Coruña: Teatro de la Memoria
por Iván Vera-Pinto Soto (Iquique, Chile)
13 años atrás 8 min lectura
Coruña: Teatro de la Memoria
Al final del artículo presentamos una serie de fotos tomadas en los restos de lo que fue la Oficina Salitrera La Coruña, donde el año 2010, con motivo de conmemorarse el Centenario del Masacre de la Escuela Santa María, Iquique, se presentó un extracto de la obra “Coruña, Ira de los Vientos”
Redacción de piensaChile
Bien sabemos que la memoria es parte de nuestra vida y está presente en todas las relaciones sociales definiendo incluso nuestra propia identidad; por lo mismo, no podemos desconocerla, pues no es algo externo a nosotros, vivimos y actuamos con ella todo el tiempo. Asimismo, la memoria adquiere relevancia en las relaciones sociales, ya que sin memoria no puede haber acuerdo o convención posible entre las personas; en otras palabras, no puede haber vínculo. En efecto, los vínculos con los demás se funda en la memoria, ello involucra igualmente a cualquier práctica humana, incluida el teatro.
La idea de que con el teatro se produce una repetición de situaciones cotidianas, que están en la memoria de los protagonistas y de los espectadores, es una de las ideas que asocia al teatro con la memoria. En este sentido el teatro operaría como una representación del proceso cultural e histórico mismo, lo que le permitiría a la sociedad tener registros de sus propias acciones. Analizado de otra manera, el teatro es una suerte de reserva cultural, que está sujeto a cambios y transformaciones, en la medida que depende de los recuerdos, mutables en contextos y situaciones históricas diferentes.
Es necesario subrayar que todo teatro es en esencia histórico, en la medida en que se inserta en el curso de los acontecimientos de un lugar y construye sentidos a través de una representación. De la misma manera, toda manifestación cultural posee una carga histórica, a pesar de que no se trabaje con ella de forma explícita, por el sólo hecho de que sus realizadores son sujetos históricos y las construcciones que hagan tendrán parte de sus cimientos en experiencias vividas y aprehendidas. Considero que el elemento distintivo, contestatario, no conformista de este teatro está en que las memorias actúan, se tensionan, y mutan en creatividad.
Es lógico que no podemos desconocer que los sectores de poder siempre han disputado la posesión de los bienes culturales del pasado, ya que es una forma de construir una mirada privativa sobre lo acontecido, que sea utilitaria a sus intereses. En consecuencia, se ha escrito una historia oficial, sesgada y estrecha que no necesariamente corresponde a los acontecimientos ocurridos en el pasado. Pese a todo, tampoco podemos ignorar que en la medida en que exista un sector de poder, va a surgir otro alternativo a éste. A pesar de las censuras que se impongan, la sociedad siempre plantea una nueva perspectiva a todo estado arbitrario.
En esa configuración, cuando hablamos de un teatro vinculado con la historia de nuestros pueblos, por supuesto que no nos referimos a ese antiguo teatro que tomaba personajes o pasajes de la historia de nuestras naciones y las llevaba a escena, sin ninguna mediación crítica o reflexión cuestionadora de los acontecimientos mismos. Dicho de otra manera, el Teatro de la Memoria no es una mera crónica académica de los hechos históricos; por el contrario, este teatro explora en los testimonios, en los antecedentes históricos y en la realidad de los personajes, con la finalidad de tener una mejor comprensión de los sujetos históricos, las circunstancias dramáticas de los mismos y de los contextos históricos vividos.
Bajo esos conceptos, quienes militamos en este concepto pretendemos hacer un teatro hermenéutico, interpretativo y aclarativo. Es decir, un teatro que supere la simple narración de los hechos históricos y la biografía de sus actores sociales principales; en contraste, el desafío es explorar e interpretar críticamente el hecho histórico para develar las causas y las posibles contradicciones que experimentaron en esas circunstancias los personajes estudiados, con el fin de comprender el presente y visualizar el futuro social y político de una determinada sociedad. Parafraseando a Bertold Brecht, no hay que mostrar al pobre su pobreza, pues él la conoce muy bien, sino las causas de su pobreza.
