Sentido de la muerte en los obreros de la Escuela Santa María de Iquique
por Iván Vera-Pinto Soto (Iquique, Chile)
12 años atrás 6 min lectura
Si revisamos la historia nacional, veremos que ella está cruzada por un conjunto de acontecimientos violentos ocurridos en diferentes etapas, producto de las contradicciones sociales que han operado a raíz de la instalación de sistemas sociales y económicos injustos y crueles que han afectado a los trabajadores y a las clases desposeídas de nuestro país.
En esa línea, un hecho histórico que grafica con fuerte dramatismo la presencia de la “muerte violenta” es precisamente lo ocurrido el 21 de diciembre de 1907, en la Escuela Santa María de Iquique.
Cabe recordar que la paralización de faenas y la movilización obrera gestada en las Oficinas Salitreras a comienzo del siglo XX se centra en torno a la pobreza, a la explotación, a las pésimas condiciones de seguridad en el trabajo y a la lucha que emprende el movimiento obrero. Por otro lado, la insalubridad, el alcoholismo, la prostitución, la tuberculosis, las enfermedades venéreas, los accidentes del trabajo y el desgaste físico como consecuencia de las duras faenas, resultaron ser una constante en la vida del obrero. Sumemos el hecho que los salarios eran nominativos (dinero no veían, sólo fichas) y en ningún caso alcanzaban para satisfacer sus necesidades básicas. En efecto, estos breves antecedentes, nos llevan a reflexionar sobre la situación infeliz que vivió el trabajador, producto de las miserables condiciones de vida, los trabajos inhumanos y la ausencia de leyes que lo protegiera. Expresado de otro modo, la muerte se paseaba atrevida, cínica y periódicamente por el campamento minero, puesto que, virtualmente, la existencia del minero era su otra cara.
La muerte era una realidad ubicua que se extendía por todo el desierto, que se filtraba en los campamentos mineros y se incrustaba en el espíritu del trabajador. No es extraño que durante ese período la muerte accidental, el tiro a mansalva y la represión patronal constituyeran algunas de las amenazas directas que acechaban la vida de los trabajadores. Se puede discurrir que la muerte residía en el campamento minero y condicionaba directamente la vida, el modo de pensar y de sentir del obrero.
En ese contexto, era claro prever que la marcha iniciada por los obreros hacia el puerto de Iquique para luchar por sus reivindicaciones, arriesgaba la posibilidad de ser detenida y aplastada por los fusiles de la muerte. Situación trágica que – como todos sabemos – ocurrió fatalmente para los trabajadores, después que las autoridades nacionales dieron carta blanca al General Silva Renard para que, sin dilación, masacrara a los pampinos.
Pese a las funestas consecuencias que significó para el movimiento obrero aquella matanza, hay que reconocer que el pampino en ningún momento del proceso de negociación y menos en el mismo acto genocida se dejó doblegar por una actitud de resignación, fatalismo y entrega infalible a la muerte. Por el contrario, su muerte heroica representó un paso transitorio que le permitió redimirse y perpetuarse en la misma tierra donde vivió y laboró durante tantos años. De esta forma, a nivel ideológico, le dio más valor a su vida, ya que pudo incorporarse a la memoria colectiva y, correlativamente, le permitió trascender y adquirir importancia en su mundo social.
En concordancia con la anterior hipótesis, podemos plantear que la trascendencia que se le atribuye el obrero mártir, surge de su propio pensamiento, de sus emociones, creencias particulares y de la praxis militante inmersa en el movimiento social. Glosando a Epicuro, el obrero murió físicamente, pero nunca estuvo muerto para la memoria de su comunidad. Es más, en las peores condiciones de vida y enfrentado a vicisitudes extremas, el pampino no renunció a la posibilidad de seguir existiendo en ese territorio y entregarse a la causa obrera.
El axioma involucra dos compromisos: El primero, una predisposición a continuar la lucha por una sociedad ideal y, el segundo, un juramento solidario de clase que implica la idea que los caídos permanecerán eternamente en la memoria del colectivo.
El pampino fue un sujeto social, político e histórico que enfrentó su fatal destino hermanado en un sentimiento genuino: el internacionalismo proletario. A partir de este constructo, deducimos que la muerte en el pampino representó un sometimiento heroico que lejos de aniquilarlo, le abrió caminos para librarse de las cadenas de opresión.
En efecto, su inmolación, idealizó la pasión sacrifical, “purifica” su brutalidad y ve en ella una prueba de unidad, de esperanza y de una comprensión más profunda, pues transmuta la voluntad del colectivo.
Esto puede ayudar a explicar que la muerte para el trabajador – sin proponérselo de manera juiciosa – no simbolizó el final sino el comienzo de una nueva historia de lucha, por tanto el cuerpo que vivía antes dominado por el sistema capitalista, ya no tenía mayor valoración, puesto que por su carácter temporal éste dejó de ser la vida real y es el pensamiento libre o consciencia que se sobrepuso a la dominación social y a la misma muerte.
Heidegger, Jaspers y Sartre concuerdan en alegar que la muerte es reveladora de la propia vida. Frente a la muerte como situación extrema o experiencia fenomenológica se descubre el carácter temporal y, luego que lo insustancial se resigna, surge, entonces, el verdadero sentido de la vida y la realidad.
En el marco de la óptica hegeliana, no es antojadizo aseverar que una vez ocurrida la matanza, es el sentimiento libertario que abrazó el obrero el que conquistó la verdad, enfrentando al sistema capitalista e irradiando una fuerza sorprendente (la lucha mancomunada) que evita que la vieja sociedad destruya el sentimiento de esperanza y permita reanudar con más fuerza el camino hacia una nueva realidad, aunque ellos no la alcancen ver.
En consecuencia, el obrero admitió la posibilidad que la muerte pudiera otorgarle una “inmortalidad histórica”. “… la sangre vertida es semilla que germina haciendo nacer nuevos luchadores… en todas las edades, donde hubo tiranos, hubo rebeldes” (Rojas, cit. Bravo 227).
Por ende, la muerte heroica le permitió transformarse en un personaje histórico e inmortal. Tal inmortalidad representa una manera de afirmación como clase social más allá de la muerte y como una negación del carácter definitivo de ésta. A su vez, dicha categoría conduce al nacimiento del mito o modelo que adoptará la impronta de “héroe”, en este caso del pueblo. Esta mitificación del obrero asesinado, como fuente de significación simbólica, se convierte posteriormente en un elemento primordial en la historia del movimiento obrero nacional, pues permite transmutar la derrota en un factor de victoria futura.
– El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es antropólogo social y Magíster en Educación Superior
Nota bibliográfica:
Rojas, Sixto. “Discurso de Sixto Rojas el 21 de diciembre de 1908”. Santa María de Iquique 1907: Documentos para su historia. Ed. Pedro Bravo Elizondo. Iquique: Ediciones Campus (2007). 225-227. Medio impreso.
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