Bolivia intenta anexar el sur del Perú hasta Arica

8 de junio de 2015
Chile y Bolivia se encuentran en compás de espera del fallo que emita la Corte de Justicia de La Haya, entre octubre y diciembre de este año. Si la Corte se declara competente para pronunciarse sobre el pedido boliviano, La Paz lo celebrará como un triunfo, pero si la noticia es adversa, en Santiago se habrán quitado un peso de encima, al menos por los próximos diez años.

Este encono entre vecinos, que cubre todo el siglo XX y no amainará en Bolivia hasta que no obtengan al menos un salida al mar, fue anticipado por el fundador de la república chilena, el capitán general Bernardo O´Higgins, quien exiliado en Lima, escribió en octubre de 1838 sobre el conflicto entre Chile y la Confederación Perú-Boliviana: “No me es dado poderme regocijar por el triunfo del uno que sea funesto o que traiga el menoscabo del otro. Deseo, por tanto, más bien un arreglo en que no sea preliminar las victorias de armas que, a lo dicho, siempre son caras, aún a los victoriosos”.

Estas palabras, de hace 177 años, deben sonar muy actuales a los gobernantes chilenos, que siempre han optado por refugiarse en un permanente armamentismo para rechazar las justas pretensiones bolivianas de lograr una salida al mar, que perdieron entre y febrero y marzo de 1879 al ser invadido su Departamento del Litoral, que incluía las ciudades de Antofagasta, Mejillones y Calama.

Desde entonces, matices más, matices menos, la política exterior de Chile frente a Bolivia ha sido de imposición, de hechos consumados, fundamentados con la firma del Tratado de Amistad y Límites, suscrito entre ambos países bajo el argumento sureño de guiarse por la victoria obtenida en la guerra y que representaba “la ley suprema de las naciones”.

“Las victorias de armas siempre son caras, aún a los victoriosos” adquirió todo el peso de una sentencia para Chile desde que desocupó el Perú en 1884, pero que desde entonces no puede dormir con los dos ojos cerrados por el peso de la conciencia y que lo lleva a tener, desde hace diez años, las Fuerzas Armadas más poderosas de América Latina, solo superada por el gigante Brasil.

Estas reflexiones nos llevan a mirar el pasado y ver como las relaciones entre Chile, Perú y Bolivia fueron complejas desde que nacieron a la vida independiente y que, en los años 30 del siglo XIX, Bolivia llegó a representar un peligro para el Perú como hoy lo conocemos.

Desmembrar el sur peruano

Bolivia nació como un homenaje a Bolívar, en agosto de 1825, pero tras unos años de caos y anarquía política, la naciente república llegó a tener sus mejores años bajo la mano férrea del gran mariscal Andrés Santa Cruz Calahumana, nacido en La Paz, de padre español y madre aymara.

Como gran número de oficiales criollos, Santa Cruz sirvió primero en las fuerzas virreinales desde 1811, hasta el 6 de diciembre de 1820, en que fue derrotado y capturado por las fuerzas patriotas en la Batalla de Cerro de Pasco. Trasladado al cuartel general de San Martín, el 8 de enero del año siguiente decidió abrazar la causa de la independencia y fue puesto en libertad.

Santa Cruz supo escalar posiciones en el ejército patriota y fue jefe de batallón en la Batalla de Pichincha, que posibilitó la liberación de la Audiencia de Quito, que luego sería el Ecuador. Pero no solo era buen militar, también era intrigante y hábil administrador. Fue asi que protagonizó el primer golpe de estado en la historia peruana al acuartelar al ejército y amenazar al Congreso para que le entregue el poder a José de la Riva Agüero.

Bolívar le dio su confianza y lo hizo presidente del Consejo de Gobierno del Perú (1826-27). A la caída de su mentor, Santa Cruz fue enviado como representante del Perú a Chile y Argentina, pero el Congreso boliviano lo convocó a presidir el país, cargo que asumió en mayo de 1829.

Como presidente boliviano, Santa Cruz primero puso mano dura y orden en casa y luego se dedicó de lleno a lo que sería su objetivo principal: lograr la reunificación del Perú Bolivia, meta que escondía sus intereses personales de erigirse en el hombre fuerte de América del Sur, utilizando al viejo Perú como plataforma porque Bolivia era recién un estado en formación.

Aunque Santa Cruz nació en La Paz cuando era el Alto Perú, sus tentáculos políticos los dirigió a tratar de incorporar el sur peruano –Puno, Cusco, Arequipa, Tacna y Arica- a Bolivia. Esta infiltración fue abortada por el entonces prefecto de Arequipa, Ramón Castilla, durante el gobierno de Gamarra en 1831, lo que puso a los dos países al borde la guerra.

Hábil político, el general boliviano atizó las discordias en el Perú, ofreciendo su poderoso y bien entrenado ejército de cinco mil hombres a los generales Gamarra y Orbegoso, cuando este era presidente del Perú desde enero de 1833. Orbegoso finalmente caería en sus redes y aceptaría la propuesta de crear la Confederación Perú-Boliviana, que significaba dividir al Perú en los estados Nor-Peruano y Sur-Peruano.

Era 1835 y Santa Cruz no esperó la firma de un tratado para darle curso a la Confederación y, con aval de Orbegoso, su ejército penetró Puno y derrotó primero a Gamarra y luego al infortunado general Salaverry, que fue fusilado con sus jefes en Arequipa, en febrero del año siguiente.

Sin oponentes militares, dos congresos, en Sicuani y Huaura, dividieron al Perú en dos estados, pero en Lima y el norte del país se gestó una fuerte oposición a la dictadura de Santa Cruz, que se erigió como Sumo Protector de la Confederación Perú-Boliviana, con poder para gobernar diez años y elegir a su sucesor si era el caso.

Todo este ambicioso esquema se presentaba inspirado en el ya lejano Incario, pero obedecía en el fondo a las ambiciones personales de Santa Cruz. “No hay razones para temer al diminuto ejército peruano”, ya había dicho poco antes de jurar como presidente boliviano y, cuando la borrasca opositora lo amenazaba, le decía a uno de sus socios políticos que él único interés que guiaba su política exterior era que Arica pase a ser el puerto natural de Bolivia.

La oposición peruana, encabezada por Gamarra, Ramón Castilla, Felipe Pardo y Aliaga y otros prominentes políticos peruanos uniría fuerzas con apoyo militar de Chile y derrotarían a Santa Cruz en la hoy olvidada Batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839.

Los peligros, sin embargo, no acabarían allí porque Gamarra cometería el error de intentar conquistar Bolivia, pero fue muerto en la Batalla de Ingavi, en noviembre de 1841 y las fuerzas bolivianas ocuparon el sur peruano hasta 1843, cuando mediante la diplomacia se logró establecer una paz que no volvería a quebrarse, y que sería ratificada con el malhadado pacto secreto de alianza defensiva de 1873, pero esa ya es otra historia.

*Fuente: La Razón

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