Despertar del sueño de la cruel inhumanidad (4)
por Jon Sobrino (El Salvador)
15 años atrás 6 min lectura
Introducción al libro" El Principio
Misericordia" 4ªParte Extraído del
libro "El principio misericordia" UCA
Editores 1999
4 "Los ojos nuevos para ver la verdad
de Dios"
LLEGAR A CONOCER A Dios, tener y mantener la fe en Dios es el misterio último del ser humano. No es cosa fácil y no se hace
mecánicamente desde ningún lugar; tampoco desde El Salvador. Pero
creo que el conocimiento de Dios de hace aquí un poco más adecuado-en cualquier
caso, ese Dios se parece un poco más al de la Escritura–, y la fe
en dios se hace más posible y consistente.
Personalmente,
creo en el Dios que se manifestó en Jesús, en Dios-Padre, un Dios bueno, por lo
tanto, en quién se puede descansar, y un Padre que sigue siendo Dios y que, por
lo tanto, no nos deja descansar. Dicho
en otras palabras: creo en la bondad y en el misterio de Dios, cosas ambas que
se me han concretado desde El Salvador.
La bondad de
Dios se concreta en que Dios está a favor de la vida de los pobres, en que ama
con ternura a los privados de la vida, en que se identifica con las víctimas de
este mundo. Creemos, pues, en un Dios
bueno y en un Dios parcial. Y esto, tan
difícil de aceptar en otros lugares, se hace aquí muy claro y se redescubre en la Escritura. Una larga tradición nos ha
hecho pensar en un dios directamente universal, aunque ese Dios haya sido bien
parcial, haya sido un Dios europeo y norteamericano. Si algo tenemos que agradecer a George Bush,
es que lo han dicho con toda claridad y sin ninguna vergüenza: "Dios ha bendecido a nuestro país como ningún
otro". Desde aquí vemos las cosas
exactamente al revés. Si alguien en este
mundo puede decir que Dios es "nuestro", eso sólo lo pueden hacer en directo
los pobres y las víctimas de este mundo.
El misterio
de Dios aparece agigantado en este mundo de víctimas y se concreta en el
misterio insondable de un Dios crucificado, como tan bellamente lo ha formulado
J. Moltmann. Es un Dios que no sólo está
a favor de las víctimas, sino a merced de los verdugos. Y quisiera recalcar este misterio de
iniquidad, porque hay quienes piensan que en una América Latina religiosa la fe
en Dios no es grave problema, como si lo es en un mundo secularizado. En medio de tantas víctimas, América Latina es
el lugar por antonomasia de preguntarse por Dios como Job y como Jesús en la
cruz, y tanto más cuando simultáneamente se le confiesa como Dios de vida. El que Dios deje morir a las víctimas es un
escándalo irrecuperable, y la fe en Dios tiene que pasar por ese
escándalo. En esta situación lo único
que puede hacer el creyente es aceptar que Dios está en la cruz, impotente como
las víctimas, e interpretar esa impotencia como el máximo de solidaridad con
ellas. La cruz en la que está el mismo
Dios es la forma más clara de decir que Dios ama a las víctimas de ese
modo. En ella su amor es impotente, pero
creíble. Y desde ahí hay que reformular
el misterio de Dios. Siempre se ha dicho
que Dios es el "Dios mayor". Desde la
cruz hay que añadir también que es el" Dios menor".
Por último,
desde El Salvador aparece con toda claridad que el verdadero Dios está en pugna
con otros dioses: aquellos que en el primer mandamiento del decálogo son
llamados los dioses "rivales". Estos
dioses son los ídolos, divinidades falsas, pero realmente existentes; y Monseñor Romero las concretó para nuestro
tiempo en la absolutización del capital y la seguridad nacional. Los ídolos deshumanizan a quienes les rinden
culto, pero su malicia última consiste en que exigen víctimas para subsistir. Pues bien, si alguna convicción honda he
adquirido en el Salvador, es que estos ídolos existen realmente, que no son
invención de los llamados pueblos primitivos, sino que existen muy activos en
las sociedades modernas, y más activos en ellas que en otras. Y de eso no podemos dudar, por las
innumerables víctimas que producen: pobres, desempleados, refugiados,
encarcelados, torturados, desaparecidos, asesinados, masacrados….Y si los
ídolos existen realmente, entonces se reformula muy novedosamente la pregunta
por la fe en Dios.
He aprendido
en El Salvador que creer en Dios, es a la vez, dejar de creer en los ídolos y
luchar contra ellos. De ahí que a los
seres humanos se nos exija, no sólo que elijamos entre fe y ateísmo, sino, más
primariamente, entre fe e idolatría. En
un mundo de víctimas, poco se conoce de un ser humano por el mero hecho de que
éste se proclame creyente o increyente, hasta que no añada en que Dios cree y
contra que ídolos combate. Y si en
verdad es idólatra, poco importa a la postre que afirme aceptar la existencia
de un ser trascendente o negarla. Y no
es nada nuevo: ya lo afirmó Jesús en la
parábola del Juicio Final.
He
aprendido, pues, que para decir toda la verdad siempre hay que decir dos
cosas: en qué Dios se cree y en qué
ídolo no se cree. Sin esa formulación
dialéctica, la fe permanece muy abstracta, puede ser vacía y, lo que es peor,
puede ser muy peligrosa, pues permite que coexistan creencias e idolatría.
En positivo,
he aprendido que fe en Dios es, en definitiva, hacer la voluntad de Dios,
seguir a Jesús con el espíritu de Jesús en la causa del Reino de Dios. Y lo más importante es que en El Salvador he
visto muy claramente la fe, y de ella han dado claro testimonio innumerables
mártires. He visto, pues, que la fe es
crítica, pero que es posible; que es muy
costosa, pero que es humanizante. En El
Salvador se hace muy real el cumplimiento de la solemne proclamación de Dios en
el profeta Miqueas: "Ya se te ha declarado,
oh hombre, lo que es bueno y lo que el Señor desea de ti: tan sólo que practiques la justicia y que
ames con ternura, y que camines humildemente con tu Dios". Reproducir en la historia justicia y amor es
lo que nos hace corresponder la bondad de Dios. Caminar en la historia humildemente es lo que nos hace responder al
misterio de Dios.
Publicado
originalmente en Inglés: "Awakening from
the sleep of inhumanity" en (James M. Wall-David Heim) How My Mind Has Changed,
Grand Rapids
1991, pp158-173
Continúa
Link a los capitulos anteriores:
– Despertar del sueño de
la cruel inhumanidad (1)
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