Cosas extrañas y otros desvaríos
por Cristian Joel Sánchez (Chile)
15 años atrás 5 min lectura
La historia tiene la gran virtud de mantener vigente no sólo los hechos ocurridos en muchas épocas de la humanidad, sino que también aportar experiencias que pueden ser bien o mal utilizadas, según el cristal al que aludía Campoamor. Eso ocurre con la historia del fascismo que tiene múltiples aristas, algunas evidentes y otras más sutiles, aunque de ellas poco se dice quizás porque no han perdido vigencia.
Aquí hablamos del “síndrome Naujocks” y los infiltrados protegidos. O de las labores de inteligencia y las protestas estudiantiles, como usted prefiera.
Seguramente usted, querido lector, que más de una vez se ha sentado frente a una pantalla para emocionarse, indignarse o simplemente aburrirse con una manoseada película de nazis, pocas veces, o quizás ninguna, le han presentado el caso de Alfred Naujocks, un siniestro nazi que se especializó en el “arte” de infiltrar provocadores en las filas de opositores para otorgar cierto barniz de legitimidad a la represión que luego se desataba.
Naujcoks no era un esbirro cualquiera. Trabajaba directamente bajo las órdenes del siniestro Reinhard Heydrich, el Carnicero de Praga. Entre sus trabajos más famosos está la provocación que le permitió a Hitler “justificar” su invasión a Polonía, el 1 de septiembre de 1939, y que marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué hizo Naujocks en esa ocasión? Disfrazó a varios prisioneros polacos como soldados de ese país para que atacaran una radio alemana destrozándola en la ciudad fronteriza de Gleiwitz, lanzando al aire una proclama antinazi. Pocas horas después, so pretexto de defender a sus ciudadanos de los “violentistas” polacos, las tropas hitlerianas cruzaban la frontera con Polonia desatando la primera carnicería de las muchas con las que el fascismo asolaría a Europa.
Naujocks repitió varia veces el mismo ardid, esto es introducir provocadores disfrazados en las filas adversarias para inducir una opinión pública de repudio y justificar más tarde el ataque represivo. Lo hizo a pequeña y a gran escala, lo mismo si se trataba de manifestaciones anti fascistas o en maniobras de gran envergadura, como la de Polonia y más tarde la de Bélgica y Holanda, pretextos utilizados por Hitler para invadir a estas naciones.
El resto de la historia de esa guerra, con sus 50 millones de muertos, el holocausto de más de 6 millones de judíos martirizados en los campos de concentración, sus bombas atómicas achicharrando japoneses, usted sí que la ha visto muchas veces en la gran pantalla del cine o en la ahora no tan pequeña pantalla de su televisor plasma HD, LCD, HF, LED, 3D y todas esas siglas debajo de las cuales va siendo enterrada la inteligencia.
La historia marcha en espiral
Siguiendo los desvaríos de este articulista, cambiaremos diametralmente de tema y nos vamos a referir a los azarosos días que viven las calles de las principales ciudades de Chile.
Ya es sabido que por las grandes y pequeñas avenidas de estas ciudades marchan al menos una vez por semana, cientos de miles de ciudadanos con una sola consigna enarbolada en todos los tonos: educación sin lucro y de calidad. Es, sin duda, la noticia más relevante del momento… o debiera serlo..
Sin embargo ¡cosa extraña! invariablemente lo que más atrae a la prensa nacional no son estas demostraciones masivas tras una consigna justa, sino lo que ocurre —también invariablemente— al finalizar las marchas: la aparición como concertados al unísono, como quien se presenta puntualmente a su puesto de trabajo, de grupos de encapuchados que, de manera metódica, dirigidos por una mano fantasmal, comienzan a destruir todo a su paso, saqueando e incendiando bienes como en un dantesco “reality” porque lo hacen frente a las cámaras televisivas que trasmiten, además, en directo.
Hay, sin duda, muchos cabos sueltos que estimulan la imaginación de los mal pensados como yo. Por ejemplo: la permanente e insólita tardanza de Carabineros en llegar al sitio de los saqueos más impactantes, asaltos a edificios, desvalijamientos de negocios e incendio de autos, en circunstancias que los policías están desplegados por miles precisamente en el perímetro donde ocurren los incidentes.
La televisión no. Las cámaras están justo ahí, donde “quema la noticia”. Trasmiten por largos minutos —en directo— la afanosa tarea de los violentistas encapuchados cuando saquean un edificio o cuando con esfuerzo titánico levantan un auto por un costado para volcarlo y luego prenderle fuego.
El “reality” puede durar más que un capítulo de teleserie, como ocurrió el 21 de mayo en Valparaíso, donde se trasmitió en directo, por casi una hora, los esfuerzos sudorosos de una turba tratando de abrir las cortinas de una farmacia. Repito entonces: es raro, ¿verdad? Ningún carro lanza-agua, ningún “zorrillo” esparciendo gases, ni mucho menos ningún contingente de infantería apareció con la velocidad con que lo hacen cuando más de cinco estudiantes sin capucha se juntan a gritar en una esquina.
Es extraño porque el llamado “plan cuadrante” ha permitido que la policía invierta no más de tres minutos, desde que se da el aviso, en llegar al sitio donde delincuentes comunes cometen un asalto, sistema que es, sin duda, muy encomiable. Pero ¡qué mala suerte!, con los violentistas no resulta, no sé por qué.
Los canales de televisión sin exceptuar ninguno, así como la única prensa que existe, la oficial que nos quedó de la dictadura, también enarbolan su hachita cuando la oligarquía lo necesita. Parecen estar en cadena. Sólo cambia el ángulo del cual están filmando. Comienzan sus noticiarios repasando 15 a 20 minutos hasta los más ínfimos detalles de los destrozos que deja el lumpen, eligen ciudadanos llorosos —es lógico, les han destrozado todo— que invariablemente, con voz patética, terminan llamando al gobierno a terminar con esas marchas que sólo sirven para alentar actos violentistas.
Bueno, pero qué tiene que ver Naujocks con las marchas estudiantiles, dirá usted. Nada, pues. Son desvaríos del articulista que incluso le pareció verlo llegar sudoroso a refugiarse en la guardia de Carabineros en el Congreso, perseguido por una turba. Pero ¡qué va! si ya tiene que haber muerto, ¿verdad?
Perdone las incoherencia del articulista. Prometo enmendarme.
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