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Sobre las Reformas Constitucionales de Chávez 

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En diciembre votará la Asamblea Nacional venezolana el paquete de enmiendas a la Constitución que anunció el presidente Chávez hace unos días. Las reformas políticas aparentemente más importantes son la que extiende el período presidencial de seis a siete años y la que retira las trabas a la reelección inmediata y sin límites del presidente. En este esquema, Chávez, de ser reelegido cada vez, podría mantenerse hasta el 2020 en la presidencia, que ha declarado que es su anhelo.

Algunos comentaristas internacionales han señalado el malestar que ha producido el anuncio de esta decisión en círculos antichavistas, lo que era de esperar y que, en realidad, es en gran parte irrelevante.

Las acusaciones de nepotismo o de violación de principios democráticos no se sostienen en nada, habida cuenta que el curso que se seguirá para introducir las enmiendas constitucionales es demostrativa y hasta ejemplarmente democrático. Se decidirá en las urnas si el pueblo venezolano acepta o no las reformas. El presidente Chávez puede ganar el referéndum anunciado. Algunos comentaristas, como Raúl Sohr, interpretan la introducción de una tercera reforma, la reducción de la jornada laboral de ocho a seis horas, como un intento de asegurar la aprobación del paquete total de reformas. (Aunque cabe preguntarse si finalmente el horario laboral debe formar realmente parte de las reformas constitucionales). De cualquier modo, también una derrota de Chávez en las urnas sería ciertamente un triunfo de la democracia venezolana.

El mundo oficial, las cancillerías y los otros presidentes de América Latina prefieren guardar un cauto y necesario silencio. En primerísimo lugar no les compete obviamente decir nada, por respeto a la soberanía de Venezuela, según ha declarado, por ejemplo, el despacho del presidente mexicano Felipe Calderón. Pero más importante es que ha sido un anhelo permanente de muchos presidentes americanos, hoy y en el pasado, de prolongar sus períodos de gobierno y conservar o introducir la posibilidad de gobernar durante varios periodos consecutivos.

Ha sido el caso, como señalaba un artículo en Los Angeles Times y en español en mQh, de Alberto Fujimori, Carlos Menem, Ricardo Lagos, álvaro Uribe y otros. El caso más paradigmático en este sentido es ciertamente el del presidente Franklin Roosevelt, que fue presidente de Estados Unidos durante cuatro periodos consecutivos. En cuanto a la extensión del periodo presidencial, no hace mucho la presidente Michelle Bachelet dijo que cuatro años le parecían muy pocos, y sugirió aumentar el mandato con un año más.

En estos temas, las reacciones suelen ser contradictorias. Los partidarios de un presidente querrán que su autoridad se prolongue y amplíe todo lo posible; sus críticos, que se limite y reduzca. Los presidentes adelantan todo un arsenal de argumentaciones en pro de lo razonable que sería que se mantuviesen más tiempo en el poder.

Sin embargo, la decisión del presidente Chávez causa desazón. En países de tradición democrática y republicana, vale decir, en las tres Américas, esta enmienda puede oler a nepotismo, a bonapartismo, a presidencia vitalicia, a presidencia hereditaria, a monarquía. Huele a todo eso, peor no es ninguna de esas cosas. Creo que todos compartimos un cierto prejuicio demócrata-republicano que nos hace mirar con sospecha los periodos de gobierno demasiado largos y a los dirigentes políticos que quieren perpetuarse en el poder. Tendemos a creer que la extensión de esos períodos favorece el surgimiento de castas, la formación de una clase gobernante o de una clase de funcionarios que, como el presidente, también querrán perpetuarse. Tenemos motivos fundados para sospechar, porque la experiencia histórica en cuanto a estas formas de gobierno ha sido habitualmente desastrosa.

Pero, de hecho, junto con reconocer que no hay nada imposible en la historia, tampoco hay nada esencialmente nocivo en la idea de que un presidente sea elegido regularmente por periodos prolongados. En esto creo yo que debemos mostrarnos fundamentalmente pragmáticos. Aunque sospechemos de la monarquía, nada podríamos reprochar a la vocación democrática del rey Juan Carlos de España, y sin él la democracia española hoy se vería muy diferente. No estoy comparando a Chávez con el rey Juan Carlos; lo que digo es que no hay nada a priori para un republicano que le obligue a repudiar las reformas que propone Chávez, del mismo modo que no podemos creer como cosa fija que un rey es siempre un déspota enemigo de la democracia. (Creo que puede haber democracia con reyes, lo mismo que la puede haber con comités de obreros y campesinos). Según lo entiendo, ni Chávez ni los ciudadanos que lo apoyan vulneran o violan ningún principio de la democracia. El de Chávez es un proyecto explícito de país, y es un proyecto que se viene ratificando regularmente en las urnas. Y eso lo legitima. (Véase la interesante nota en el blog de Vicente Ulive-Schnell, sobre un artículo original de Jean-François Kahn).

