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Militares, Civiles e Integración Latinoamericana

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Fui invitado a un seminario sobre militares, democracia e integración latinoamericana; en el cual participarían uniformados, en retiro y en servicio activo, de diferentes países del Cono Sur… Con la experiencia chilena, todo me indicaba que el programa anunciado no era más que un eufemismo o una declaración de intenciones.

Pero me vería gratamente sorprendido. Para mi fortuna la realidad le dio un bien merecido portazo en pleno rostro a mis prejuicios. Los militares resultaron ser democráticos, respetuosos del poder civil y de los derechos humanos, recelosos de Estados Unidos e integracionistas. Sí, así como Ud. lo lee. Y no sabe el gusto que fue escuchar que el mesianismo fruto de la Doctrina de Seguridad Nacional llevó a los militares a dar golpes y cometer crímenes atroces, que nunca debieron tomar distancia de la ciudadanía, que no debían depender material e ideológicamente de Estados Unidos o que los actuales desafíos de América Latina y los que enfrentará a futuro se deben revolver en conjunto. Por todo lo cual, ¡los propios militares eran demócratas e integracionistas convencidos!

Respecto al tema específico de la integración, ciertamente los dichos de los uniformados pueden basarse en un imperativo estratégico: un fuerte puede derrotar fácilmente a un débil y saquear sus recursos a placer. Por cierto, “divide para gobernar” ha sido la política de Estados Unidos en el continente, desde sus ingentes esfuerzos por hacer fracasar el proyecto de Bolívar de conformar una “Patria Grande” a la fecha. Y sí que han tenido éxito. No obstante, como buenos militares, los participantes del citado seminario saben que a un enemigo poderoso no se le pueden dar ventajas.

Mas, ciertamente, las voces que escuché no se quedaban en eso. También y por fortuna, la integración era un objetivo “ideológico” (o “romántico” dirán otros con desdén). De ahí que la solución de los problemas limítrofes que aún subsisten entre las naciones latinoamericanas, señalaban, deben ser prontamente solucionados. De más está decir que por vías pacíficas. No había duda alguna en la conveniencia y urgencia de lograr tal objetivo.

Al tomar en cuenta todo lo que oí al respecto, no pude dejar de comparar a estos militares —unos tipos que “trabajan” en algo que los matará y ciertamente no como un accidente laboral—, con las opiniones chovinistas de gran cantidad de civiles chilenos que he conocido.

Puntualmente, me quiero referir al tema del mar para Bolivia. Mar que le fue arrebatado en una guerra, o sea, algo así como un asalto a mano armada. Y cuando las constituciones chilenas de 1822, 1823 y 1833 reconocían que el límite norte de Chile es el desierto de Atacama. En otras palabras, no hay legitimidad en la situación… a menos que aceptemos que los cogoteros son justos dueños de lo que roban y que las constituciones son documentos a los que no debe hacérseles mayor caso.

Por otro lado, siempre me han llamado la atención los fervientes “nacionalistas” que ponen el grito en el cielo por un pedazo de tierra, mientras no dijeron ni dicen nada por otras pérdidas de soberanía mucho más graves para la conveniencia del país y hasta de sus futuras generaciones. Por ejemplo, por la pérdida de soberanía que implicó la deuda externa contraída por Pinochet; la venta de empresas del Estado a precio vil; o el regalar los derechos de agua, los recursos marinos y los minerales a los privados. Visto así, ¿qué será en realidad la soberanía para esos singulares nacionalistas? Además, no merece comentario alguno pretender extender por toda la eternidad una situación de conflicto con un vecino: no siempre tendremos más armas que él y a los países les es imposible “cambiarse de barrio”…

Ahora bien, sobre el tema del mar para Bolivia me quiero referir específicamente a la experiencia algo curiosa que tuve con dos personajes. Estos eran puntualmente mujeres y “comprometidas” con temas humanitarios y progresistas. Una con las desigualdades entre hombres y mujeres, la otra relacionada a la solución jurídica del tema de los desaparecidos. Claro que comparadas con los militares antedichos, estas poco tenían que envidiarle a un nacionalista militante. Para ellas ni por nada del mundo se le podía ceder territorio a nuestros vecinos. Que la soberanía, que el territorio, que lo ganamos, etc.

Tales opiniones, fuera de que me extrañan en sí, me causaron todavía más desconcierto dado que quienes las sostenían se suponían sensibilizadas con las injusticias por sus labores cotidianas. Asimismo, me sorprendí porque eran mujeres. Y siendo mujeres, por lo que he aprendido últimamente, deberían poseer características singulares y positivas por el sólo hecho de serlo: comprensivas, abiertas, acogedoras, consensuales, etc. De hecho, yo hubiera creído que ser expansionista y estar contra la integración no cuadraba con el cúmulo de altas cualidades matrízticas. Que aquellas eran parte de las típicas actitudes masculinas… una más de sus numerosas cualidades negativas.

Para terminar quiero plantear dos cosas. Primero, que las trabas a la integración en Chile derivan del chovinismo y racismo de una parte no menor de la ciudadanía. En ello fundan sus sentimientos contra otros latinoamericanos; y en especial contra los bolivianos. Miserable actitud en que basan su complejo de superioridad. En segundo lugar, he de aceptar que me confunde que el chovinismo sexista que afirma las positivas cualidades del género masculino y las negativas del femenino, sea malo y poco riguroso. Mientras que el que invierte los papeles sea bueno y riguroso.

Pero en fin, volvamos al principio: ¡qué bueno que existan militares democráticos e integracionistas!

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