En agosto de 1823, el ministro de relaciones exteriores de Inglaterra, George Canning, propuso al embajador americano en Londres, Richard Rush, una declaración conjunta, contra cualquier “intervención externa”, en América Latina. El presidente James Monroe, apoyado en su secretario de estado John Quincy Adams, declinó la invitación inglesa. Pero tres meses después, el propio Monroe propuso al Congreso Americano, una doctrina estratégica nacional casi idéntica a la de la propuesta inglesa. Fue así que nació la “Doctrina Monroe”, el día 2 de diciembre de 1823.
Como era de esperar, los europeos consideraron la propuesta de Monroe impertinente y sin importancia, partiendo de un estado que todavía era irrelevante en el contexto internacional. Y tenían razón: basta registrar que los Estados Unidos sólo reconocieron las primeras independencias latinoamericanas, después de recibir el aval de Inglaterra, Francia y Rusia. E inclusive después del discurso de Monroe, se rehusaron a atender el pedido de intervención de los gobiernos independientes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México. Por esto, muy pronto, los europeos y los propios latinoamericanos comprendieron que la Doctrina Monroe había sido concebida, y sería sustentada durante casi todo el siglo XIX, por la fuerza de la Marina y de los capitales ingleses. Y sólo pasó de hecho a las manos norteamericanas, a principios del siglo XX. Hasta ese momento, América Latina fue una especie de “protectorado” inglés, y los Estados Unidos restringieron su acción militar a su territorio más próximo, e incluso así, cuando contaron con el apoyo o con la neutralidad inglesa. Por lo menos hasta la Guerra Hispano-Americana, en 1898, cuando los Estados Unidos conquistaron Cuba y las Filipinas, antes de que el presidente republicano, Theodore Roosevelt, propusiera un cambio esencial en la Doctrina Monroe, en diciembre de 1904.
El “Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe”, se hizo conocido por su defensa del derecho de intervención de los Estados Unidos en los estados americanos “incapaces” de mantener su orden interno, y de cumplir con sus compromisos financieros internacionales. Ya no se trataba, por lo tanto, de una estrategia de defensa contra enemigos externos, como se puede ver, en una carta enviada por Roosevelt a su secretario de estado, en mayo de 1904: “Cualquier país o pueblo que se comporte bien, puede contar con nuestra amistad cordial. Si la nación demuestra que sabe actuar con una razonable eficiencia y decencia en los temas sociales y políticos, si sabe mantener el orden y paga sus deudas, no precisa tener miedo de interferencia de los Estados Unidos. Un mal comportamiento crónico, o una impotencia que resulte en el debilitamiento de los lazos de civilidad social pueden requerir, en América o en cualquier otro lugar del mundo, la intervención de alguna nación civilizada, y en caso del Hemisferio Occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe, puede forzar a los Estados Unidos a ejercer un poder policial internacional.” (Pratt, 1955: 417)[i].
Entre 1900 y 1914, la nueva doctrina legitimó la intervención externa de los Estados Unidos y la creación de una serie de protectorados militares y financieros, de los Estados Unidos, en República Dominicana, Haiti, Nicaragua, Panamá y Cuba. En su nueva condición, estos países mantenían su administración interna, pero no controlaban su política externa, ni su política económica. Y los Estados Unidos mantenían el derecho de “re-ingreso” en el caso de desórdenes sociales o políticas. Fue en este momento, además, que los Estados Unidos asumieron, por primera vez, el papel de policía internacional, transformando al Caribe en un “mar interior”.
Algunos años después, en 1914, al inicio de la administración de Woodrow Wilson, el nuevo presidente demócrata agregó un nuevo item a la política latinoamericana de los Estados Unidos, con una simple frase de efecto, dicha a un interlocutor inglés: “Yo voy a enseñar a estas repúblicas sudamericanas a elegir hombres buenos” (idem, p:423). Con este objetivo, Woodrow Wilson completó el diseño de la estrategia continental de los Estados Unidos en el siglo XX, basada en tres derechos de intervención – auto-atribuidos – en cualquier territorio del “hemisferio occidental”: i) en caso de “amenaza externa”; ii) en caso de “desorden económico”; y, iii) en caso de “amenaza a la buena democracia”. En el período de la Guerra Fría, los Estados Unidos patrocinaron en todo el continente, guerras civiles, intervenciones militares y regímenes dictatoriales contra un supuesto “enemigo externo”. Después del fin de la Guerra Fría, patrocinaron en los mismos países, intervenciones financieras y reformas económicas neoliberales, para combatir un supuesto “desorden económico interno” y garantizar el cumplimiento de los compromisos financieros internacionales de América Latina.
Y, finalmente, a partir de 2001, los Estados Unidos incentivan a las fuerzas y a la opinión publica, contra los gobiernos “populistas autoritarios” latinoamericanos que serían – para ellos – una amenaza a la democracia.
Ahora bien: las elecciones presidenciales de 2008, ya forman parte de un proceso de realineación de la estrategia internacional de los Estados Unidos. Este proceso deberá tomar algunos años, pero es muy poco probable que los Estados Unidos desistan de los tres “derechos de intervención” que orientaron su política hemisférica, durante el siglo XX. Asimismo, en este comienzo del siglo XXI, la “globalización” del sistema interestatal, y la acelerada expansión político-económica de Asia, crearon una presión competitiva global que ya involucra a casi todos los “estados-economías nacionales” del mundo. Por esto, América Latina está siendo obligada a cambiar su inserción internacional, y dejar para atrás su larga “adolescencia asistida”, dentro de la geopolítica y de la economía del sistema mundial.
En esta nueva situación, vale la pena reflexionar sobre una vieja anécdota futbolística, y su enseñanza universal: la célebre pregunta de Garrincha, luego de oír las orientaciones del técnico Vicente Feola, antes del partido con la Unión Soviética, en la Copa de 1958, en Suecia: «¿usted ya arregló con el adversario para dejar que nosotros hagamos todo esto?» Garrincha sabía que en el fútbol no existe como “arreglar con el adversario”. De la misma forma que en la lucha por el poder y por la riqueza internacionales, donde sólo existe una forma de ganar el “partido”: anticipándose a las intenciones e imponiendo su propia estrategia, a los competidores y adversarios.
– Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
[i] Pratt, J. la History of United States Foreign Policy, The University of Buffalo, 1955
* Fuente: LA ONDA® DIGITAL
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