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La tinellizacion de las derechas 

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De la afirmación según la cual el conflicto constituye el motor del cambio, no se desprende necesariamente que las transformaciones resultantes de toda lucha conlleven obligatoriamente emancipación o conquista de mejores condiciones materiales de vida de las mayorías, sea en el plano de la riqueza, de las libertades, de los derechos y goces, de apropiaciones simbólicas, cognitivas, o más difusamente, de calidad de vida. La historia no reconoce un curso lineal y mucho menos secuencialmente progresivo. Por el contrario, las caídas, retrocesos y tragedias son parte constitutiva de su ontología (baste traer a colación el nazismo, el stalinismo, el terrorismo de Estado, etcétera) así como los grandes saltos y las ocasionales tomas del cielo por asalto.

En América Latina se concentra actualmente la casi totalidad de las potencialidades ­y consecuentes esperanzas­ transformadoras del mundo en dirección a una reapropiación de los propios destinos y de los derechos dilatadamente conculcados. También por primera vez una agregación significativa, una masa crítica importante, de países con sesgos progresistas que producen alguna sinergia regional e influencia mutua. Una suerte de embrión gestáltico inédito en más de cinco siglos de humillación y saqueo. El verde con que este diario coloreó el mapa de 15 países de nuestro subcontinente celebrando en tapa la victoria de Funes en El Salvador el lunes 16 de marzo, no debería soslayar la policromía necesaria de una cartografía política de nuestro subcontinente y sobre todo las variaciones, rápidas y contundentes unas, tenues y lentas otras, que el devenir político va produciendo. La creatividad tituladora, la orfebrería de tapa, logra en este y otros memorables casos una síntesis conclusiva que es siempre el estímulo de la lectura de su interior, a la búsqueda del contexto y el fundamento, nunca una sentencia definitiva y acabada. Las "urnas abiertas de América Latina", con que se parafrasea a Galeano, enuncia tanto el carácter electoral del procedimiento institucional del cambio en curso cuanto la potencial inestabilidad y contramarcha, su carácter abierto. El triunfo derechista en Panamá obligaría a revisar el mapa, pero no es el plano lo que nos inquieta sino la forma y carácter del conflicto que modifica la coloración en general.

Del resultado del conflicto deriva la paleta de colores. Y si bien, tal como venimos sosteniendo en este espacio, la derrota del terrorismo de Estado como proyecto político de dominación impide la emergencia de las formas más bárbaras de conflictividad, la reacción no espera contemplativamente el curso de los acontecimientos sino que, dentro de las particularidades de cada país, se rearticula, configura nuevas alianzas o consolida las ya estructuradas y se lanza decisivamente a protagonizar el conflicto con los inmensos recursos a su disposición. Pero en este contexto de relativa estabilidad constitucional continental, la arena privilegiada de la derecha serán los medios masivos de comunicación, un terreno en el que los gobiernos progresistas han producido cambios insignificantes, cuando no directamente nulos. El centro de la disputa es la hegemonía, en el más amplio sentido gramsciano.

El otrora golpismo armado se estructura hoy como un movimiento político prioritariamente plebiscitario de pretensión revocatoria. Su existencia no sólo es palmaria en Bolivia y Venezuela sino en todo el resto de la región, con particular recrudecimiento de la violencia discursiva en Argentina, aunque algo atenuado se verifica en Ecuador, Chile, Brasil y Uruguay, país en el que los editoriales del diario "El País" y las bengalas perdidas del semanario "Búsqueda" son verdaderas perlas de la desestabilización a través del denuesto, al que le supongo además sus correlatos audiovisuales.

La incipiente sinergia política señalada en América Latina opera también, en sentido inverso, para la resistencia, particularmente cuando de estrategias comunicacionales se trata, favorecidas por la globalización y la difusión de las nuevas tecnologías informativas. Un formateo recurrente podrá encontrarse en los diferentes ejemplos nacionales aunque luego se adapten a las particularidades y requerimientos discursivos, ideológicos y estéticos de cada país, cuyo objetivo último no es exclusivamente imponerse electoralmente sino que es el control biopolítico y la recuperación del nivel de hegemonía de la década neoliberal. La disputa electoral es sólo la circunscripción institucional de la arena conflictiva.

