Fútbol y racismo
por Jorge Majfud (académico uruguayo en EE.UU.)
3 meses atrás 5 min lectura
14 de julio de 2026
A pesar de que Uruguay es, en proporción, un país más “blanco” que Argentina, cuenta con algunos jugadores negros en su selección―y en su cultura. De hecho, fue el primer seleccionado del mundo en incluir jugadores negros en 1916, por lo cual fue acusado de ganar haciendo trampa. Y no dejó de ganar todo, o casi todo, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, con un par de ellos.

Dejemos de lado la mediocridad del actual equipo que participó en el mundial de Norteamérica 2026―por lejos el mundial más corrupto después de los mundiales fascistas de 1938 y de 1978. La mediocridad del plantel uruguayo en ese mundial fue, sobre todo, intelectual, por lo cual le recomendaría al próximo director técnico que les pida a sus convocados, al menos, resolver una ecuación de segundo grado y pasar un test básico sobre historia. No porque eso sea importante para ganar un trofeo de fútbol, sino porque le daría una idea al técnico de qué tipo de jugadores no debe confiarse.
Bueno, esos son detalles ahora. Vayamos a lo que debería importar. Hace cuatro años, durante el Mundial de Catar 2022, una articulista del Washington Post escribió sobre la falta de diversidad étnica del equipo de Argentina y de Argentina como país, comparándola con Francia. Por entonces, respondí que la razón radicaba en que Argentina no tuvo brutales colonias en África, como Francia.
Inmediatamente, una investigadora desde Argentina me reprochó que me estaba olvidando de lo que había pasado con los negros en Argentina durante el siglo XIX. No recuerdo y no encuentro el nombre de la investigadora entre mis correos y mensajes de redes, pero debo decir que, sí, tenía razón. Toda la razón.
Si bien la primera observación sobre las colonias africanas de Francia era válida (poco después de ser liberada de los nazis, la bella y civilizada Francia continuó masacrando africanos de a cientos de miles, en varias de sus colonias y aún hoy mantiene neocolonias), también lo era el hecho de que, hasta finales del siglo XIX, los esclavos africanos y sus descendientes conformaban un gran número en Buenos Aires.
Según el censo de 1878, casi un tercio de la población de Buenos Aires eran hombres y mujeres de piel negra. Imaginen Buenos Aires hoy, con un millón de negros… La mayoría residiría en barrios populares y la mitad, o más de la mitad del equipo de Boca Juniors se parecerían más al gran jugador peruano Luis Advíncula que a su compañero de ojos celestes, Leandro Paredes, cuyos seguidores argumentan que no podría ser racista porque habla guaraní y tiene raíces guaraníes―como si Stroessner, el dictador fascista de Paraguay, y tantos otros, no tuvieran las mismas raíces étnicas y las mismas habilidades lingüísticas.
Los negros de Argentina fueron reducidos a la casi inexistencia por varios factores: fueron usados como carne de cañón en las guerras de independencia, abandonados durante las pestes que azotaron las grandes ciudades y superados por casi un cien por ciento de inmigración europea, la bonita y superior raza blanca, la raza industrial, la más inteligente, la más sexy, la más confiable según la oligarquía política del momento.
Ni que hablar de la suerte corrida por los nativos argentinos durante el mismo período en que el general Roca los exterminaba y el “educador” y presidente Domingo Sarmiento blanqueaba la nación con su odio a los nativos y su preferencia por la inmigración europea, exactamente como hizo su admirado Estados Unidos durante los mismos años.
Ahora, cuando vemos tantos argentinos en Brasil y en Estados Unidos haciendo gestos racistas, tendemos a pensar que son cuatro gatos locos. No son cuatro gatos locos o los cuatro son, en una desproporción de incidencia, argentinos. La historia y las interminables expresiones de periodistas elogiando la familia blanca del presidente Macri en 2015 (“Macri viene de una familia normal, de ojos celestes”) no deberían minimizarse. Tampoco, cuando otra periodista le pregunta a una mujer argentina de qué país era, asumiendo que era boliviana por sus rasgos nativos. Tampoco la llegada del sionismo supremacista y genocida a la Casa Rosada.
Hace ya muchos años que los racistas del hemisferio Norte miran la Argentina buscando un ejemplo de éxito que pruebe sus prejuicios raciales. Año tras año, década tras década, se han visto frustrados por los resultados, pese a las ayudas de la oligarquía noroccidental, pero no renuncian.

Cualquier cosa menos la raza. Cualquier cosa menos sucumbir a la pérfida ideología de la igualdad―es decir, de la diversidad. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad. Quien vea coincidencias está incapacitado para leer un solo patrón de la realidad que lo rodea. Incapacitado para ver o, como decía Jesús, se trata de invidentes voluntarios.
El racismo no era una obsesión entre los nativoamericanos (lo explicamos en nuestro último libro “Tawiscara. El secuestro de la democracia”). Básicamente fue un invento europeo y una psicopatología norteamericana que se desarrollaron durante el exterminio y robo de la colonización protestante-capitalista-imperialista de América. Incluso la esclavitud occidental no tiene mucho que ver con la esclavitud de miles de años antes, como ya lo explicamos también.
Si bien el racismo ideológico se desarrolló y alcanzó su metástasis en la Europa y en los Estados Unidos del siglo XIX (ver “La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina”), un importante sector de la sociedad argentina, empezando por su oligarquía y siguiendo por sus escuderos y peones, no es ajena a esta tradición. Es marginal, pero no ajena, como ninguna colonia lo es. Solo que es más sofisticada y su negacionismo es aún mayor que el de las metrópolis imperiales del norte.
Sólo es cuestión de apuntarlo para ver cómo saltan indignados.
-El autor, Jorge Majfud, novelista, ensayista, traductor y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University
*Fuente: SurySur
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