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Pero, ¿existe, en verdad, el «progresismo»? 

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Uno de los rasgos peculiares de la vida moderna es, precisamente, su extrema celeridad. Y es que la vida moderna se desenvuelve bajo el modo de producción capitalista que, a su vez, se realiza bajo el imperio de la prisa, lo cual no sucede por simple casualidad. Actuar cada vez con mayor rapidez es un fenómeno inherente a ese modo de producir. No hay que olvidar un hecho crucial: el capital no es más que plusvalor acumulado. Y el plusvalor se acumula a medida que la rotación del proceso productivo se acelera: el capital afluye en mayor cantidad al bolsillo de los capitalistas en cuanto aumenta la frecuencia repetitiva de dicho proceso. Por eso, la vida moderna adquiere rasgos de extrema movilidad.

Y puesto que la prisa pasa a ser la forma de vida del ser humano, mujeres y hombres ven disminuir el tiempo que disponen para realizarse como tales. Entonces, se abandonan algunas viejas prácticas como las relaciones sociales, el tiempo dedicado al esparcimiento o a la práctica de algún hobby. Cuando se trata de la lectura de libros, revistas, diarios, análisis o documentos, la figura televisiva reemplaza al verbo, porque ‘una imagen vale más que cien palabras’. 

Así, una de las víctimas de esa prisa (la lectura) cede inmediato paso a la representación. Entonces, se dejan de lado libros, artículos, documentos; con mayor razón si son extensos. ‘Vamos, anda derecho al grano’, es la frase a la que se recurre a diario. Porque, como una enfermedad, contagia la prisa exigida por el diario transcurrir. Pero eso es un mal que abarca todos los ámbitos de la vida cotidiana. Ninguna actividad se libra de aquel. Pocas personas se detienen a leer el contenido de una noticia; apenas si bastan los titulares para formarse una idea aproximada del problema. ‘No lo olvides: reduce tu comentario, hazlo más breve, de otra manera nadie lo va a leer’, es la recomendación que se hace a todo analista. Tanto por parte de los medios de comunicación como de parte de sus amistades y relaciones. Hay, en verdad, una razón de economía en todo ello: debe ahorrarse espacio; tanto digital como impreso. Y es que los costos se hacen menores para el lector y el editor. Como la Economía lo prescribe. Economía para no malgastar tiempo ni espacio, tanto propio como ajeno. Entonces, la oportunidad llega para abandonar el saludable legado que dejaran los teóricos sociales, y permitir el triunfante ingreso del ‘contrabando ideológico’, la palabra ‘comodín’, la acepción nueva.

Pero hay, aún, otro obstáculo para la producción escrita: puesto que la vida moderna fluye con extraordinaria rapidez y no hay tiempo para leerlo ‘todo’, lo inmediato, aquello que afecta a cada momento las relaciones humanas, se impone por sobre lo demás. La noticia es el modelo: ha de escribirse sobre lo actual, lo contingente, lo que sucede a diario sobre un territorio determinado. El inmediatismo es la consecuencia inevitable de esta prisa que impone el modelo. Sólo interesa la coyuntura; no hay tiempo para análisis más acabados. Así, los escasos medios de comunicación a los que se puede recurrir, formadores de opinión por estos avatares, crean conciencia y cultura al respecto, pero se trata de una cultura profundamente reacia a discutir cuestiones teóricas. La falta de teoría se impone como forma de vida, porque la razón se ve obligada a ceder paso al inmediatismo. Las consecuencias de esta nueva forma de pensar son fáciles de prever. Aparecen, así, conceptos extraños, difusos, nacidos a la grupa de las circunstancias, en la boca de líderes o directores de prensa que, empleados por el común de las gentes, comienza a ser considerados en el carácter de instrumental teórico. En consecuencia, como criterio de verdad. Las palabras ‘progresismo’ y ‘desarrollismo’ constituyen algunas de esas denominaciones antojadizas que han logrado imponerse en la vida política de las naciones. Y determinar, en consecuencia, el rumbo de las organizaciones políticas.