En el caso argentino parecen darse todas las condiciones para que la reestructuración de la derecha y la reconstrucción hegemónica tengan lugar, con ineludibles implicancias aletargantes hacia el resto del subcontinente. En primer lugar porque la ofensiva sostenida desde el otoño pasado con el lock-out patronal agrario y el rearme político de alianzas de derecha, se monta sobre una indisimulable crisis institucional que no es sino la que denunció la insurrección popular de diciembre de 2001 y que continuó hasta estos días. La recuperación económica posterior consiguió hibernarla hasta resucitar al calor conflictivo actual. Esta crisis resulta ya ineludible no sólo por el hecho de que, a diferencia de la demanda popular de que "se vayan todos", no se fue ninguno.

Sin que ello resulte poco, hay dos grandes contribuciones novedosas a la descomposición institucional y al pleno derrumbe ético de la vida política argentina que, aunque ya irreversible en la orilla occidental del Río de la Plata, convendrá precaver su propagación internacional con mucho más cuidado aún que la propia gripe porcina. Me refiero, desde el oficialismo, a la descarada instauración de candidaturas "testimoniales" y desde sus adversarios, a la tinellización plena de la política. Ambas son construcciones político-mediáticas por igual. No hay masas movilizadas, no hay bases en la disputa. Podría suponerse que sólo el ejemplo de "Show Match" lo fuera, pero tal es la incapacidad de construcción de nuevos liderazgos, referencias ideológicas y alternativas que, aun en el descrédito de los testimonialistas suman, según la encuestología, por el solo hecho de ser, por sus funciones ejecutivas o artísticas, simplemente mediáticos.

La ausencia de una izquierda, tara aparentemente congénita de esta nación aludida, podrá parcialmente contribuir a un principio explicativo de esta resultante demoledora de cualquier enriquecimiento ciudadano o conquista popular alguna, salvo que sorpresivamente resulte de alguna dádiva o graciosa concesión. Fundamentalmente porque los testimonialistas, no hace mucho sindicados por el repudio popular adquirido, serán simples mascarones de proa de vaya uno a saber qué caterva encubierta en la turbia opacidad de las listas sábana. Y porque la irrupción del "gran cuñado" en la escena electoral, aun su aparente equidistancia, se erige en el succionador del posible resto de ética y contenido político que pudiera sobrevivir al derrumbe del edificio institucional. Seguramente el conductor no desprecie el beneficio del rating que la coyuntura le aporta, pero su función central es el vaciamiento de las raíces cívicas de la sociabilidad reflexiva, de los cimientos comunitarios de la política.

No es mi propósito negar el carácter creativo, denunciatorio y corrosivo del humor. Muy por el contrario, ya en los orígenes de los tibios intentos modernizadores en el siglo XIX del Río de la Plata, la caricatura política jugó un rol cardinal en su auxilio. José María Cao Luaces en las revistas "El Mosquito" y "El Quijote" fue el iniciador de una saga deliciosa que posiblemente culmine la revista "Humor" durante el Estado terrorista. Pero a la vez no puede soslayarse en el plano teatral el sainete y el bodevil en los comienzos del siglo XX, o el impacto masivo de la revista "Caras y Caretas", además de algunas pocas excepciones de producción televisiva en la segunda mitad del siglo pasado e inicios del presente. Pero no es el caso de la socarronería tinelliana al servicio de mucho más que sí mismo e inclusive de la mera banalidad desinhibida. No es difícil advertir los intereses políticos y económicos que lo sustentan y atraviesan y el peligro que su exportación conlleva.

Si bien la señal ingresa al Uruguay, no advierto aún una trasmisión de sus síntomas, lo que no debe llevar a descuidar resguardos indispensables. También ingresa la revista "Caras", sin éxito visible. Tal vez sea por los anticuerpos cívicos e institucionales que han logrado generar los orientales a fuerza de preservación institucional. Un país que pierde como hace pocas semanas una Idea poética, la Vilariño, y trascartón al más popular de los poetas hispanos, y los despide con movilización, congoja popular y consecuente desatención televisiva, tiene más chances de recuperar potenciadamente esos dos votos cantados que le arrebató la muerte, en las metáforas de futuro que viene escribiendo en el presente.

– El autor es Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
– e-mail de contacto:
cafassi@mail.fsoc.uba.ar

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