señorío y la impunidad
-otra forma de muerte- no tendrá la última palabra.
Hace un rato vi pasar las flores camino
a la superficie, si no han llegado aún deben
estar muy cerca. ¿Quién pudo imaginarlo?
Nadie en el mundo podría haberlo imaginado:
con mi fotografía en tu pecho tú me buscas,
y con el clavel rojo en la mano, te espero.
Sé que no dejarás piedra sobre piedra
hasta encontrarme. Tu testimonio de amor
es infinito, tu consecuencia es de estrellas,
y como si tuviera quince años y te esperara
en la puerta del liceo, vuelvo a enamorarme
de tu militancia en esta noble causa que es la vida.
Nada de lo nuestro ha sido contaminado
por el olvido. Por eso, seguro que lo recuerdas:
cuando fundamos el sindicato y Víctor Jara
cantó Te recuerdo, Amanda mientras llovía
como nunca había visto llover sobre Santiago.
Jamás lo había visto así, pero hoy me parece
que esa lluvia era signo vivo de alegría,
del anuncio de otro tiempo con escuelas,
medios litros de leche, lápices y futuro.
Todo poema y lo sabes, es un acto de amor.
Este no es un poema y es más que un poema:
es la continuación de una conversación
brutalmente interrumpida. ¿Qué hora es?
Han transcurrido cuarenta años y tengo
la impresión que fue ayer / cuando te vi
por última vez. Envejeciste en esa pieza
helada de la Vicaría. Como si hubieses sido
una fumadora compulsiva, engrosaste la voz
gritando durante este tiempo, ¿dónde están?
¡Vivos los llevaron y vivimos los queremos, carajo!
Con el mismo abrigo de siempre, regresabas
sin respuestas y con un abismo. Hermosa
como eres, cuidaste de no cambiar la cerradura
de la puerta principal por si me liberaban
y regresaba al nido, a la familia, a la vida.
Lo sabes mejor que nadie: la Justicia no es un bien
que se transa. La Justicia no es un precepto.
El mar-poco a poco- devolvió testimonios y secretos,
la montaña hizo su trabajo y el desierto mostró
el rostro herido de Pisagua. Las fosas del olvido
se abrieron: no pudieron retener la evidencia,
ni el oleaje de la memoria. Algunos regresaron
desde el otro lado de la historia. Traían las marcas
de la dictadura en el cuerpo, las secuelas
de la obediencia militar en sus quemaduras,
los flagelos de la seguridad nacional en su pecho
y el silencio cómplice de los civiles que besaron
las botas del dictador y que todavía tienen
la osadía de presentarse como paladines
de la democracia y de las libertades públicas.
Pero, no es eso lo que más me duele.
La derecha tiene cara de hereje y no cambiará
su enmomiada sonrisa. Lo que más me duele
es que muchos de los nuestros les acojan,
imaginando o creyendo que por efecto colisión
de las constelaciones cambiaron su forma de ser
y que por obra y gracia de este efecto, ya no son
los mismos conjurados que mantienen
pactos de silencio y de sangre con la soldadesca,
la canallada y los esbirros. Ya ves: no somos
físicamente los que éramos pero mantenemos
vivas las mismas fidelidades. Sé que sigues
planchando la camisa que usaba el Domingo.
A veces, sin querer te he descubierto mirando
el Álbum familiar de Fotografías, con la mirada
llena de peces, palabras, panes y sueños.
Amor, después que nosotros definitivamente
dejemos de estar, vendrán otros. Tú lo sabes.
Y esos otros harán aquello que no pudimos,
quizás con mejores inteligencias y con otras
ternuras. Te amo porque las razones que tuviste
para amarme fueron las razones que ellos tuvieron
para hacerme desaparecer. Y donde quiera
que esté, espero. Los hijos ya están grandes.
Ellos crecieron y entendieron. Y los nietos
crecerán y entenderán. No sé cómo lo hiciste,
pero lo lograste: no dejaste que en nuestra casa
entrara el miedo, ni que residiera en sus cuadernos
el ángel de la venganza. Y así -como alguna vez
lo soñamos paseando por la Plaza pública-
nuestros hijos crecieron hacia la luz. Compañera
del alma, compañera, no permitiste que ninguna
gota de odio les ensuciara la comida.
A pesar del dolor, los educaste en el amor
a la Humanidad que profesamos. Les enseñaste
a mirar a los ojos para que la indiferencia
de muchos, no les quemase el corazón.
Los abrazaste con amor -de padre y madre-
para que la inseguridad no debilitara sus ramajes.
Producto de esos desvelos, nuestros hijos saben
unir las sílabas de una nueva historia y ahora
van en busca de los granos dispersos. Ni a ti,
ni a nuestras familias, nadie los indica con el dedo
porque limpios tienen los vidrios de las esperanzas
y porque pueden hacer lo que otros no pueden,
exhibir sus manos no manchadas. Ya vienen nuevos
tiempos, con la fuerza y voluntad de muchos
otra vez adquieren movimiento, sentido y pulso
las ideas. Los derechos humanos son fundamento
esencial de toda convivencia y la justicia
la única forma de reparación posible.
Compañera,
déjame decirte algo que no te he dicho:
lo reconozca la sociedad o no lo reconozca,
lo reconozcan o no los partidos políticos,
ustedes, las mujeres de la Agrupación,
son la dignidad de Chile. Yo, al menos,
cambié la estrella de la bandera por tus ojos.
*Fuente: Sitio Cero
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