Como toda expresión que triunfa en determinadas épocas, el ‘progresismo’ ha sido definido en no pocas oportunidades e, incluso, ha hecho su aparición (¿cómo no?) en las aulas universitarias e instituciones de gobierno. Así, por ejemplo, un ex funcionario durante la presidencia de Michelle Bachelet lo hacía bajo los siguientes términos:

“El progresismo es una corriente política de centro-izquierda que cree en un Estado activo, eficiente y regulador, así como en una economía social de mercado capaz de priorizar la justa distribución del progreso alcanzado por toda la sociedad. Los progresistas adscribimos a la «mano publica» más a que a la «mano invisible» y estimamos que los mercados no son capaces de resolver el interés público a menos que sean supervisados y regulados, pues el bien común mas que el individual, requiere de una mirada fundada en la equidad, la inclusión, la conquista de derechos, la igualdad y la protección social (1)”.

El deseo de unir a los sectores populares en torno a la idea del ‘progresismo’ no es nuevo, en Chile; tampoco en las demás naciones del orbe. Los sectores de la Concertación hicieron no pocos esfuerzos para unir a su militancia en torno a ese concepto desde los primeros años del gobierno de Patricio Aylwin. Aunque esta idea alcanzó su máxima expresión bajo la presidencia de Ricardo Lagos. Pero, como sucede cada vez que la indigencia de términos se hace más manifiesta, también los sectores de la Coalición por el Cambio quisieron apropiarse de ese concepto suponiéndolo útil. No por otra razón expresaría el candidato presidencial Sebastián Piñera, al respecto, el 26 de diciembre de 2009, lo siguiente:

“Hay algunos políticos que se autoproclaman progresistas. Pero el verdadero progresismo, que es lo que nosotros vamos a promover, es fortalecer la familia, proteger a las mujeres y a los niños de la violencia intrafamiliar, extender el postnatal a seis meses (…) el verdadero progresismo es derrotar la delincuencia, la pobreza, el narcotráfico y devolverles a las familias su derecho a vivir sin temor y con dignidad”.

Refiriéndose al contenido de tales palabras diría, el 29 de diciembre de 2009, el ex presidente de la República Patricio Aylwin:

“Históricamente la derecha nunca ha sido progresista, la derecha es la fuerza conservadora. La izquierda es la fuerza que pretende avanzar”.

Y refrendando lo dicho por su antecesor, diría sobre el particular, ese mismo día, el otro ex presidente de la República, Ricardo Lagos:

“Que usted se ponga la etiqueta, no lo hace progresista. Lo hace progresista cómo vota en el Parlamento ¿Y cómo han votado en estos 20 años? Se han opuesto siempre estos progresistas de última hora a que haya más inspectores laborales… Cuando hay una concordancia entre lo que se dice y los hechos, entonces les vamos a creer”.

Si los políticos no son rigurosos en la terminología que emplea la ciencia política, mal puede exigírsele que lo sea un escritor de novelas que, a veces, acostumbra a incursionar en la movediza arena de la contingencia política con opiniones un tanto aventuradas. Y si esos políticos se disputan el alcance de los términos, no debe extrañar que lo haya hecho una persona como Jorge Edwards, ex militante del PS y adherente a la candidatura de Sebastián Piñera, el 8 de enero de 2010:

“Cuando aparecen personas que monopolizan el concepto de progresismo y que se declaran progresistas, hay que tener mucho cuidado y por eso desconfío de los grandes profetas del progresismo”.

Y, por si fuera poco en esta verdadera exultación del progresismo, días antes de realizarse las elecciones que darían el triunfo a Piñera, el propio candidato de la Concertación (Eduardo Frei) hacía escuchar su voz, el 11 de enero de 2010, para precisar:

“Progresismo es protección social y una reforma laboral que Chile no realiza hace 20 años (2)”.

