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Noche de Contradicción 

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Vivo como mucha gente de la clase media en un barrio “frontera”, en el delgado intersticio entre los muy ricos y los muy pobres. Sin embargo desde la pobla mi  casa es la casa “rica” más cercana: ofensivamente grande, ofensivamente cuidada, ofensivamente rica.  Desde la pobla mi ingreso de profesional medio no se ve significativamente distinto a los de los ofensivamente ricos. Y como tal mi casa y la casa de muchos de mis vecinos, tan no-ricos pero también tan no-pobres como yo, fue violentamente apedreada la noche del 11 de Septiembre, los portones pateados e incluso atacada con bombas molotov. Y desde dentro de mi casa… tuve miedo. Durante cuatro horas tuve miedo a aquella “turba” que controlaba a las calles.

Y también odiaba mi propio miedo, porque me alienaba de aquellos con los que políticamente siempre he sido solidaria. Porque me alienaba de los hijos de mis vecinos, de aquellos con quienes me encuentro en la feria de la pobla todos los fines de semana, de aquellos con quienes pretendo mantener una buena vecindad. 

Y desde dentro de mi casa, y entre mi temor, pensaba en cuanto de sed de justicia había en la violencia callejera. Pensaba que si bien no pertenezco a la clase opresora, si soy parte del grupo cómplice –que por nuestro silencio, por nuestro izquierdismo blando, y por nuestra acomodación al sistema- contribuye a la perpetuación de la opresión.

Mi esposo trató de hablar con ellos…. Todos muy jóvenes, todos casi niños, todos con mucha rabia… Explicarles que no queremos ser sus enemigos de clase, que somos de izquierda, que conocemos a sus madres, que solidarizamos activamente con sus problemas… y todo sonaba tan falso cuando nosotros tenemos tanto y ellos tan poco. Cuando nuestra casa –que ciertamente no es lujosa – es tan lujosa comparada a las de la pobla. Que esa rabia que ahora me afectaba directamente, era una rabia tan natural, tan lógica y esperada consecuencia de un país radicalmente inequitativo. Que esa rabia no es sino la hija legítima de la opresión, la represión y la exclusión. Que esa rabia, llego para quedarse hasta el momento en que una radical redistribución de la riqueza logre calmarla.
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