El Frente Amplio y el fracaso del Wekismo en Chile: la continuidad del neoliberalismo y la impunidad de la transición
por Alfonso Ossandón Antiquera (Chile)
2 años atrás 7 min lectura
14 de febrero de 2025
Chile se encuentra atrapado en una paradoja creciente: la izquierda, que alguna vez se posicionó como la fuerza revolucionaria contra un sistema desigual, ha terminado siendo la administradora del mismo modelo capitalista que criticaba. El Frente Amplio, con Gabriel Boric a la cabeza, ha heredado el modelo concertacionista y lo ha perfeccionado, perpetuando la desigualdad estructural bajo un discurso de progreso que enmascara su continuidad con el neoliberalismo. Este fenómeno, conocido como el «wekismo», refleja un neoliberalismo con un rostro amigable, que engaña con promesas de justicia social mientras mantiene intacto el sistema económico heredado de la dictadura.
Para entender cómo el Frente Amplio y la izquierda chilena llegaron a este punto, es necesario considerar el contexto de la dictadura de Pinochet, cuando actores internacionales, especialmente de Estados Unidos y Europa, desempeñaron un papel crucial en la configuración del destino político y económico del país. La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la National Endowment for Democracy (NED) fueron herramientas clave utilizadas por el gobierno estadounidense para asegurar que las estructuras de poder económico no se alteraran radicalmente durante la transición.
USAID, bajo la fachada de la ayuda humanitaria y el desarrollo, fue fundamental en la construcción de una «democracia de mercado» en Chile, financiando proyectos en áreas como educación, salud e infraestructura, con el objetivo de mantener la estabilidad del modelo neoliberal. Aunque promovía la justicia social de manera superficial, su propósito real era asegurar que el modelo económico impuesto por los Chicago Boys se preservara bajo la democracia.
Por su parte, la NED jugó un papel esencial en la promoción de la «democracia» en América Latina, financiando a organizaciones y partidos políticos que a menudo se alineaban con los intereses de los sectores conservadores y neoliberales. En Chile, apoyó a partidos de centro-derecha y organizaciones de la sociedad civil comprometidos con la preservación del modelo económico de Pinochet, mientras se difundía una narrativa democrática que ocultaba las profundas desigualdades del sistema.
Además,
las fundaciones alemanas vinculadas al socialismo democrático y la democracia cristiana, como la Fundación Konrad Adenauer (KAS) y la Fundación Friedrich Ebert, jugaron un papel clave en Chile a través de políticas de cooperación y proyectos de fortalecimiento institucional. Estas fundaciones, cercanas a los partidos socialdemócratas y democráticos cristianos de Europa, ayudaron a cimentar el neoliberalismo en América Latina, presentándose como actores clave en la consolidación democrática, pero brindando apoyo a sectores que defendían la estabilidad del modelo económico capitalista.
El «wekismo» ha funcionado como una máscara para la perpetuación del neoliberalismo. En lugar de desmantelar las estructuras económicas que favorecen a una élite, el Frente Amplio ha optado por administrar y maquillar el sistema con un discurso progresista. Este fenómeno no es exclusivo de Chile, sino parte de una tendencia global en la que la izquierda socialdemócrata y los partidos de centro han encontrado una forma de sobrevivir dentro de un sistema económico que previamente criticaban, pero que ahora han abrazado bajo una apariencia de cambio superficial.
Lejos de transformar Chile, el Frente Amplio ha optado por una vía de moderación política que, en la práctica, ha dado continuidad al sistema que tanto prometió destruir. La reforma al sistema de pensiones, el modelo de salud y educación privatizados, y la concentración de poder económico en manos de las mismas corporaciones que han controlado el país durante décadas son señales claras de que lo que ha ocurrido es una transformación superficial, sin cambios estructurales, que mantiene el modelo neoliberal intacto.