La discusión resulta extraña, pues ya en 2003, un grupo de analistas encabezados por Mario Waissbluth, había dado a conocer un documento en el que hacían una severa crítica al llamado ‘progresismo’ de la Concertación al que negaban toda vigencia, y  calificaban como simple “ficción de los derrotados” (3). En dicho documento, junto con denunciar la verdadera etimología del ‘progresismo’, indicaban los analistas el contrasentido que significaba apelar al ‘progreso’ a través de intentar revitalizar las tesis de la social democracia europea del ‘estado del bienestar’, algo que pertenecía al pasado. El ‘progreso’ aparecía, de esa manera, como una contradicción en sí, pues se trataba, en verdad, de una real ‘regresión’.

El documento de tales analistas, un tanto festivo e irreverente, no analizó con profundidad los hechos. Incluso, incurrió, a su vez, en ciertas licencias gramaticales un tanto discutibles, como se puede apreciar en esta frase:

“[…] el modelo americano es el más avanzado […]”

Con prescindencia de la aceptación implícita que concede el documento a la apropiación de la palabra ‘América’, tan usual en las expresiones de los norteamericanos referidas a su nación, los modelos no pueden considerarse más o menos ‘avanzados’ sin el imperio de una forma de pensar que considere al ‘progreso’ o al ‘desarrollo’  como el mecanismo óptimo de la naturaleza para juzgar a sus obras.

‘Progresismo’ implica hacer apología del ‘progreso’, concepto, a su vez, vinculado al ‘avance’, al ‘desarrollo’  o ‘perfeccionamiento’, a la ‘acción de ir adelante’, como expresamente lo señala el Diccionario de la Real Academia Española.

El ‘progreso’ no puede, por consiguiente, concebirse sin el ‘desarrollo’. Uno y otro concepto marchan juntos. Sin embargo, así como el progreso no puede marchar sin el desarrollo, no todo desarrollo marcha de la mano con el progreso, porque el desarrollo puede conducir hacia formas de existencia inesperadas, a menudo, poco deseadas e, incluso, ‘regresivas’.
La idea del ‘progresismo’ no fue acuñada en las aulas de la investigación social sino, como muchas otras expresiones similares, por políticos tradicionales, a quienes se acostumbra atribuir dominios teóricos de los cuales dificultosamente se encuentran en posesión. Las informaciones más fidedignas indican que fue el presidente norteamericano William F. Clinton (Bill Clinton) quien empleó oficialmente la palabra ‘progresismo’ para definir la política que iba a impulsar durante su gobierno. De hecho, a instancias del propio presidente Clinton, se constituyó en 1999 la llamada  Red de Líderes Progresistas, a la que se incorporó como uno de sus principales gestores el primer ministro británico Anthony Blair (Tony Blair). A partir de ese momento, dicha organización no ha cesado de reunirse periódicamente en publicitadas cumbres como lo han sido las de Berlín (2000), Estocolmo (2002), Londres (2003 y 2008), Budapest (2004), Johannesburgo (2006) y Viña del Mar (2009), ocasión en la cual el premier británico Gordon Brown declaró sentir orgullo por el coraje y liderazgo ‘progresista’ de Michelle Bachelet. Así, pues, el ‘progresismo’ ha de vincularse necesariamente a la socialdemocracia internacional, socialismo internacional o internacional socialismo, movimiento que encuentra en Edouard Bernstein uno de sus mejores exponentes teóricos.

Desde este punto de vista, si ‘progresismo’ es un conjunto de ‘ideas y doctrinas progresivas’, como lo señala el Diccionario de la Real Academia Española en su primera acepción, dicho concepto guardaría estricta armonía con lo que, en su segunda acepción, el mismo diccionario indica ha de entenderse por tal, es decir, el ‘partido político que pregona estas ideas’. En la edición de 2005, el mismo diccionario indica que progresismo es una ‘doctrina o ideas de carácter avanzado e innovador’. La palabra ‘progresismo’ deriva de ‘progreso’ que viene a ser una ‘mejora, adelanto, en especial al referido adelanto cultural y técnico de una sociedad’. Sin embargo, construir conceptos o definiciones recurriendo al empleo de las mismas palabras que se trata de precisar (como definir al ‘progresismo’ con ‘ideas y doctrinas progresivas’) constituye, en filosofía, a no dudarlo, una ‘petición de principio’; y la petición de principio conduce al ‘círculo vicioso’.

