El crecimiento ciego olvidó el desarrollo
por Roberto Pizarro Hofer (Chile)
1 año atrás 6 min lectura
03 de junio de 2025
Artículo publicado originalmente el 31 mayo, 2025
Se requiere un sector público promotor de transformaciones, con una política económica orientadora de los mercados y no disciplinada por los mercados. Si queremos que se haga realidad el desarrollo, no hay más alternativa que provocar un giro de 180 grados en el camino económico.
En Chile, el abandono del desarrollo y su reemplazo por un crecimiento ciego ha cerrado las puertas a la diversificación productiva; tampoco ha favorecido la calidad del sistema educativo ni la inversión en ciencia y tecnología. Hoy es inocultable que ese crecimiento sin dirección, con un Estado pasivo, se encuentra agotado y ha culminado en una elevada concentración de la riqueza, con manifiestas desigualdades sociales y regionales.
Vivimos un cambio de época. La geopolítica y la globalización comercial excluyente se encuentran en crisis. Hoy día estamos en condiciones de superar las ideas neoliberales y las políticas económicas que se impusieron en el país en las últimas décadas.
Una nueva estrategia de desarrollo para Chile es imperiosa. Es la que puede liberar al Estado de las restricciones que le impiden dirigir los recursos en una dirección distinta a como lo ha hecho el mercado hasta ahora.
En efecto, durante los últimos cuarenta años la política económica se ha concentrado estrictamente en la expansión de la producción y en la estabilidad de los precios, olvidando la distribución de los ingresos y de la riqueza. Así las cosas, un crecimiento ciego ha orientado los recursos hacia extractivismo, olvidando el desarrollo industrial.
Para recuperar el crecimiento económico y convertirlo en desarrollo se requiere que el Estado dé dirección a la economía, con una política económica que termine con la neutralidad y oriente los recursos hacia nuevos sectores productivos, capaces de construir una industria moderna en el país.
Al mismo tiempo, ello exigirá redefinir nuestra inserción en la economía mundial. Esto significa que la apertura comercial al mundo, ya sea unilateral o negociada con otros países, no deje al capital extranjero a su arbitrio sino que lo oriente hacia los sectores de transformación productiva, priorizados por la estrategia. Esto es factible hoy día, como consecuencia del despliegue proteccionista y la arbitrariedad que ha impuesto Trump en las reglas comerciales internacionales.
Ejes de una nueva estrategia de desarrollo
Primero: se requiere de una nueva estrategia de desarrollo que debe fundarse en una base material industrial, en una industria moderna, capaz de generar cadenas productivas que generen productos de mayor valor agregado, con predominio de la innovación y de las nuevas tecnologías.
Esa estructura industrial debiera incorporar a las regiones, a grandes y medianas empresas y a las empresas extranjeras.
Al mismo tiempo, la política comercial externa deberá servir como apoyo a la industria moderna, orientando el capital extranjero a actividades productivas de transformación y servicios avanzados. Y, ciertamente, ante la incertidumbre externa, será necesario diversificar las relaciones económicas internacionales y realizar esfuerzos por fortalecer la cooperación económica y política con América Latina.
La prioridad de la industria moderna en la estrategia de desarrollo exige un Estado que coloque en el centro de su actividad a los nuevos sectores productivos, promueva sus capacidades y competitividad.
Para que los recursos se orienten hacia esas nuevas actividades de transformación, la política económica deberá favorecerlas con incentivos impositivos e incluso con subsidios. Habrá que hacer diferenciaciones dentro del sistema impositivo, manteniendo las cargas tributarias a las empresas extractivas y con cargas más reducidas a la industria moderna. Y en casos excepcionales aplicar subsidios si es necesario.
Segundo: la estrategia de desarrollo requiere impulsar un sistema educativo que nos acerque a la sociedad del conocimiento y a sus nuevas tecnologías. Desde luego es preciso elevar la calidad de la educación básica, cuya pobreza es preocupante; pero habrá que realizar excepcionales esfuerzos en la educación técnica, para capacitar a futuros trabajadores y favorecer la formación de científicos e ingenieros.
Tercero: habrá que abrir camino a una verdadera política de financiamiento para el desarrollo, muy escasa en el presente. Una banca de desarrollo resulta indispensable para apoyar las nuevas industrias y muy especialmente las pymes ligadas a esas industrias. Para ello habrá que recuperar el BancoEstado como banca del desarrollo, con políticas crediticias que sean un estímulo real al emprendimiento.
Los bancos privados debieran vincularse a la estrategia nacional de desarrollo. Para tal efecto, las autoridades de Hacienda debieran dar lineamientos generales de política, para complementar las políticas que debiera impulsar el BancoEstado, como parte de un acuerdo nacional para el desarrollo industrial.
Cuarto: se requiere aumentar sustancialmente la inversión en ciencia, tecnología e innovación, para alcanzar en breve un 2% del gasto sobre PIB. Esta es condición indispensable para que la inteligencia y la tecnología de última generación se incorporen a la transformación de los procesos productivos y agreguen el valor indispensable para diversificar la producción de bienes y servicios.
Quinto: la política energética debe servir como motor del desarrollo económico nacional. Hoy día el litio, el cobre y el hidrógeno verde son componentes fundamentales de las nuevas tecnologías: aparatos electrónicos, vehículos con electromovilidad, etc.
Las condiciones favorables ya están presentes en el país, gracias a que contamos en abundancia con litio, hidrógeno verde, cobre y energía solar y eólica. Pero se requiere que esos recursos se incorporen más plenamente al desarrollo industrial y no solo se exporten como materias primas: que la sal de litio se transforme en cátodos y baterías; que el hidrógeno verde aporte a la producción de amoníaco y fertilizantes, que ayude a la recuperación de la producción de acero y al desarrollo de productos químicos industriales.
Sexto: la estrategia debe favorecer un crecimiento incluyente y ecológicamente sustentable. Se deben cumplir las metas ambientales del Acuerdo de París y potenciar la sustitución de energías fósiles, para favorecer la preservación de nuestra biodiversidad, bosques y aguas.
En suma, una nueva estrategia de desarrollo es el camino para recuperar el crecimiento y la productividad perdida. Para ello es ineludible impulsar una industria moderna, que incorpore conocimiento a los bienes y servicios, ofrecer empleos de calidad y disminuir los desequilibrios sociales y territoriales. Para lograrlo el Estado subsidiario no sirve.
Se requiere un sector público promotor de transformaciones, con una política económica orientadora de los mercados y no disciplinada por los mercados. Si queremos que se haga realidad el desarrollo, no hay más alternativa que provocar un giro de 180 grados en el camino económico que ha seguido el país hasta ahora.
– El autor, Roberto Pizarro Hofer, es economista, exdecano de la Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile.
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