Hoy sentimos la urgencia de establecer con la Tierra una paz perpetua. Hace siglos que estamos en guerra contra ella. Nos hemos enfrentado a ella de mil maneras intentando dominar sus fuerzas y aprovechar al máximo sus servicios. Hemos conseguido victorias, pero a un precio tan alto, que parece que ahora la Tierra quiere volverse contra nosotros. No tenemos ninguna posibilidad de salir ganando. Por el contrario, las señales nos dicen que tenemos que cambiar; si no, ella podrá continuar bajo la benéfica luz de sol, pero sin nuestra presencia.
Es tiempo de que hagamos balance y nos preguntemos cuándo comenzó nuestro error. La mayoría de los analistas dicen que todo comenzó hace casi diez mil años con la revolución del neolítico, cuando los seres humanos se volvieron sedentarios, proyectaron casas y ciudades, inventaron la agricultura, empezaron a irrigar y a domesticar los animales. Esto les permitió salir de aquella situación de penuria en la que, día tras día, debían garantizar la alimentación mediante la caza y la recolección de frutos. Ahora, con la nueva forma de producción se creó el almacenamiento de alimentos, que hizo posible montar ejércitos, hacer guerras y crear imperios. Pero se desarticuló la relación de equilibrio entre naturaleza y ser humano. Comenzó el proceso de conquista del planeta que ha culminado en nuestro tiempo con la tecnificación y artificialización de prácticamente todas nuestras relaciones con el medio ambiente.
Sin embargo, creo que ese proceso comenzó mucho antes, en el seno mismo de la antropogénesis. Desde sus albores, cabe distinguir tres etapas en la relación del ser humano con la naturaleza. La primera era de interacción: el ser humano interactuaba con el medio, sin interferir en él, aprovechando todo lo que él abundantemente le ofrecía. Entre ambos prevalecía un gran equilibrio. La segunda etapa fue de intervención: corresponde a la época en que surgió hace casi 2,4 millones de años el homo habilis. Este antepasado nuestro comenzó a intervenir en la naturaleza al usar instrumentos rudimentarios como un palo o una piedra para defenderse mejor y enseñorearse de las cosas que le rodeaban. Se inicia la ruptura del equilibrio original. El ser humano se sitúa por encima de la naturaleza. Este proceso se va haciendo más complejo hasta que surge la tercera etapa: la de agresión: Coincide con la revolución del neo-lítico a la que nos hemos referido. Aquí se abre un camino de gran aceleración en la conquista de la naturaleza. Tras la revolución del neolítico se han sucedido varias revoluciones más: la industrial, la nuclear, la biotecnológica, la de la informática, la de la automatización y la de la nanotecnología. Los instrumentos de agresión se sofistican cada vez más, hasta penetrar en las partículas subatómicas (topquarks, hadrones) y en el código genético de los seres vivos.
En todo este proceso se ha operado un profundo desplazamiento de la relación. El ser humano, de estar insertado en la naturaleza como parte de ella, se ha transformado en un ser fuera y por encima de la naturaleza. Su propósito es dominarla y tratarla -en expresión de Francis Bacon, el formulador del método científico- como el inquisidor trata a su víctima, torturándola hasta que entregue todos sus secretos. Este método impera ampliamente en las universidades y los laboratorios.
Pero la Tierra es un planeta pequeño, viejo y con recursos limitados. Ya no consigue autorregularse ella sola. El estrés puede generalizarse y asumir formas catastróficas. Tenemos que reconocer nuestro error: habernos alejado de ella, olvidándonos de que somos Tierra, de que ella es el único hogar que tenemos y que nuestra misión es cuidarla. Debemos hacerlo con la tecnología que hemos desarrollado pero asimilada dentro de un paradigma de sinergia y de benevolencia, base de la paz perpetua, tan soñada por Kant.
2008-10-17
* Fuente: Servicios Koinonia
Nota de la Redacción de piensaChile: Si le interesa el tema, le recomendamos leer otra visión sobre el tema
El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre
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