Nota del editor: Ganador del Premio Marta Brunet por la novela Allegados (2017) y profesor del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello. Su nueva novela que será publicada próximamente se llama “Casa Propia”.
Leo los titulares de matutinos chilenos con la noticia de que a excancilleres les preocupa la imagen país después de la cancelación del Apec, donde se anticipaba acabar la guerra comercial entre EEUU y China, y la Cop25, con Chile liderando la lucha ambiental.
A esta élite política parece preocuparle un espejismo fabricado solo para el exterior y lejos de la realidad. Este no es un oasis en Latinoamérica, solo hablamos de un excelente slogan publicitario que se está cayendo a pedazos frente a nuestros ojos desde hace 14 días: desde que comenzó el feroz estallido social de un país OCDE, en vías de desarrollo y con cifras envidiables para cualquier vecino de la región: casi 25 mil dólares per cápita, crecimiento constante en las últimas décadas y una postal que ha sido imán para inmigrantes con tal alcanzar el sueño chileno.
Pero no hay tal sueño chileno. There is no Chilean dream. ¿Lo entienden o lo digo en ruso? Esto es y ha sido más una pesadilla para una gran mayoría desde que los Chicago Boys* instauraron a la fuerza en los años 70 su feroz modelo de capitalismo salvaje y privatizaron nuestros derechos. Un estado de las cosas que la democracia solo siguió aplicando con escasísimas correcciones hacia las necesidades sociales.
Mi origen es de la pobreza extrema. Mi madre, una madre anciana, fue soltera. No se casó, ergo, soy huacho, no tengo padre. Hace unos años, el actual ministro de Justicia defendía a brazo partido la legislación que me dejaba a mí y a todos los hijos ilegítimos sin los mismos derechos que un hijo nacido dentro del matrimonio. Esos mismos ministros que ahora son parte de un gobierno que dice que ha escuchado el mensaje de las manifestaciones, defendían públicamente y sin vergüenza la desigualdad.
Con mi madre enferma vivimos 20 años de allegados, es decir, de casa en casa, de techo en techo. ¡20 años sin casa propia! Repito: mi origen es de la pobreza extrema y tuve que endeudarme con el llamado crédito fiscal de mi tiempo para pagar mi educación universitaria en una institución pública como la de la Universidad Chile.
El multimillonario Sebastián Piñera pudo estudiar gratis en la universidad en el Chile de su tiempo. En el país que destruyó el golpe de Pinochet en 1973 y en el país que gente como su hermano José Piñera (inventor de las cuestionadas Administradoras de Fondos de Pensiones) ayudó a levantar para la conveniencia de los grupos económicos mas no de la población, yo terminé de pagar mi educación recién a los 43 años. Estoy endeudado para pagar un departamento y acabo de pagar con mucho esfuerzo, como todos los chilenos, las contribuciones de este año. Persigo mis deudas para aniquilaras con ansiedad, mientras que Sebastián Piñera no ha dado ni una disculpa pública por adeudar 30 años de contribuciones tributarias. ¡30 años!
Para qué hablo de mi pensión. No pienso en ella porque soy realista. Como están las cosas, no hay futuro en Chile para los viejos: la tasa de suicidios más alta se encuentra en el rango de los adultos mayores. Con un promedio de 256 mil pesos (US$ 344) mensuales de jubilaciones, no se puede vivir, solo morir lentamente.
Este cruel modelo le da privilegios casi monárquicos solo al 1% de la población, un grupo de millonarios y de súper millonarios (once de ellos en la lista Forbes) que se convirtió en dueño de casi el 30% de nuestra riqueza. El resto, la gran mayoría, vive con sueldos míseros del tercer mundo con un costo de vida europeo. Por eso bastaron solo 30 pesos en el alza, una nueva alza del metro de Santiago, para trizar y romper el hechizo.
Chile despertó. Abrió los ojos enojado, hastiado de aguantar la corrupción de esta élite política, económica y militar: colusiones de privados, leyes dictadas desde las gerencias de las empresas, miles de millones de pesos en fraudes en el ejército y carabineros. Súmele décadas de maltrato, desactivación del tejido social y la construcción de un ethos individualista, explican el gran descontento, la rabia y la explosión de violencia.
¿Y cuál fue la respuesta de Piñera? Comer pizza en un restaurante pituco mientras Santiago ardía. Y luego, desesperado, sacar a los militares a las calles y hacer el mejor cosplay de la dictadura jamás organizada por un presidente en democracia. Las cifras de abusos de derechos humanos suben día a día y la brutal represión de carabineros cuenta estadísticas que incluyen ¡abusos sexuales! y que además consideran más de 100 personas con daños oculares producto del baleo de la policía. Inexplicable me resulta que usaran de blanco e hirieran con siete balines en su cuerpo a un observador del INDH (Instituto Nacional de Derechos Humanos).
No justifico los saqueos ni la destrucción de bienes públicos como el metro. Son actos de barbarie condenables. Solo trato de explicar la brutal violencia expresada en un escenario apocalíptico en el que estamos y donde la élite dice haber escuchado el mensaje que la ejemplar y pacífica marcha de un millón doscientas mil personas envió desde la calle: “no más abusos”, “no más privilegios”.
Ya hubo grandes protestas sociales estudiantiles en 2006 y 2011. El mensaje se está enviando desde hace rato. Pero este pequeño Versailles que nos gobierna y rige desde todos los pilares de la vida, este Versailles que dice que nos está escuchando, sigue sin escuchar. Para aplacar tres décadas de abusos no basta un discreto perdón presidencial, ni migajas económicas ni menos disfrutar una pizza sentado en la cumbre y con el infierno social ardiendo bajo sus pies. Mucho menos ayuda un cambio de gabinete improvisado: ¡El ministro del Interior entrante se eligió a último momento y durante la transmisión televisada!.
A los excancilleres y miembros de la élite les propongo esta otra imagen en vez de la imagen país. ¿Listos? Enfóquense en esto: Una anciana enferma y que trabajó toda su vida y que luego solo obtuvo una jubilación miserable, agonizando en el servicio de atención pública. Esta viejita es mi madre. Ella, detrás de su máscara de oxígeno, está llorando porque sabe que se va a morir y me va dejar solo en este Chile cruento y espartano que pertenece al 1%. No puede decírmelo con su voz. Apenas puede respirar. Me lo escribe temblorosa en un cuaderno verde con su último aliento.
“Cuídate hijito que nadie más te va a cuidar aquí”.
Eso pasó hace 20 años, yo era pobre y a pesar del paso del tiempo, constato tristemente que nada ha cambiado. Nada.
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