La vejación de la mujer indígena en televisión española
por Javier Cortines (España)
10 años atrás 3 min lectura
La ocurrencia de sacar a dos luchadoras indígenas (de la América profunda) peleando en un cuadrilátero, -con expresión feroz en el rostro-, para disputarse quien es la primera en alcanzar y devorar una bandeja con lonchas de jamón Campofrío, supone una triste vejación de las mujeres que poblaron aquel continente donde se resucitó, a golpes de espada y cruz, la esclavitud grecorromana y se aniquilaron civilizaciones milenarias.
Me extraña que ninguna asociación feminista o defensora de los Derechos Humanos (al menos yo no tengo constancia de ello), no haya protestado enérgicamente por utilizarse de forma grotesca la imagen de esas luchadoras (símbolo de un pueblo exterminado) -vestidas con trajes espantosos y peinadas con trenzas y raya en medio-, para hacer un reclamo gastronómico del indiscutible rey de las Españas, el cerdo ibérico.
Para empezar explicaré por qué visten como visten las nativas de “Las Indias” y por qué su vestimenta, la que sacan en el anuncio, debería indignarnos. Dice así Eduardo Galeano en su obra “Las venas abiertas de América Latina”:
Los turistas adoran fotografiar a los indígenas con sus ropas típicas. Pero ignoran que la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III a finales del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las indias, raya en medio, impuesto por el virrey de Toledo[1].
Debo señalar que las mujeres del “continente descubierto por Colón” tenían una forma de vestir muy parecida a las antiguas egipcias, lo que comprobé en multitud de viñetas faraónicas cuando vivía en El País del Nilo a finales de la década de los setenta del siglo pasado. La similitud no sólo estaría condicionada por el clima sino también por las costumbres y los modelos “legados por los dioses”.
Ir con el torso o los senos al descubierto -y vestir con lo mínimo (un faldellín corto)- era lo habitual en Egipto, hasta que “llegó, primero la cruz bizantina, y luego, la media luna”. Tras la conquista de Egipto por los árabes, a mediados del siglo VII d.C. las mujeres, que habían empezado a enterrarse con los “hábitos de la decencia cristiana”, acabaron envueltas en “el burka del Islam”, pues el invento del pecado, desconocido por los antiguos egipcios, había dado sus frutos.
En América ocurrió un proceso similar: “a las indígenas pecadoras, que desconocían el pudor y provocaban con su desnudez a los conquistadores”, no solamente había que bautizarlas y enseñarlas la palabra del único y verdadero Dios. Carlos III pilló muy bien el mensaje y decretó que, para evitar tentaciones y cumplir con el sexto mandamiento, las nativas deberían cubrir sus vergüenzas con trajes folklóricos regionales de España.
Mientras los musulmanes que invadieron Egipto trataron a las “mujeres egipcias como iguales a las suyas, una vez convertidas al Islam”, en España, llenar los barcos de oro y plata se convirtió en una obsesión enfermiza que dio luz verde al genocidio.
Eduardo Galeano nos cuenta:
Los indios de las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio[2].
Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para felicitar a los españoles por la reciente constitución del congreso de diputados (el pasado 19 de julio) ya que, por fin, hemos dado un giro histórico de 360 grados. Y de paso celebrar el 80 aniversario del Alzamiento Nacional (18 de julio de 1936) lo que nos ayudará a recordar quienes somos, de dónde venimos y adonde vamos.
Javier Cortines
http://www.nilo-homerico.es/
Notas:
[1] Las venas abiertas de América Latina (Ed. Siglo XXI, pág. 68).
[2] Esa afirmación la hace Eduardo Galeano, -en su libro Las venas abiertas de América Latina (Pág.59)-, citando estudios del especialista Darcy Ribeiro, que utiliza datos de Henry F. Dobyns, Paul Tompson y otros.
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