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Hayek, la desigualdad y la UDI

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Es importante preguntarse si la UDI sigue adhiriendo a los planteamientos de Jaime Guzmán acerca de las bondades de la desigualdad social.

Es posible que Piñera gane la elección presidencial y que la UDI vuelva al gobierno. Dado que uno de los desafíos centrales sigue siendo la enorme desigualdad en la distribución de ingresos, es importante preguntarse si la UDI, que se vende como partido comprometido con los pobres, sigue adhiriendo a los planteamientos de Jaime Guzmán acerca de las bondades de la desigualdad social.

Guzmán tiene una deuda histórica con Hayek, quien busca derivar su filosofia neoliberal del liberalismo clásico. Aunque existen similitudes entre esas dos corrientes de pensamiento, hay también una esencial diferencia que dificulta su asimilación.

El liberalismo clásico afirma la libertad, pero a la vez la igualdad. El contexto histórico de Locke y Kant nos muestra que su adversario principal fueron las jerarquías feudales y la idea de desigualdad como un dato natural. En cambio, el adversario histórico del neoliberalismo es el socialismo. Hayek hereda de Mises la orientación anti-Estado que se expresa en sus célebres disputas con Keynes y Oskar Lange.

En The mirage of social justice, Hayek (El espejismo de la justicia social) se opone a la idea de igualdad de oportunidades, pues ello significaría poner en manos del Estado un control ilimitado de las circunstancias que afecten al bienestar de las personas. Durante una visita a Chile, Hayek, en una entrevista realizada por Guzmán, admite que la desigualdad es motor indispensable de la producción capitalista: “como he sostenido otras veces, si la redistribución fuera igualitaria habría menos que redistribuir, ya que es precisamente la desigualdad de ingresos la que permite el actual nivel de producción” (Realidad, mayo de 1981).

Pinochet, y luego Thatcher y Reagan, diseñan sus políticas teniendo a la vista el rechazo de Hayek al igualitarismo y su opción por un ideal de libertad preferencial que exige la ausencia de interferencia estatal. El 10 de octubre de 1975, en un discurso en los Winter Gardens de Blackpool, Thatcher afirma: “todos somos desiguales. Nadie, gracias a Dios, es igual a otra persona por más que los socialistas pretendan que no es así. Creemos que toda persona tiene un derecho a la desigualdad, pero a la vez todo ser humano es igualmente importante para nosotros”.

En 1980, Guzmán publica Reagan y el fracaso socialista (Ercilla, 12 de noviembre), en que enrostra a la izquierda democrática el intento de atenuar el carácter totalitario de la izquierda marxista “como el costo de implantar una sociedad supuestamente igualitaria”.

¿Cuáles son los logros del neoliberalismo? Según Guzmán, ha revitalizado la propiedad privada y la libre empresa. El Estado ahora “disminuye su tamaño y orienta su función redistributiva a superar la pobreza –y no una utópica igualdad– como instrumento de efectiva justicia social”. Enfatiza el impulso privatizador en “ámbitos como la educación, el mercado laboral, el sindicalismo, la seguridad social, la salud”, puntos claves del neoliberalismo de Pinochet.

La idea hayekiana de la desigualdad como motor del capitalismo determina tambien el argumento de ¿Que no haya ricos o que no haya pobres? (Realidad, marzo 1980). Guzmán, inspirado en José Piñera, postula que la necesaria desigualdad entre ricos y pobres es el motor del crecimiento económico y la única solución realista para eliminar la pobreza. La alternativa es el socialismo igualitario que conduce al empobrecimiento de la sociedad entera. Soluciones intermedias (“terceras vías”) son ilusión y utopía. Concluye con una afirmación de temple aristocrático: “siempre el progreso se ha logrado por el fruto con que la obra de pocas eminencias cumbres se ha derramado sobre el resto del cuerpo social”. Ello implica, reconoce, “aceptar la desigualdad como dato de la Creación”. Las objeciones del liberalismo clásico a las jerarquías feudales han sido olvidadas.

El pensamiento político de Guzmán se plasma en la Declaración de Principios de la UDI. Reconoce su acápite 4 que es función indelegable del Estado “la promoción de la mayor igualdad posible de oportunidades básicas”. Pero lo que otorga este párrafo lo quita el acápite 6, que desconoce y cercena la función del Estado en aras de la libertad preferencial en la educación, la salud, la seguridad social y la actividad gremial.

Prueba de que estamos lejos del liberalismo clásico es el acápite 27 de la Declaración, en que se lee: “frente a quienes hacen de la política una mera reivindicación de derechos, silenciando las obligaciones que le son anexas…[la] UDI se propone… respetar las jerarquías naturales en los diversos ámbitos del quehacer nacional, combatiendo la tendencia al igualitarismo rasante de las sociedades masificadas”.

En la lucha contra el socialismo, Guzmán y la UDI, ciñéndose a Hayek, abandonan la lucha por la igualdad clásica y optan por las jerarquías naturales del medioevo. Hay que considerar que Guzmán fue partidario del carlismo español, movimiento que buscó revitalizar las jerarquías feudales.

En 1962, visita Chile el joven príncipe Heinrich von Starhemberg. Es invitado el 30 de abril al Colegio de los SSCC y Guzmán prepara una reseña de su charla. Starhemberg dirige su diatriba contra el paradigma revolucionario que se inicia con la “rebelión de los ángeles en el Paraíso”. En la modernidad esta rebelión se manifiesta en tres “fenómenos diabólicos: la Reforma luterana, la Revolución Francesa y el comunismo”. También anuncia una nueva época en que no tendrán “cabida los absurdos parlamentos de las democracias modernas” y encomia al régimen de Franco. Guzmán concluye afirmando que Su Alteza “hizo votos por nuestro éxito en la batalla en que estamos empeñados, para que se abra en Chile… la nueva era, jerárquica, tradicionalista, dinámica, pero por sobre todo, profundamente católica.”

El camino hacia la decadencia se desencadena con la revolución liberal de la igual libertad. La contrarrevolución que se anuncia busca restaurar la desigualdad jerárquica feudal. ¿A qué otra cosa pueden aspirar estos jóvenes contrarrevolucionarios sino a re-establecer el modo de vida aristocrático que corrompen Lutero, Locke y Kant?
02 Sep 09
Revista Capital

(*) Renato Cristi Becker, Ph.D. en Filosofía por la Universidad de Toronto, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Wilfrid Laurier, de Ontario, Canadá. Es especialista en Hegel y autor de varios importantes libros sobre filosofía política, entre ellos destaca: "El pensamiento político de Jaime Guzmán", Santiago, LOM Ediciones.

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