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El legado de Allende: construir Izquierda 

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Nunca una elección presidencial en Chile alcanzó tanto dramatismo. Los
ciudadanos estaban conscientes que el país se jugaba cuestiones
trascendentales que determinarían su futuro. El enfrentamiento básico
era entre la Izquierda y la derecha, representadas por el senador
Salvador Allende Gossens y por el ex presidente y empresario Jorge
Alessandri Rodríguez. Había un tercer candidato, Radomiro Tomic Romero,
de la Democracia Cristiana, con un programa que planteaba el “socialismo
comunitario”, lo cual lo acercaba a las posiciones de Izquierda.

La acorralada derecha buscaba fórmulas desesperadas para defender sus
intereses. No descartaba nada. A fines de 1969, un alzamiento en el
regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux, tuvo al
gobierno de Frei Montalva al borde del precipicio. Grupos
ultraderechistas levantaban cabeza. En el plano político, la derecha
postulaba la “Nueva República”, que esbozaba elementos neoliberales y un
firme autoritarismo para cerrar el paso a la Izquierda. Por su parte,
la Unidad Popular, alianza amplia en torno a socialistas y comunistas,
integraba al Partido Radical y a sectores cristianos desgajados de la DC
que formaron el partido Mapu, y a laicos y progresistas que se definían
de Izquierda. La candidatura de Salvador Allende emergía con
posibilidades de triunfo.

La Izquierda venía ganando terreno y un sólido movimiento sindical,
organizado en torno a la Central Unica de Trabajadores, se extendía al
campo a través de sindicatos agrícolas movilizados y de gran
convocatoria. El movimiento estudiantil, mayoritariamente de Izquierda,
era potente y de alcance nacional. El movimiento de los sin casa
campeaba en las principales ciudades. Existía así una amplia base social
para el movimiento político que planteaba un programa centrado en la
nacionalización de las riquezas básicas, en la profundización de la
reforma agraria y en la constitución de un área social de la economía,
conformada por la banca, los principales monopolios y empresas
estratégicas. Se proponía asimismo una nueva Constitución y una
institucionalidad acorde con las transformaciones que se impulsarían,
una ampliación de la democracia y la real vigencia de los derechos y
libertades individuales y colectivos. Era, en síntesis, lo que se
conoció como la “vía pacífica al socialismo”, un proyecto inédito en la
historia de la Humanidad.

Internacionalmente eran los tiempos de la guerra fría; la Unión
Soviética y el socialismo aparecían compitiendo exitosamente con el
imperialismo. En América Latina -a partir de 1959 con la Revolución
Cubana- había avances populares que Estados Unidos miraba con
preocupación. No quería “una nueva Cuba” en su patio trasero. Con ese
pretexto había invadido República Dominicana para derrocar al gobierno
democrático de Juan Bosch y en 1964, respaldó el golpe militar en Brasil
que derrocó al presidente Joao Goulart. Sin embargo, no cesaba el
avance de los pueblos. En Bolivia, luego de la muerte del comandante
Ernesto Che Guevara en una operación dirigida por norteamericanos, se
producían avances democráticos con el gobierno del general Juan José
Torres (1970-71), mientras en Argentina el peronismo impulsaba el
retorno de su líder, y en Perú el general Juan Velasco Alvarado se
empeñaba en reformas antiimperialistas e integradoras de la población
indígena. En Uruguay la situación, asimismo, era inquietante para la
oligarquía.

Para Estados Unidos, Chile era una pieza clave en su ajedrez de
dominación regional. Ya en las elecciones de 1964 había apoyado sin
tapujos la candidatura de Eduardo Frei Montalva y su “revolución en
libertad”. Enormes flujos de dólares financiaron una impresionante
campaña del terror contra Salvador Allende y la Izquierda. El presidente
Kennedy -que impulsaba la Alianza para el Progreso- imaginaba que la
Democracia Cristiana en Chile podía levantarse como alternativa a la
Revolución Cubana.

La trayectoria de Salvador Allende como parlamentario y líder popular
era impecable. Había sido ministro de Salud del gobierno del Frente
Popular (1938-41) y como senador un invariable demócrata,
antiimperialista y partidario del entendimiento socialista-comunista, de
la unidad de la clase obrera y de los más amplios sectores sociales
explotados por el capitalismo. Valiente defensor de la Revolución
Cubana, memorables habían sido sus luchas contra la Ley de Defensa
Permanente de la Democracia, paradigma del anticomunismo, y su constante
denuncia de los manejos del imperialismo y del despojo que cometían las
empresas norteamericanas Anaconda y Kennecott con el cobre chileno.
Allende era un líder respetado y querido por el pueblo, que sabía que no
sería traicionado por él. En muchos aspectos era un educador y un
organizador notable, de ejemplar perseverancia en la lucha por la unidad
de la Izquierda.

