Noches alegres, mañanas tristes
por Rodrigo Herrera Castro (Chile)
3 semanas atrás 5 min lectura
30 de diciembre de 2025
El despertar de esta borrachera de la ultraderecha puede ser un golpe seco contra el pavimento de un país que no necesita ni mesías ni nuevos borrachos, solo pide servidores públicos a la altura de su tiempo.

La política chilena está atrapada en un run-run de euforias desmedidas y resacas duras. Lo que el país presenció en Nochebuena con el diputado Cristián Labbé transmitiendo en vivo en un estado de aparente embriaguez, no es solo un bochorno personal o una anécdota de redes sociales. Es la puesta en escena de una «borrachera de éxito» que está nublando el juicio de la ultraderecha chilena tras el triunfo de José Antonio Kast.
El problema no es solo el alcohol en la sangre de un legislador, sino la embriaguez de poder de un sector que, nuevamente, confunde un respaldo circunstancial con un cheque en blanco ideológico.
Chile parece condenado a repetir sus errores por falta de memoria. Es imposible no trazar un paralelo entre la actitud actual y lo que ocurrió tras el plebiscito de salida del 4 de septiembre de 2022. El 62% que rechazó la propuesta de la Convención Constitucional fue interpretado erróneamente por las derechas como una adhesión irrestricta a sus valores más conservadores.
Creyeron, en un paroxismo de arrogancia, que ellos eran los «dueños» de esa mayoría. No quisieron entender que esa victoria fue una filiación puramente circunstancial y no una conversión ideológica del electorado.
Esa ceguera fue la que los condujo a naufragar estrepitosamente en el segundo intento constitucional, donde terminan redactando un texto más fracasado que el primero. Claro, ¡mucho más fracasado! Es imperdonable que la derecha, ya habiendo observado los yerros del adversario en el primer proceso, no tomaron nota alguna de sus errores y se solo se dedicaron a descorchar espumante.
Hoy, con la victoria de Kast fresca, la historia es la misma. La figura de Labbé balbuceante y desinhibido en la pantalla es la Red Flag más alta: Una parte de los seguidores de JAK no entienden ni están preparados para el paso republicano que viene. La gobernanza, para ellos, no es la administración compleja de un Estado diverso, sino un ejercicio infantil de vendetta. Una herramienta de revancha contra el que piensa distinto insostenible en el tiempo.
Este sector político ha cimentado su ascenso sobre una mesa de tres patas: la antinmigración, el combate a la delincuencia y la narrativa de un país «que se cae a pedazos». Son banderas de combate efectivas para ganar elecciones, pero tienen una fecha de caducidad implacable: el momento en que Kast y su sector deban hacerse cargo de los problemas.
La retórica del apocalipsis funciona mientras se es oposición; en el gobierno, el «caos» pasa a ser responsabilidad propia. Cuando la realidad les exija soluciones técnicas, diplomacia y gestión de crisis, los eslóganes de campaña se disolverán como el hielo en la piscola del diputado.
Cristián Labbé, además, nos sitúa frente al dilema de la tolerancia de Karl Popper. Popper nos advierte que, si extendemos una tolerancia ilimitada incluso a los que son intolerantes, y si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la fiebre de los intolerantes, entonces los tolerantes serán destruidos y la tolerancia se irá con ellos. Cuando un legislador utiliza su plataforma para normalizar el exceso y degradar su investidura, está erosionando las bases mismas de la democracia.
Los invitados a la mesa de la borrachera celebran que el electorado chileno se ha vuelto «kastista» de la noche a la mañana, ignorando que el voto en Chile hoy es volátil, pragmático y, sobre todo, impaciente. La noche del triunfo es siempre dulce y se juega a alargarla. Pero la política, al igual que la vida, tiene amaneceres. Y las mañanas de la ultraderecha chilena se vislumbran torrentosas si persisten en este carril.
El comportamiento del diputado es también síntoma de otro error: la convicción de que el poder es un botín de guerra. Esta visión pequeña de la política, donde el Estado es una plataforma para la venganza personal, es lo que finalmente destruye a los sistemas y desconecta de la política a la ciudadanía.
Hoy es Labbé el rostro de esa desconexión. Representa a una parte del país que siente que ya ganó la batalla cuando ni siquiera ha empezado a gobernar. El país necesita seriedad, no espectáculos de taberna disfrazados de especiales de navidad.
Punto aparte la imprudencia de utilizar esas formas y ese lenguaje soez delante de su hija adolescente. Nadie que esté a cargo de personas en formación podrá concluir que lo de Labbé sea un ejemplo edificante. Da pena por la niña en verdad.
Tristemente, al final del día, la realidad siempre es implacable. El alcohol se evapora, el streaming se acaba, los amigos se van y lo que queda es la cruda luz del día llano. Mientras más grande es la celebración desmedida, las mañanas son más tristes.
El despertar de esta borrachera de la ultraderecha puede ser un golpe seco contra el pavimento de un país que no necesita ni mesías ni nuevos borrachos, solo pide servidores públicos a la altura de su tiempo.
El hijo del coronel es la señal de ruta equivocada, el disco pare abollado, el semáforo titilante, la bocina del tren antes del impacto, el vaso roto en la barra del bar que hace girar la mirada de los parroquianos
Si esa es la manera de vivir su noche de paz ¿Qué podemos esperar del año nuevo?
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