El dúopolio político de las asociaciones partidarias agrupado en La Alianza y en La Concertación / Nueva Mayoría, han dado nacimiento a la elite más fanfarrona que haya conocido la historia de Chile. La fanfarronería es la ostentación impertinente de cualidades que no se tienen, sobre todo de superioridad. La base de su fanfarronería fue y es la pretensión de ser los salvadores de Chile: unos por haber salvado al país de las “garras” del comunismo y los otros por haber rescatado “lo bueno” de la dictadura y haberla complementado con lo que ellos definieron como “alegría”.
La opción neoautoritaria o “democracia tutelada” por los militares solo fue posible mediante una rotunda renuncia ideológica de doble partida del duopolio político: a los valores liberales republicanos y a los ideales socialdemócratas. Esta estrategia posibilitó a la derecha –desprestigiada internacionalmente por su colaboración pasiva o activa con los crímenes de la dictadura– el ingreso a los salones mundiales de la política de la mano de sus socios, y la Concertación inauguró una de las alianzas más férreas con el empresariado nacional. El objetivo era la consolidación de una economía híbrida basada en el lucro privado oligárquico subsidiado y protegido por un Estado interventor garante de la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.
Las tres líneas de acción fundamentales de la convergencia autoritaria de la elite fanfarrona fueron: a) la neutralización de los movimientos sociales y de cualquier pensamiento crítico (“desprecio a las masas”); b) la banalización de los crímenes de la dictadura y la mantención en secreto de los nombres de los criminales de lesa humanidad por 50 años (impunidad en derechos humanos); y c) la defensa incondicional del sistema económico saqueador heredado (gatopardismo económico).
Creyendo que esta estrategia era un resultado genuino de sus mentes, no dudaron en considerarlo un “producto” comerciable en el “mercado político regional”. Convencidos de sus “brillantes” capacidades crearon un ejército de asesores con el fin de que salieran a vender sus políticas por todo el continente, mientras en casa operaban como guardianes del modelo.
Las tres líneas de acción fundamentales de la convergencia autoritaria de la elite fanfarrona fueron: a) la neutralización de los movimientos sociales y de cualquier pensamiento crítico (“desprecio a las masas”); b) la banalización de los crímenes de la dictadura y la mantención en secreto de los nombres de los criminales de lesa humanidad por 50 años (impunidad en derechos humanos); y c) la defensa incondicional del sistema económico saqueador heredado (gatopardismo económico).
Una de las más brutales alarmas internacionales que demostró el alto riesgo social de aplicar las recetas chilenas se expresaría en la Argentina cuando, en 2008, el Estado de ese país debió hacerse cargo de 200.000 cotizantes de los fondos privatizados de pensiones que habían sido estafados y librados a su suerte por las AFP, luego de tan solo cuatro años desde la puesta en marcha del sistema. Pero ni siquiera la evidencia empírica lograba despertar a la elite fanfarrona chilena de la borrachera de la “gloria” local, que creían eterna. Al contrario, las recetas de salvataje de los vecinos países en beneficio de los más pobres eran descalificadas y difamadas en la prensa como expresiones de subdesarrollo y de irresponsabilidad financiera fiscal.
No sólo Argentina sino también Ecuador y Bolivia eran vistos como países títeres de Chávez, lo que significó el aislamiento regional de nuestro país, ya que el gigante Brasil liderado por Lula abiertamente se integraba con los demás vecinos en los esfuerzos regionales de lucha contra la pobreza a partir de políticas neokeynesianas, marcando la diferencia con Chile.
En este contexto la pretenciosa elite chilena fue quedando relegada a las ligas menores entre los políticos del continente.
Hoy, la sabiduría política de Kirchner y de Correa son fuente inspiradora para los movimientos sociales y partidos políticos en Grecia y España, cuyos pueblos han sido condenados a la miseria por la política de austeridad impulsada entre las elites corruptas de sus países y los organismos financieros internacionales como la Troika y el FMI a espaldas de la gente. Las similitudes de esta crisis europea con las de Argentina y Ecuador y el manejo de la crisis en beneficio de las mayorías, es estudiada internacionalmente y citada por grandes académicos mundiales, tales como los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Paul Krugman y el economista francés Thomas Piketty.
El desplome ético de la elite fanfarrona en Chile es evidente. Parapetados en una alianza neoautoritaria sostenida por la Constitución pinochetista y la idea de la “verdad única”, se transformaron en una elite profundamente narcisista, alienada de la realidad, autorreferente e infiltrada por las prácticas intrigantes del poder nepótico.
La última versión de “justicia en la medida de lo posible” se llama ahora “realismo sin renuncia”, pero sucede que nadie les cree. Ante la perplejidad de los chilenos, algunos viejos estandartes del duopolio no trepidan en ofrecerse nuevamente como los “salvadores” del país, haciendo gala de una inconciencia que raya en el delirio. Una y otra vez vuelven a su única fuente de inspiración: aquello que el general Pinochet y sus asesores visionaron como lo “bueno” para Chile. Renuncian a todas las reformas haciendo caso omiso de las demandas ciudadanas y proponiendo un simulacro de asamblea constituyente aduciendo que “no hay plata”.
Ni la derecha ni la Concertación/ Nueva Mayoría fueron capaces de pensar un Chile diferente y sentar las bases jurídicas, productivas y culturales para conducir al país por el camino de la libertad y la justicia, apreciando los talentos y la sinceridad de su pueblo. Les faltó atrevimiento intelectual, voluntad y grandeza política. Se farrearon una oportunidad histórica.
La esperanza para Chile está ahora en aquellas mentes críticas, fuera y dentro de las asociaciones partidarias, que nunca se subyugaron a la mediocridad y ceguera política de una clase dirigente fanfarrona, que todavía se aferra al poder.
*Fuente: El Mostrador
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Con estos personajes pinochetistas ocurre lo mismo que se describe en aquella antigua canción mexicana: UN CHARRO MÁS BUENO QUE EL PAN.
Recomiendo esta canción a los partidarios de ese régimen, para que la canten como consuelo, a partir del día que pierdan el poder en Chile, añorando la calidad delictiva de sus amos.
( He modificado el texto del singular al plural).
Bien es verdad…..
que sin darse ni cuenta robaban,
y que al robar…..
muchas veces a algunos mataban,
por lo demás…..
eran charros más buenos que-el pan.
https://www.youtube.com/watch?v=_H1YiG2Wj_8