Con todo, el progreso orienta, pues, la idea de ‘progresismo’ como una mejora, un adelanto, un avance. Implica la proyección hacia el porvenir. El progresismo, así entendido, sería una forma de concebir al ser humano en marcha hacia un futuro cada vez más promisorio. Esta idea del proceso de desarrollo sostenido, de la superación permanente, en donde toda sociedad pasada aparece como eslabón necesario dentro de esa marcha que conduce hacia manifestaciones cada vez más excelsas, induce a concebir un ser humano convencido de desempeñar el rol de especie ‘elegida’, creada por la divinidad para reinar sobre las demás. La idea del progresismo, así manifestada,  no difiere mayormente de la concepción judaica de ‘pueblo elegido’, el núcleo humano destinado por Jahvé a conducir la humanidad.

La concepción ‘progresista’ separa, pues, a las sociedades que no marchan con la prisa exigida por la forma de acumular vigente, de aquellas que sí lo hacen. Entonces, la conclusión se presenta como un resultado obvio: las que han quedado relegadas en la historia son sociedades inferiores, atrasadas, primitivas. Hay, en consecuencia, un fatalismo en virtud del cual las naciones que avanzan o se superan a sí mismas en la realización del sistema aparecen como destinadas a dominar a las otras por una especie de mandato divino. La dominación se presenta sacralizada, a la vez que la discriminación encuentra su fundamento teórico.

Fue bajo esa forma de pensar que se establecieron los conceptos de naciones ‘desarrolladas’ y en ‘vías de desarrollo’, idea que informó, también, la pintoresca separación de los mundos en ‘primero’, ‘segundo’ y ‘tercero’ donde el primero era Europa, Estados Unidos y Canadá, el segundo estaba constituido por la URSS y sus naciones satélites, reservándose el nombre de ‘tercero’ para el resto de las naciones del planeta.

Pero, si existen sociedades ‘atrasadas’, ¿cómo se explica que, cuando fallan las técnicas modernas se recurra ineluctablemente al empleo de las antiguas? ¿Cómo se explica que, frecuentemente, se esté volviendo o retornando al uso de remedios o medicamentos de nuestros antepasados para sanar enfermedades en las que, a menudo, los modernos tratamientos han resultado por completo ineficaces?

La idea del ‘progreso’ (y, por ende, del desarrollo) conduce, además, a otros derroteros: no puede separársela de una particular forma de concebir la historia, que aparece como una ‘sucesión’ de hechos (militares) cronológicamente ordenados, como si cada uno de ellos fuese necesario resultado del que le antecede. La historia, así concebida, se denomina ‘lineal’: se proyecta hacia un futuro en constante superación de sí misma. 

El ‘progresismo’ no es ‘fascismo’; sin lugar a dudas, pero no puede negar su íntima relación con esa doctrina. Puede ligársele, en todo caso, a las ideas de Friedrich Nietzscche, para quien el ser humano es el puente entre el mono y el superhombre, y exaltar así en forma desmedida a la humanidad, colocarla en un sitial por sobre los demás seres vivos y transformarla en la expresión personalizada de quienes, convencidos por la bíblica serpiente a comer del fruto prohibido, se encuentran convencidos que solamente de esa manera “llegaréis a ser como dioses”. Hasta hace poco (no más de 30 años), también la teoría de la evolución se encontraba fuertemente asociada a la idea del progreso y del desarrollo. La generalidad de los autores entendían la evolución como una ruta hacia el perfeccionamiento constante, hacia la superación de las especies en sí mismas, una superación que jamás terminaría y que hacía presumir un camino hacia la sublimación de ‘ser como dioses’. El progreso del ser humano había de conducirlo a su perfección y hacerlo así semejante a la divinidad. Sin embargo, el conocimiento más acabado de cómo funciona la tierra, la madre tierra, Gaia, la Pachamama, demostró que todas aquellas concepciones no eran sino simples falacias. El ser humano adviene en un mezquino tiempo dentro de la existencia del planeta. La madre tierra se las arregló muy bien a lo largo de su historia para vivir sin nosotros. Jamás le hicimos falta. Y si no le fuimos necesarios en el pasado, no tenemos por qué serles en el presente; mucho menos, en el futuro.