El pacto de la transición a la democracia, que supuestamente buscaba dejar atrás la dictadura de Pinochet, ha dejado una profunda herida en la historia de Chile. Este acuerdo dejó a muchos de los actores de la resistencia armada, como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), aún encarcelados, mientras que el gobierno de Patricio Aylwin, ya en periodo «democrático», creó La Oficina, un órgano de inteligencia y reclutamiento de agentes provenientes de la ex Central Nacional de Informaciones (CNI) y las Fuerzas Armadas mediante comando conjuntos con Carabineros y PDI. La Oficina fue responsable de perseguir, torturar y en algunos casos aniquilar a excombatientes y militantes de izquierda que continuaban siendo considerados enemigos del régimen, sin que hasta el día de hoy se hayan abierto procesos judiciales por esos crímenes ocurridos después de la salida de Pinochet de La Moneda. El Estado chileno, bajo el amparo de los pactos de la transición, ha sido cómplice de la impunidad, en especial El Poder Judicial, protegiendo a quienes cometieron violaciones a los derechos humanos durante este período.
Este tipo de clientelismo permite a los sectores más poderosos mantener el control, mientras que, en nombre de la justicia social, se ofrece a los sectores populares pequeñas migajas que no alteran el equilibrio de poder. Así, el clientelismo se convierte en una herramienta de control que permite que la élite siga gobernando sin necesidad de cambios estructurales.
Mientras la izquierda progresista queda atrapada en sus contradicciones, nuevas fuerzas de derecha, tanto en América Latina como en el resto del mundo, desafían el modelo. Figuras como Donald Trump en Estados Unidos y empresarios como Elon Musk están tomando las riendas del sistema capitalista en su forma más pura y radical. El modelo clientelar sostenido durante décadas por actores como USAID y la NED ahora se enfrenta a un desafío más directo, ya que la concentración de poder se desplaza hacia grandes corporaciones tecnológicas y los intereses económicos globales.
Este cambio global también se ve reflejado en la llegada de nuevos líderes de derecha, como Javier Milei en Argentina, que ya ha implementado lo que algunos describen como la «motosierra» a nivel económico. Este enfoque radical de reducción del gasto público y privatización generalizada está encontrando ecos en otros países, lo que genera una incertidumbre aún mayor en el escenario internacional. La política de Trump, con su estilo agresivo y su claro desprecio por el «Estado de bienestar», ha dejado una marca indeleble sobre la política global, y este modelo de capitalismo extremo podría desafiar aún más la supervivencia de modelos como el «wekismo». En lugar de una alternancia democrática, el modelo neoliberal puro está cobrando fuerza, lo que podría llevar a una crisis aún mayor para los países que no logren adaptarse o resistir estos nuevos vientos de derecha.
El ascenso de estas nuevas derechas, que promueven un capitalismo sin restricciones, está poniendo en crisis las políticas tradicionales de intervención que la Internacional Socialista, las fundaciones alemanas y las ONGs satélites promovían en América Latina. El papel de estas instituciones en la región ha sido cada vez más cuestionado, especialmente a medida que la narrativa de democracia y derechos humanos bajo la cual operaban se va desmoronando.
El fracaso del Frente Amplio en Chile refleja la decadencia de un modelo de izquierda que ya no tiene la capacidad ni la voluntad de desafiar las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad. El wekismo ha fracasado porque no ha transformado el sistema, sino que lo ha perfeccionado. La democracia de mercado promovida por USAID y la NED, junto con la retórica de progreso de las fundaciones alemanas, han creado un sistema que, bajo la fachada de justicia social, mantiene intacta la estructura económica.
Lo que estamos presenciando no es una lucha entre izquierda y derecha, sino una lucha por el control del poder en un contexto global en el que las viejas formas de intervención política están siendo reemplazadas por nuevas alianzas económicas, tecnológicas y políticas. El fracaso del wekismo es el fracaso de un modelo que ya no convence ni a sus propios votantes y que, al final, solo sirve para perpetuar las mismas injusticias que decía querer erradicar.
*Fuente: Facebook
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