Creo que deberíamos dejar de revisar la historia con criterios puramente ideológicos. Por la misma razón, creo que a nadie debe asustar el giro socialista que empieza a tener la revolución bolivariana. Si el modelo socialista venezolano no logra los objetivos de construir una sociedad más justa que mejore de manera substancial las condiciones de vida de su pueblo y contribuya a su desarrollo y felicidad y amplíe sus libertades, podrá ser desmantelado, del mismo modo que el modelo capitalista puede ser desmantelado. No veo yo en eso ninguna tragedia, y ciertamente ninguna justificación a los llamados furibundos, irracionales e injustificados de la derecha y extrema derecha venezolana a derrocar al gobierno de Chávez. Si Chávez los tiene aburridos, diría yo a los enemigos del presidente, inscríbanse, presenten candidatos, convenzan a la población y voten.
Ni siquiera es tan complicado.

Otros cambios que serán sometidos a votación son más locales y requieren más conocimiento de Venezuela para poder juzgarlos. Hay algunas propuestas muy interesantes: ciertamente, la reducción de la jornada de trabajo a seis horas, la prohibición para un patrón de exigir horas extraordinarias a sus trabajadores, la creación de un fondo de jubilación para pequeños empresarios independientes o autónomos, como pescadores artesanales y taxistas, la prohibición de los monopolios, la prohibición y erradicación del latifundio en el agro, la modificación del estatuto autónomo del banco central y el críptico boletín de prensa sobre la transferencia de "los servicios de salud, educación, vivienda, deporte, cultura, programas, al poder del pueblo" (Globovisión).

No se puede realmente criticar al presidente Chávez, que, como dice Kahn, "destina lo esencial de los recursos a una política de lucha contra la miseria, planes de alfabetización y de salud" (en Vicente Ulive-Schnell).

Las reformas constitucionales van en ese sentido y consolidan en un esquema jurídico cambios largamente anhelados por los venezolanos. El proyecto de Chávez será entonces el segundo proyecto para constituir en democracia un estado de derecho socialista después de la experiencia chilena con Salvador Allende. La oposición de Estados Unidos será dura. El irracional fanatismo de la oposición venezolana la ha llevado a excluirse de las reglas del juego democrático, prefiriendo, como en su tiempo la reacción chilena, los asesinatos, los atentados terroristas y las asonadas militares. Chávez, obviamente, tiene todo el derecho a defender el bienestar y la estabilidad de su país. Es esto último lo que explica el énfasis otorgado a la Reserva Nacional, que se llamará, de aprobarse el paquete de reformas, Milicias Populares Bolivarianas.

La oposición, pues, será feroz. La derecha venezolana se ha diseñado, con Estados Unidos, una estrategia similar a la que adoptaron contra el presidente Allende -lo que demuestra, de paso, la falsedad del argumento que relacionaba la dictadura chilena con la Guerra Fría. La violencia de la oposición venezolana es tan llamativa como incomprensible. ¿Por qué tanta aversión y fanatismo? ¿Es muy difícil aceptar las reglas, aceptar la voluntad popular, armarse de paciencia y prepararse para intentar convencer a la opinión pública? ¿Y qué mejor medio que las elecciones?

(Los demócratas deben recordar que uno de los motivos que tuvo Estados Unidos para adelantar el golpe de estado contra Allende fue la decisión de este de llamar a un referendo para que las urnas decidieran la continuidad de su mandato. Eso, más el temor de que en este referendo la opción socialista volviera a ganar. Y el temor de Estados Unidos de que si las nuevas elecciones fueran ganadas por la democracia cristiana, esta aplicaría un programa quizás menos radical que los socialistas, pero animado por un mismo espíritu de reforma social, todo lo cual era inaceptable para los fanáticos de la Casa Blanca).

Así que, pese a que, según señala Raúl Sohr en La Nación, la voz del pueblo es la voz de Dios, podemos anticipar que los enemigos del presidente y los enemigos de Venezuela, tratarán por todos los medios de impedir que el referendo anunciado se lleve siquiera a cabo.

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