En el país, la sociedad se convulsionaba. Surgían los “cristianos por el
socialismo”, los estudiantes de la Universidad Católica se tomaban la
casa central para imponer profundas reformas y denunciaban las mentiras
de El Mercurio; se produjo la toma de la Catedral de Santiago por
sacerdotes, religiosas y laicos que pedían mayor compromiso de la
Iglesia con el pueblo.

El país esperaba grandes cambios en el marco de un nuevo período histórico cuajado de promesas de justicia e igualdad.
La campaña electoral fue muy dura. La derecha se lanzó a fondo,
reeditando -corregida y aumentada- la campaña del terror de 1964.
Intensificó su presión hacia las fuerzas armadas, en las cuales buena
parte de la oficialidad había pasado por las escuelas de formación
antisubversiva del Pentágono. El financiamiento de la CIA volvió a
afluir a través de la ITT, que controlaba el monopolio telefónico. Con
todo, las elecciones fueron tranquilas y, sobre todo, estrechas. Allende
obtuvo algo más de un millón de votos, ganando por 40 mil preferencias a
Alessandri, y obteniendo 36,3% del total de sufragios. Tomic obtuvo
27,84%, con más de ochocientos mil sufragios. Como buena parte de su
votación era antiderechista, estaba claro que la Izquierda contaba con
un apoyo muy superior a la derecha.

Los resultados se conocieron en la tarde del 4 de septiembre y de
inmediato Tomic reconoció el triunfo de Allende. Esa misma noche, luego
de momentos de tensión -cuando tanques del ejército fueron desplegados
en la Alameda- hubo una enorme manifestación frente a la Federación de
Estudiantes de Chile. Decenas de miles de personas llegaron desde las
poblaciones periféricas para celebrar el triunfo. Parecía que nunca el
pueblo se había sentido tan alegre y esperanzado. El discurso de Allende
fue emotivo y profundo. Recordó las luchas populares, los esfuerzos
cotidianos del pueblo para subsistir y luchar, y asumió su triunfo como
una continuidad con el Frente Popular, y antes, con el gobierno del
presidente José Manuel Balmaceda -empujado a la muerte por la
oligarquía- y con la lucha incansable de Luis Emilio Recabarren,
organizador de la clase obrera chilena.

Los sesenta días siguientes, hasta el momento en que el nuevo presidente
debía asumir el mando, fueron conmocionantes. La derecha entró en
pánico. Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, voló a Estados Unidos
para pedir al gobierno norteamericano que interviniera en Chile a fin de
impedir que Allende llegara a La Moneda. En Washington encontró oídos
receptivos en el presidente Richard Nixon y su gobierno. Se inició así
una ola de actos terroristas por parte de grupos de ultraderecha (ver
páginas 4 y 5 de esta edición), que recibían aliento, dinero e
instrucción terrorista desde el exterior.

El 3 de noviembre de 1970, sin embargo, derrotando las maniobras y actos
criminales como el asesinato del general René Schneider, comandante en
jefe del ejército, Salvador Allende asumió el mando. Comenzó así el
gobierno más progresista, liberador y popular de la historia de Chile.
En medio de la férrea oposición y conspiración de la derecha junto con
el gobierno de Estados Unidos, Allende consiguió logros notables como la
nacionalización del cobre, la profundización de la reforma agraria, las
políticas de salud, educación y vivienda, y avances gigantescos en el
plano cultural. Se desataron las fuerzas creadoras del pueblo al influjo
de un programa socialista y democrático. Los pobres de la ciudad y del
campo alcanzaron el protagonismo y participación que durante decenios se
les había negado. En el ámbito internacional, Chile logró un
reconocimiento mundial que valorizó el intento de avanzar al socialismo
en libertad. Pero este noble propósito se vio frustrado por la
conspiración interna y externa, sin negar los errores de la propia
Unidad Popular, que culminaron con el golpe militar del 11 de septiembre
de 1973. El presidente Salvador Allende, fiel a su juramento, prefirió
morir en La Moneda a traicionar la confianza del pueblo.

Hoy -como en los años que precedieron al triunfo de Allende- sigue
vigente alcanzar el requisito que gestó la victoria de 1970. Aludimos a
la unidad del conjunto de la Izquierda, hoy atomizada. Es el paso
indispensable para construir su propia identidad ideológica y
programática y, desde allí, avanzar a acuerdos políticos y sociales más
amplios.

En América Latina hoy se abren paso tendencias revolucionarias que con
sus diferentes particularidades están haciendo el camino que se intentó
en Chile. De alguna manera los procesos de Venezuela, Bolivia y Ecuador
reivindican la vía pacífica al socialismo, que proclamara con resuelta
convicción democrática el presidente mártir Salvador Allende. Se
reinician tiempos de revolución que en las condiciones contemporáneas
hacen volver la mirada a la senda que abriera con su sacrificio el
presidente Allende.
 

(Editorial de “Punto Final”, edición Nº 717, 3 de septiembre, 2010)
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*Fuente: El Clarín

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