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Del bonapartismo gerencial al gobierno de los partidos políticos 

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El presidente Sebastián Piñera nunca ha sido del agrado de la derecha populista y gremialista, cuyo patrón será siempre el falangismo español y, en la actualidad, el PP, y, a su vez, el presidente está más a gusto entre gerentes y empresarios, además de los democratacristianos – pienso que Sebastián Piñera estuvo a sus anchas en el acto recordatorio del asesinato de Pérez Zujovic y muy incómodo en el «golpe de Estado», llevado a cabo en las Termas de Cauquenes, por los caciques de la UDI, en el fin de semana pasado-. Si la Democracia Cristiana fuera como la CDU de Bavaria, no cabría duda de que formaría parte del actual gobierno.

Con respecto a un presidencialismo, que mira con desprecio a los partidos y a sus directivas, no es nada nuevo en los dos últimos gobiernos: el de Michelle Bachelet y la etapa inicial del actual presidente; la gente olvida fácilmente que, al comienzo del gobierno de la presidenta Bachelet se intentó prescindir del debate de las políticas públicas con los partidos de gobierno: los famosos conceptos «no se repetirán el plato» y «la paridad de género en el gabinete» son emblemáticos en estos primeros meses; al poco tiempo, mediante la rebelión de los pingüinos, la presidenta se entregó no sólo a las directivas de los partidos, sino también a los tecnócratas de Expansiva, convirtiendo a Andrés Velasco en su «Potemkin».

El rechazo a los partidos por parte de la sociedad civil es un conflicto de larga data; sería una torpeza confundir la mediocridad y el abuso de los actuales políticos con la política, como actividad inherente a la democracia; el tema de los «indignados» no es poner fin a la política, pues ellos mismos la practican en su mejor expresión, sino la convicción de cambiar formar obsoletas de democracia representativa – leyes electorales excluyentes, sistemas de partidos duopólicos, corrupción generalizada, desigualdades inaceptables, la condenación de las mayorías a la cesantía y exclusión social -.

No me parece válido motejar a esta rebelión social, que con razón critica a los actuales partidos políticos, como un movimiento que puede conducir al militarismo, al fascismo o al populismo, por el contrario, denunciar el alejamiento de los dirigentes políticos respecto de la sociedad civil constituye un factor fundamental para convertir a la política en un quehacer esencial y respetable y no en una forma de excluir a las mayorías.

Sebastián Piñera, durante el primer año de su gobierno, intentó implementar lo que me atrevo a definir como «un bonapartismo gerencial»: estaba cómodo con la marginación de las directivas de los partidos políticos que lo apoyaban – Carlos Larraín y Juan Antonio Coloma eran como sus perritos falderos, obligados a hacerle gracias a su amo – en nuestra monarquía, el rey tiene que someter, como Luis XIV, a la «fronda política».

A diferencia de La fronda Aristocrática, tan bien retratada por Alberto Edwards, hoy campea en Chile la fonda plutocrática de los partidos de la derecha populista-falangista de la UDI. Aquello que los periodistas llaman «un golpe de Estado» de los coroneles de la UDI no es más que la rebelión de la fronda gremialista, ávida de poder, que no puede soportar a este nuevo Napoleón III, que pretende domesticarlos en pro de un gobierno empresarial.

El recuerdo del derrumbe del gobierno de Jorge Alessandri, que jamás respetó a liberales y conservadores, pesa mucho en los dirigentes de la UDI, que temen perder su mayoría en las elecciones municipales y, posteriormente, en las presidenciales y parlamentarias.

Para nadie es una novedad que la UDI responde a un patrón populista, de raíces autoritarias y dictatoriales, por consiguiente, es de toda lógica que pretendan querer apropiarse del gabinete ministerial y tomar la batuta del actual gobierno. Este es el famoso «relato» del cual hace alarde el ahora vicepresidente de ese partido, Pablo Longueira.

Es falso separar la política de lo social, como lo hace la derecha, por el contrario, ningún programa social podrá funcionar bien si no hay una política de calidad; en este sentido, de persistir un sistema electoral excluyente, un centralismo que devora a las provincias, un sistema de partidos bipolar y dominado por mafias, prácticamente vitalicias en el poder, no prosperará ninguna reforma social que persista en el tiempo.

El populismo de derecha es mas bien un bravata, que simula preocuparse de los sectores, pero que, en su esencia, termina utilizándolos como peones al servicio de sus ansias de poder absoluto, cosificando y domesticando a los sectores populares.

En estos dos años restantes del gobierno de Sebastián Piñera, podremos comprobar qué ocurrirá con este gobierno de la fronda plutocrática que, en el caso de la derecha, pone fin al bonapartismo gerencial, reemplazándolo por un gobierno de partidos, hegemonizados por la UDI, un experimento que la derecha no ha experimentado hasta ahora.
15/06/2011

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