Juan Mayorga nos confirma que toda sociedad habitualmente tiende a “sepultar” u olvidar momentos traumáticos vividos en el pasado, probablemente por dos razones: La primera, porque afecta fuertemente la psiques de las víctimas y, la segunda, porque los victimarios no desean que se descubra sus bajezas. Por ende, existe una constante a olvidar los pasajes oscuros de las historias de los pueblos. Este juicio tiene validez no sólo – por razones obvias – para los criminales, sino también para las víctimas y la gran masa de indiferentes.[1]
Otra variable que tipifica al Teatro de la Memoria es la manera que el autor presenta la realidad y a los personajes abordados. En este terreno me gustaría reconocer que existen matices de enfoques. Por ejemplo, hay una estética casi esquemática que descubre el hecho histórico con una intencionalidad ética y política determinada, para concluir con un mensaje explícito y didáctico. Pero, también existe otra propuesta donde el autor pretende a través de su obra hacer partícipe al lector y al espectador de una experiencia problemática y de crear interrogantes hasta perturbadoras, cuyo objetivo es desconcertarlo y enriquecerlo al mismo tiempo e iniciar un proceso de reflexión crítica que lo oriente a formarse su propio juicio. El objetivo es que el espectador no solamente se conmueva, sino que también participe de la escena de manera objetiva y crítica. En otros términos, discuta sobre el conflicto planteado. Parafraseando al maestro Tadeusz Kantor, el teatro debe asombrar a los actores y espectadores, por ejemplo, los acontecimientos del pasado se debiera adherir a los presentes; que se produzca una mezcla con los personajes, que tengamos serios problemas con la historia, la moral, las convenciones. Tal como lo expresa “Las olas de la memoria, tranquilas y claras, se agitan bruscamente y los elementos se desencadenan. Es el INFIERNO” [2]
Ahora bien, cuando enfrento labor dramatúrgica soy consciente que la memoria auténtica no es únicamente posible mediante una representación documental, sino también a través de una modelación ficticia. Esta propuesta la sustento ya que como sujeto histórico pertenezco a una generación muy distinta a la que vivieron los hombres y mujeres en la pampa, en la década de los 20 del siglo anterior. Por ende, es posible recrear o modelar los escenarios conservando las experiencias esenciales de los acontecimientos, es decir ensamblando la memoria comunicativa y la memoria cultural, a través de la literatura y, posteriormente en la “puesta en escena”.
Es innegable que el teatro, por su carácter público, es decir, por el hecho de que se celebra delante de una asamblea de muchas personas, es un medio privilegiado para expresar y conservar memorias colectivas. Pero, también soy consciente que este teatro al recrear un acontecimiento histórico traumático puede manipular sentimentalmente al público, por lo tanto, en mi trabajo como escritor me esfuerzo por no presentar un hecho real en blanco y negro. Por el contrario, el discurso literario que ofrezco (en especial en mis posteriores creaciones) siempre tiene un tinte “gris” en el desarrollo de los temas y la construcción de los personajes. Posiblemente, esta postura se aproxime a la objetividad de los acontecimientos, puesto que la realidad está empapada de contradicciones y los sujetos actúan movidos por intereses sociales determinados. Es decir, no existe una realidad plana y esquemática donde se ven enfrentados “buenos” y “malos”; “justos” e “injustos”; “héroes” y “villanos”.
Con la creación de Coruña, la ira de los vientos, apuesto por el rescate, puesta en valor y difusión de contenidos asociados a hechos históricos y reales que ocurrieron en tiempos pretéritos, pero que aún perviven en la memoria colectiva, ya que han sido transmitidos por generación en generación entre los nortinos.
La tarea es narrar y escenificar historias para reconstruir el pasado y encontrar significado al presente que vivimos y al futuro que vendrá. Asimismo, en Coruña, como en las posteriores obras recurro a historias de personajes y hechos históricos no revelados para transformarlos en textos dramáticos. Son historias para ser leídas y representadas a través de un ritual, el del teatro.
Es necesario explicitar que para escribir generalmente obras de teatro adopto la misma postura que Kant denominó “sujeto trascendental”. En otras palabras, ausculto la realidad, luego, construyo y estructuro las creaciones desde mi mundo subjetivo, unido siempre a la historicidad de una cultura determinada. Es en otros términos, invento las historias a partir mi discurso interno, sin dejar de lado mi realidad cultural. Lógicamente, que el inventar historias no es sólo para mí un ejercicio literario, sino también un instrumento con el que pretendo coadyuvar al cambio de la realidad objetiva. Exactamente, Mario Benedetti, en su obra “Pedro y el capitán” (1979), propone: “Recuperar la objetividad como una de las formas para recuperar la verdad”. No obstante, como el teatro no es ciencia, tengo que pensar que mi observación sobre la realidad se ve influenciada eventualmente por mis intereses y pasiones.
Tal vez, una manera de sobrevivir en este mundo globalizado que nos anula nuestra identidad local, es contar historias que se vinculen con nuestra realidad social, con nuestra historia y con nuestra propia identidad.
– El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior y Dramaturgo
SITIOS WEB:
http://teatrodelamemoria.fullblog.com.ar/
http://www.wix.com/iverapin/teatromemoria
http://educacion-arte-cultura.bligoo.cl/frontpage
http://teatro-expresion.webnode.cl/
[1] Veáse “Juan Mayorga y el teatro de la memoria”
[2] Ver Los clichés de la memoria. Tadeusz Kantor







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