(APe).- Con el título “Proyecto de Reasentamiento Humano en Condiciones de Emergencia”, un ex intendente de Santa Cruz de la Sierra publicó en los ’80 una Memoria sobre el origen del Plan Tres Mil, ciudad satélite que ya tiene casi 250 mil habitantes y que junto a Villa Primero de Mayo (180 mil), constituye la más seria preocupación que tienen hoy las élites que por décadas monopolizaron el gobierno y la política en el Oriente boliviano.
Aquel proyecto se llamó “Plan Tres Mil” porque fue diseñado para reasentar a 3.200 familias que en 1983 se habían quedado sin casa debido a las ríadas (desbordes e inundaciones) del río Piraí.
Más allá de las consideraciones urbanísticas, sociológicas y/o antropológicas que puedan hacerse sobre el Plan Tres Mil, lo concreto es que -como reconoce en su Memoria el ex intendente- “un año después del inicio, las 400 viviendas construidas no alcanzaban a cubrir ni la mitad de la población asentada. Algunas familias vivían en las viejas carpas, convertidas en viviendas permanentes…”
Cumpliendo una triste regla latinoamericana (políticas intermitentes, negación de derechos a la población más vulnerable, improvisación), la emergencia del Plan Tres Mil se convirtió en permanencia. La excepción (que no era tal) se hizo norma.
Por eso, en dos décadas y media de existencia, el Plan Tres Mil se convirtió en receptor de las familias expulsadas por el latifundio y la desocupación rural en el Oriente y otras regiones de Bolivia. Por eso llegó en apenas un cuarto de siglo a tener un cuarto de millón de habitantes.
Cabecitas negras, etc.
En la Argentina del primer peronismo (1946-1951), la clase media “blanca”, de origen inmigratorio, acuñó la expresión “cabecita negra”, para referirse no a los pajaritos que llevan ese nombre, sino a los criollos de tez oscura llegados del campo, varones que conseguían empleo en las ciudades y que debían usar cuello blanco y corbata cuando accedían a la función pública.
Los “doctores” que descendían de un padre o un abuelo inmigrante se distanciaban así de los recién llegados. Los rechazaban. Los discriminaban. Los hacían sentirse extranjeros en su propia tierra.
Algo semejante está ocurriendo en Santa Cruz de la Sierra.
Los “cambas” (así se identifican los nativos del Oriente, sean blancos o mestizos, con una veta de sangre guaraní), que se sienten invadidos por los “coyas” provenientes del Norte y el Occidente, los rechazan, los discriminan y, sobre todo, no soportan que esa cultura ancestral y originaria de los quechuas, los kollas y los aymaras haya llegado -vía Evo Morales- al gobierno del país.
Entonces, igual que aquellos hijos de los obreros petroleros de los ’70 que se hicieron doctores e ingenieros en la Venezuela de los ’90; o como los estudiantes fubistas (pertenecientes a la FUBA) en los primeros tiempos de Perón; o como esos cubanos acomodados en Miami cuando vieron llegar a los “marielitos” en los ‘80; o como los mulatos portorriqueños que desprecian a los que no tienen ¡al menos una gota! de sangre blanca, los discriminan, los rechazan, los expulsan de sus ciudadelas.
Claro que en la Ciudadela Andres Ibáñez (también llamada Plan Tres Mil) eso no es posible. Allí hay pobres de todas las etnias. Ellos hablan en guaraní, en aymara, en quechua, en mocoví. Y están obligados, porque así lo ha querido la historia, a CONVIVIR.
En el Plan Tres Mil, ciudad satélite de Santa Cruz de la Sierra, lo mismo que en la Villa Primero de Mayo y otras barriadas populosas, que crecen con el ritmo y la fuerza de la vida, está surgiendo, imparable, otra Bolivia.
Podrán golpear y asesinar. Podrán defender con ferocidad (y cinismo) sus privilegios. Pero no podrán detener la marea incesante de los pobres, la sal de la tierra, los herederos legítimos de toda esa dicha escamoteada y acumulada en siglos -no importa cuántos- de injusticia.
15/09/08
* Fuente: Agencia de Noticias Pelota de Trapo
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