Los nuevos postulantes a la DINA de Kast
por Carel Fleming (desde Washington D.C.)
1 mes atrás 6 min lectura
14/02/2026 – 06:00
Hay uniformados en retiro y en servicio que comentan y sienten que por fin llegó su momento. Se perciben reivindicados. Creen que el péndulo de la historia vuelve a su favor y que esta vez nadie los cuestionará. Se juntan en cafés para crear lo que ellos llaman un servicio de inteligencia anexo, listas negras de opositores y diseño de operaciones para “salir a las calles a buscar octubristas”. Ya no hablan de ganar debates, sino de “aplastar enemigos”. Esa sensación de protección política es un combustible peligroso para Kast.
Las amenazas comenzaron antes que el gobierno. No son rumores aislados ni comentarios marginales en redes sociales. Son listas, nombres propios, periodistas y políticos señalados como objetivos, mensajes que hablan de balas, de cárceles, de “limpieza”. Si el clima previo es este, qué ocurrirá cuando el poder formal y el fervor militante se encuentren bajo un mismo techo.
El lenguaje es revelador. Hablan de disparos en protestas, de golpizas ejemplificadoras, de encerrar a quienes marchen. No se trata de orden público; se trata de castigo. No es seguridad; es escarmiento. En su retórica, el opositor deja de ser adversario y pasa a ser traidor.
El tono ya no es solo duro; es abiertamente vengativo. En ciertos círculos que orbitan el nuevo poder se habla de revancha histórica, y de cuentas pendientes. La palabra “orden” empieza a confundirse con “castigo”.
Hay uniformados en retiro y en servicio que comentan y sienten que por fin llegó su momento. Se perciben reivindicados. Creen que el péndulo de la historia vuelve a su favor y que esta vez nadie los cuestionará. Se juntan en cafés para crear lo que ellos llaman un servicio de inteligencia anexo, listas negras de opositores y diseño de operaciones para “salir a las calles a buscar octubristas”. Ya no hablan de ganar debates, sino de “aplastar enemigos”. Esa sensación de protección política es un combustible peligroso para Kast.
El lenguaje es revelador. Hablan de disparos en protestas, de golpizas ejemplificadoras, de encerrar a quienes marchen. No se trata de orden público; se trata de castigo. No es seguridad; es escarmiento. En su retórica, el opositor deja de ser adversario y pasa a ser traidor.
Los Carabineros saben que el apoyo de los seguidores de Kast es incondicional. Si los descubren en robos, ventas de armas, abusos, extorsiones, secuestros, asaltos y tráfico de drogas, los tildan de casos aislados. Y el que dispara a manifestantes termina como político, haciendo libros, profesor en la escuela de formación policial e invitados a podcasts y entrevistas en televisión como víctimas de persecuciones políticas. Estás licencias y motivaciones son peligrosas en una democracia.
En foros y conversaciones cerradas reaparece una admiración inquietante por los años más oscuros del país. Se relativizan asesinatos, se romantiza la brutalidad, se habla de la DINA como si hubiese sido una herramienta necesaria y no una maquinaria de terror. No es nostalgia inocente; es una peligrosa señal.
El problema para Kast no será solamente la oposición tradicional. Serán sus aduladores y su congregación ortodoxa que lo rodea. Una suerte de religión donde si el presidente no es duro será visto como debilidad y cualquier gesto democrático se verá como una traición. Gobernar bajo esa presión puede transformarse en una trampa, ya que no es solo lo que el presidente quiera hacer. Es lo que sus seguidores creen que tienen permiso de hacer.
Kast podría intentar marcar distancia de los discursos más extremos. Pero las redes no olvidan y las bases no perdonan. Quienes hoy piden balas y castigos no aceptarán fácilmente un llamado a la moderación. El presidente electo, más allá de su voluntad, quedará atrapado entre gobernar un país plural o satisfacer a quienes exigen mano dura sin límites y sangre estudiantil como símbolo de restauración. Jóvenes convertidos en chivos expiatorios de un trauma colectivo no resuelto. Cuando se normaliza ese discurso, el país retrocede décadas en segundos.
La expulsión masiva de inmigrantes, la cárcel como destino automático para el disenso, la muerte como solución final en la Araucanía. Son consignas que circulan con sorprendente naturalidad en ciertos círculos digitales y presenciales. No son políticas públicas; son fantasías punitivas.
El desafío institucional será enorme. Carabineros y Fuerzas Armadas deberán resistir la tentación —o la presión— de actuar como instrumentos ideológicos. El Estado no puede convertirse en brazo ejecutor de una fe política. El uniforme no puede inclinarse ante una consigna partidaria.
La presión será constante. Cada protesta será vista por estos sectores como una provocación que debe ser sofocada con fuerza. Cada reportaje crítico como una conspiración que merece represalias. Cada voz mapuche o migrante como amenaza existencial.
El riesgo no es solo la violencia física. Es la instalación de una cultura del miedo y la intimidación. Periodistas que se autocensuran. Académicos que prefieren callar. Dirigentes sociales que serán seguidos y “levantados” en nombre del orden y políticos que moderarán su discurso por temor a convertirse en el próximo nombre en una lista.
Chile ha vivido suficientes fracturas como para entender el precio del extremismo. Las señales son inquietantes. Cuando el fervor exige sangre y silencio, la democracia siempre entra en zona de riesgo. El verdadero liderazgo no se medirá por la fuerza que despliegue, sino por la violencia que logre contener —incluso cuando provenga de los propios.
Los postulantes a la DINA de Kast, buscan que la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) sea más política que técnica, más operativa que analítica. Si es así, el riesgo de persecución selectiva aumenta. La inteligencia, cuando pierde neutralidad, deja de proteger al Estado y comienza a proteger a un proyecto.
El azuzar a las fuerzas armadas y policiales a que salgan a las calles con licencia para matar y decirles que cuentan con el apoyo de Kast es ser ingenuo. Hace 52 años ya se hizo y, en los juicios de los militares acusados, todos declaraban en contra de sus superiores y los jerarcas en contra de sus subalternos. En tribunales no hay lealtades ni valentías.
Así quedó claro en el careo entre Augusto Pinochet y Manuel Contreras, el 18 de noviembre de 2005, en que ambos se culparon, según lo relata el periodista, Rodrigo Cid Santos, en su reciente libro El Horror Enmascarado – la doble vida de los agentes de la DINA.
Pinochet respondía repetidamente, al interrogatorio del ministro Víctor Montiglio Rezzio, con un “no me acuerdo”. Pero su cobardía y mentiras quedaron plasmadas en el expediente cuando se le preguntó a Contreras quién era el jefe y responsable de la DINA, y éste señaló que era Pinochet, a lo que el dictador respondió: “no me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto y, si fuese cierto, no me acuerdo”.
Una cosa es el discurso en campaña de un candidato presidencial prometiendo respaldo a los Carabineros y militares y otra es ser citado a declarar por un crimen. Ahí se acaban las lealtades, respetos y principios, tal como ocurrió en el caso del comandante de Carabineros, Claudio Crespo que en su testimonio culpaba a sus colegas de los hechos y sus superiores lo señalaron a él.
Los rabiosos postulantes a la nueva Dina de Kast tienen que entender que otra cosa es con guitarra y más aún si van a cantar en tribunales. Además, con las promesas de construir más cárceles habrá sin duda espacio para otro Punta Peuco.
*Fuente: Interferencia
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