Pero, volvamos al progreso, a la sucesión metódica de fases hacia formas siempre superiores de vida. ¿Se ordenan de esa manera los sucesos? ¿Son, los hechos, consecuencia directa de aquellos que les anteceden? Un suceso, ¿debió, necesariamente, tener lugar en cierta época y lugar determinados? ¿Existe, en suma, un fatalismo que conduce a un resultado único y previsible?

A nuestro entender, tal concepción no resiste el menor análisis. Los sucesos no son fatal consecuencia de los que les anteceden cronológicamente. Sí aparecen como tales, pero ello se debe a la simple circunstancia de haber optado una sociedad por determinada vía frente a varias alternativas; la teoría de las catástrofes de Thom (teoría de las bifurcaciones) se nos hace presente, en esta parte, con la fuerza de la verdad. Porque es el acto de optar, el acto de manifestarse frente a una opción, lo que determina el curso de los acontecimientos, no una suerte de predestinación. La posibilidad de cambiar la historia sigue siendo, en consecuencia, resorte de la voluntad humana. Siempre y cuando dicha voluntad decida manifestarse en tal sentido. Y es esta circunstancia la que da significado a las luchas sociales. De otra manera, la vida misma no tendría razón de ser.

Entonces, si no hay progreso ni desarrollo, ¿qué otra explicación puede darse a la extrema movilidad que exhibe a diario la naturaleza? ¿A qué se debe el cambio continuo que experimentan las personas y los fenómenos?

Las modernas concepciones parecen alejarse de la idea de aceptar la evolución como una ininterrumpida vía hacia la perfección y, por el contrario, consideran al universo como un inmenso todo en perpetua transformación, en constante cambio; se trata, en suma, de una organización que, continuamente, se está manifestando a través de nuevos modelos, de nuevas formas de presentarse y subsistir. Tales modificaciones no constituyen, en modo alguno, avances o retrocesos. Son simples ‘configuraciones’, estructuras que se van organizando al modificarse la disposición de sus elementos, es decir, cuando éstos abandonan al modelo primitivo, cuando otros nuevos se incorporan al mismo o cuando alguno de ellos experimenta transformaciones esenciales. Dichas ‘configuraciones’ ―esas nuevas manifestaciones que nacen al adoptar sus elementos una disposición diferente o una distribución distinta― arrojan estructuras nuevas, ordenamientos sorprendentes, formas de organización que no se habían presentado antes, pero que no superan ni perfeccionan a la anterior, y que en modo alguno son inferiores a aquella: apenas si corresponden simplemente a un modo distinto de distribuir ciertos y determinados componentes ya existentes o incorporados con posterioridad. La naturaleza aparece, así, como un inmenso caleidoscopio en perpetua producción de nuevas configuraciones, de modelos que jamás se repiten sino se manifiestan en medio de una diversidad verdaderamente asombrosa. Stephen Jay Gould, que falleciera hace algunos pocos años, paleontólogo y ex presidente de la American Asociation for the Advance of Science (AAAS) no entendía sino de esa manera lo que llamaba ‘la estructura de la teoría de la evolución’ (‘The structure of the evolution theory’) (4). Para este hombre de ciencia no existen sociedades adelantadas ni atrasadas sino, simplemente, sociedades nacidas en determinados momentos de la evolución, formas de vida que se generan de acuerdo a los requerimientos de cada época y de cada lugar.

