Texto del año 2019

“A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd.”
-Aló, compañero, te habla Clemente Astudillo…
-Hola, Flaco querido, ¿qué cuentas?; tanto tiempo…
-Necesito conversar contigo, en algún lugar con poco barullo. ¿Puede ser hoy, después de las seis de la tarde?
-Sí, Flaco, por supuesto. ¿Qué te parece en un reservado de Bar Amigo?
-Bien, ahí estaré, a las seis. Gracias.
Ya estaba sentado allí, Clemente Astudillo, cuando entré en el bar. La china Tchi me señaló la escalerilla de acceso a los reservados, con su amarillo e imperturbable ademán.
El Flaco estaba más flaco que nunca. Sus ojos, habitualmente opacos, parecían encendidos con desesperado fulgor.
-Me voy a morir, Rolando. Estoy jodido.
-Todos vamos a morirnos…
-No seas huevón. Ahórrate tu humor de payaso jubilado. Esto es desahucio…
-Bueno, tranquilo. No te alteres. Te escucho.
Clemente extrajo de su inseparable maletín negro unos documentos médicos que desplegó sobre la mesa, como quien refrenda, en la perdurable seguridad de la escritura, un aserto fatídico.
-Cáncer óseo, metástasis, seis meses, cuando mucho, me da el matasanos.
-¿Estás con dolores? ¿Precisas de calmantes muy caros? ¿Qué necesitas?
-Ese tipo de dolor no me preocupa. Tampoco vengo a pedirte ayuda monetaria; me las arreglo con mi pensión. Como sabes, no tengo cargas que alimentar ni perro que me ladre, lo que no deja de ser un consuelo, aunque sea postrero… Estela, mi hermanastra, se hará cargo de mis modestos enseres. En cuanto a mi biblioteca, la doné al Centro Cultural de La Cisterna.
-¿Y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, con ilustraciones de Gustave Doré?
-También, y sin necesidad de escrutinio. Me quedé solo con la Biblia de mi madre, porque lleva mi nombre escrito con su bella caligrafía.
-¿En qué puedo ayudarte? –le dije, poniendo mi mano derecha sobre su izquierda, la que retiró, como quien rechaza una súbita caricia.
-Mira, Rolando, uno de mis últimos trámites, dentro de las escasas previsiones en mi vida caótica, fue comprar un buen ataúd, porque si mi existencia flaqueó en dignidades, espero compensarlas con un entierro decente… Lo adquirí hace un año y medio, cuando comencé a sentirme mal. Me quedan por pagar seis cuotas de 33.333 pesos cada una. Es probable, si me atengo al diagnóstico y a la breve expectativa del médico, que a mi muerte haya dos o tres cuotas pendientes… Eso te pido: que entre tú, el Irlandés y Florencio Amenábar, se hagan cargo del posible saldo insoluto… Serían 11.111 pesos por nuca, multiplicados por dos o por tres, máximo; no es mucho, ¿verdad?
Ahora el Flaco puso su mano derecha sobre la mía diestra y me clavó una mirada llena de escalofrío.
-Cuenta con eso, Flaco, por mi parte; no creo que ellos dos se opongan.
Como la irrupción de un acuerdo tácito, en ese momento entraron al reservado Florencio y el Irlandés, a quienes Clemente había convocado, vía telefónica. Después de los abrazos de rigor, Florencio preguntó:
-¿Quieres cerveza o vino, Clemente?
-Tinto, como siempre jamás.
El 18 de septiembre de 2008 murió Clemente Astudillo. Fue un alivio que su deceso no ocurriera una semana antes, el día 11, para quienes habíamos compartido los avatares y anhelos de la célula, comunista y cisternina, Ho Chih Minh, junto a Percival Phillips, el poeta Hernán Miranda, Manolo Garrido y la querida Mona.
–El calendario tuvo la piedad que le faltó a su dios –dijo, sentencioso, el Irlandés.
Estela Astudillo me telefoneó esa misma tarde.
–El de mi hermano será un funeral estrictamente privado: él, ustedes tres y yo.
Le pregunté si había retirado ya el ataúd de Occisos Limitada.
–No, ¿qué ataúd?
–Cómo, no sabes que Clemente compró uno especial…
-Ni idea, pero no me interesa, porque voy a incinerarlo; la familia no tiene sepultura disponible, así que el sencillo cajón donde ya lo tengo será su último albergue y ulterior transporte. Y punto.
Convoqué de urgencia a Florencio y al Irlandés.
-¿Qué les parece el asunto? ¿Qué hacemos? ¿Igual retiraremos el ataúd?
-Ha sido esa la voluntad de Clemente y debemos cumplirla hasta las últimas consecuencias –dijo, solemne y rotundo, Florencio.
Quedaban dos cuotas por pagar, 66.666 pesos. Los reunimos en dos días y retiramos el ataúd de Occisos Limitada. Era bonito, macizo, de buena madera, quizá raulí, barnizado en color roble claro, el mismo tono de madera nueva que lucían los andeles de libros del Flaco Astudillo, con gruesas manillas de bronce, para que los compañeros de célula lo cargáramos, desde la parroquia del 27 hasta el cementerio. (El Flaco era un comunista católico, como muchos de sus camaradas chilotes).
Guardamos el fino catafalco, mientras tanto, en la bodega de la Tchi, con el compromiso de retirarlo una semana después, a más tardar.
-Qué día cae el Dieciocho Chico este año? –preguntó el Irlandés.
-El domingo 5 de octubre –respondió, solícito, Florencio.
-Haremos un asado, a mediodía, en el cerro Chena, como póstumo homenaje al querido compañero Clemente Astudillo –manifesté yo, -ratificando el acuerdo con un manotazo sobre la mesa. –Mientras estuvo en Chile, el Flaco nunca se perdió un Dieciocho Chico en el cerro Chena…
José Luis nos facilitó, el sábado 4, una de las camionetas de la empresa, para que acarreáramos la parrilla, las vituallas y los bebestibles. Nos obsequió, además, con una garrafa de pipeño de Quillón. Llegamos temprano al Chena. Hacía un lindo día soleado, con la inquietante brisa de la ahora aciaga primavera.
Dispusimos los adminículos, la mesa plegable, las bancas, la parrilla… Éramos tres y teníamos carne y trago para una docena de comensales. (Eso hubiese querido el Flaco, abundancia cárnea y alcohólica a destajo –pensé). Traíamos una radio casete para escuchar los boleros de Lucho Gatica, que encantaban a Clemente, sobre todo ese que dice: “Por alto está el cielo en el mundo /por hondo que sea el mar profundo /no habrá una barrera en el mundo /que mi amor profundo /no rompa por ti…”. (Es el que yo le cantaba cuando en Roma le abandonó su mujer, Helena).
-Mierda –exclamó, Florencio. –Se nos olvidó comprar carbón…
-Eso está resuelto – dije –con acento de triunfo, mientras descargaba dos sacos voluminosos desde el fondo de la camioneta.
-Sí, compañeros, vamos a hacerlo con leña… porque no hay carne más exquisita que la asada con las brasas de un buen ataúd.
*Fuente: Politika
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