Admirados viejos autores: vuestras páginas construyeron vidas
por Arturo Alejandro Muñoz (Chile)
7 años atrás 5 min lectura
- Un país sin memoria no tiene Historia…
un país sin Historia no tiene identidad…
un país sin identidad existe sólo como colonia

Pertenezco a una de las tantas generaciones hijas de los libros, los almanaques y el enciclopedismo, una de aquellas que podía gastar horas observando el globo terráqueo o un perfecto mapamundi imaginando culturas y aventuras acaecidas en territorios ignotos. Soy, por tanto, hijo de la educación clásica.
No tengo dudas respecto a que el tipo de lectura que has tenido en tu juventud y primera adultez marca también el tipo de democracia en la que crees. Mejor aún, esas lecturas podrían definir tu inclinación por la democracia o por otro tipo de sistema. Para corroborar en parte lo dicho, recuerda las lecturas favoritas de Adolf Hitler antes que estructurase el NSDAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes).
Quienes en nuestra juventud, leímos obras como “La hora 25” de Constantin Virgil Georghiu, o “La noche quedó atrás”, de Jan Valtin, sin dejar de mencionar a “Nuestro Hombre en La Habana”, de Graham Greene, “Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway, “El espía que regresó del frío”, de John Le Carré, “Doctor Zhivago”, de Boris Pasternack, “El americano feo”, de Eugene Burdick y William Lederer, y muchas otras que constituyen nuestra personal biblioteca, sentimos que una impronta indeleble comenzaba a tomar forma en nuestras conciencias.
Primeras lecturas ’serias’ de una juventud inserta en la guerra fría, que fueron acompañadas más tarde por otras maravillas literarias como aquellas pertenecientes al llamado “boom latinoamericano”: Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Ernesto Sábato, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, María Luisa Bombal, Juan Rulfo, Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Manuel Puig y –créalo, es cierto– contó también con la presencia de Enrique Lafourcade y su célebre ‘Palomita Blanca’.
Con estos autores –inmortales ya– aprendimos que un país sin memoria no tiene Historia… que un país sin Historia no tiene identidad… y que un país sin identidad existe sólo como colonia. También aprendimos, merced a sus líneas, que no se ama lo que no se conoce, aunque muchas veces tal conocimiento sea de manera indirecta a través de la literatura.
Imposible haber sido proclive al fascismo con esas lecturas. Alguien preguntará si en aquellas épocas era posible contrarrestarlas mediante el consumo de una literatura diferente. Sí, lo era. Pero, las líneas editoriales optaban por la publicación de obras como las mencionadas ‘sandías’ caladas, y no gastaban mucho empeño ni dinero en promover libros que fuesen contra la corriente de esos años… hasta que apareció en el horizonte político nacional un partido democristiano dispuesto a ganarlo todo, incluyendo lo escritural.
Hubimos de leer entonces –con agrado, lo reconozco– obras de la talla de “El Hombre y el Estado”, de Jacques Maritain, quien proponía una especie de humanismo cristiano que constituyó rápidamente la base teórica del partido democristiano chileno quien, a su vez, proponía una “tercera vía” para el desarrollo de las naciones , alejada del socialismo y del capitalismo.
Casi coetáneamente, desde la vereda socialdemócrata, llegó a nuestras ávidas manos de lectores “El desafío americano”, de Jean-Jacques Servan Schreiber, periodista y político francés conocido por su labor al frente del diario L’Express, periódico que fundó en 1953 y que destacó por su cercanía a la élite intelectual francesa, con Albert Camus, Jean-Paul Sartre y André Malraux. Su línea editorial y de opinión destacó por su cercanía a la izquierda y contraria al poder total del Estado. Era la social democracia al estilo escandinavo, recibida con los brazos abiertos por un amplio sector del partido Radical de la época.
La derecha, a su vez, se batía en franca desigualdad cultural con resúmenes y revistas, siendo tal vez las más destacadas aquellas que formaban parte de la colección de “Selecciones del Reader’s Digest”, o revistas como “Life”. Pero, novelas en serio, libros que podían ser considerados importantes… ninguno que yo recuerde. Washington optaba por la penetración cultural a través de las producciones fílmicas de Hollywood… y no le fue mal, como ya sabemos.
El ultrismo en política comenzó en la segunda mitad del gobierno de Frei Montalva (1964-1970), acentuándose a niveles mayores durante el gobierno de Salvador Allende. El MIR, la VOP, Patria y Libertad, Fiducia, Tizona, entre otros, fueron los movimientos que arrastraron también literatura propia, aunque mucha de ella más bien folletinesca y de propaganda burda y dura.
Luego vendría la quema de libros en las esquinas santiaguinas a manos de militares recibiendo órdenes de sus patrones megaempresarios. La hora del fascismo había llegado, y con ella se instaló en el país una larga noche oscura, un verdadero “bajón cultural” que todavía muestra sus efectos pese a que ya han pasado más de cuatro décadas desde entonces.
La vieja izquierda, derrotada y en el exilio, o en la silente clandestinidad, vio apagarse sus fuegos y deshilacharse sus banderas. Pronto, otros estandartes políticos –e incluso literarios– vendrían a tomar su lugar. Para la ‘nueva izquierda’ lo relevante era poner en acción la frase de Remigio, Obispo de Reims, al bautizar a Clovis, diciéndole: “Quema lo que has adorado, y adora lo que has quemado”. Y en eso estamos hoy día… pero, a los viejos tercios, a aquellos que provienen –como ya se dijo– de la educación clásica, de los graneros bibliográficos, de la lectura empecinada, rotunda y enriquecedora, no los han convencido. Y será tarde para seguir intentándolo. Esos viejos tercios son hijos y defensores a ultranza de la democracia real y antifascistas por antonomasia.
El problema para el sistema actual es que el ejemplo de ellos puede cundir entre las nuevas generaciones… Ojalá así sea.
Por ello, queridos y admirados viejos autores, vuestras páginas también construyeron vidas y potenciaron la democracia…
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