Si en determinadas circunstancias se acuñan conceptos que, como el desarrollismo y el progresismo, inducen a error, es porque las sociedades se organizan verticalmente, con sujetos que se erigen en dominadores de un amplio espectro social que pasa a ser el dominado. No necesitamos insistir aquí en el hecho que los primeros constituyen tanto el poder material como espiritual de la sociedad. Son ellos quienes acuñan los conceptos. En las sociedades altamente jerarquizadas, son sus líderes quienes lo hacen. Y los centros de estudios superiores aportan su metodología. Bill Clinton oficializó el progresismo (5). Trató, incluso de organizar una comunidad de líderes ‘progresistas’. Pero los líderes no se caracterizan, precisamente, por su brillantez intelectual sino, más bien, por su abierta inclinación al autoritarismo, a disputar la dirección del conjunto social, a encaramarse por sobre los demás, a hacer valer derechos cuyo ejercicio se encuentra vedado al común de los mortales.

No nos parece, por consiguiente, que la idea del progreso o del desarrollo sea una forma adecuada para aplicarla a la evolución de las especies; no nos parece entender de esa manera el rol de los seres vivos sobre la tierra. Antes bien, consideramos esa forma de concebir el rol del ser humano como una grotesca caricatura de lo que, precisamente, ha sido la obra de la naturaleza.

Las sociedades no son más buenas ni más malas que otras. Con una gran diferencia. Históricamente, aquellas que precedieron a la actual pueden ser calificadas como ‘sociedades de dominación’. Y pueden ser consideradas ‘buenas’ o ‘malas’. Porque, para quienes son explotados dentro de ellas, son nefastas cuando los sectores dominantes extreman las condiciones de vida de los sectores más necesitados; por el contrario, son buenas cuando existe una cierta tolerancia que permite mayores espacios de libertad y hay un mejor reparto de la riqueza social.

La concepción lineal de la historia, que marcha a parejas con los conceptos de desarrollo y progreso, tienden a entregar una visión errónea de lo que ha de entenderse por evolución. Y hace olvidar las viejas enseñanzas de quienes quisieron legarnos un instrumental teórico que, pese a todo, aún nos permite enfrentar con éxito las luchas que hemos de librar por poner fin a todo tipo de dominación.
Santiago, abril de 2010

Notas:
1. Carabantes Hernández, Neftalí: “En torno al progresismo”, documento publicado por los organismos del gobierno de la Concertación. Carabantes fue Subsecretario General de Gobierno en la época de la presidenta Bachelet. Su documento puede encontrarse en un sitio de Internet.

2. Las citas han sido tomadas de diversos medios de comunicación incorporados a Internet.

3. Waissbluth, Mario y otros: “Un elefante llamado progresismo”. El documento se encuentra disponible en Internet.

4. Gould, Stephen Jay: “Th estructure of evolution theory”, publicada íntegra en Internet, en su idioma original y, en castellano, por Tusquets Editores.

5. Sebastián Piñera acuñó el término de ‘puerta giratoria’; Ricardo Lagos incorporó la ‘teoría del jarrón’ al léxico social, Radomiro Tomic habló de ‘la política del chorreo’, Pinochet del ‘comunismo/leninismo’, en fin. La palabra ‘GAP’ con la cual se trató de desprestigiar al grupo de personas que cuidaba al presidente Allende fue inventada por el periodista Miguel Otero, director de la revista ‘Sepa’, hoy embajador del gobierno de Piñera en Argentina. Las palabras ‘izquierda’ y ‘derecha’ no tienen un origen diferente; tampoco lo tiene la expresión ‘globalización’. Y así podemos citar muchas otras.  La prensa es creadora de cultura y, si la cultura que se impone, como parte de la ideología, es la de las clases dominantes, no debe extrañar que si en USA se emplea la expresión ‘11-S’ por los medios de comunicación para hacer referencia al 11 de septiembre de 2000, lo haga también España para los sucesos del 4 de marzo (‘4-M’) y, finalmente, lo venga a hacer Chile para el terremoto de 27 de febrero pasado (‘27-F’). Las reglas de la repetición se imponen en todas las latitudes a los sectores tanto de ‘izquierda’ como de ‘derecha’.

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