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Allende y Chávez en el mismo empeño

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Cuando los empresarios golpistas decretaron el sabotaje al gobierno de la Unidad Popular
Desde el día que Salvador Allende tomó el poder en sesión solemne del Congreso Pleno, la oligarquía buscó mil fórmulas para desestabilizar el gobierno de la Unidad Popular. Cuando te atacan en mil frentes tú primer impulso es responder en todas direcciones. Craso error. Terminas por perder la iniciativa frente a un enemigo que está en todas partes y en ninguna.
Nuestra derrota, tuvo mucho que ver con esto. No pocos en la Unidad Popular entendieron la experiencia como un fracaso y tanto creyeron en ese fracaso que 17 años después se embarcaron con cuerpo y alma en la experiencia neoliberal. Claro, los tiempos cambian y hay que saber adaptarse a las situaciones. (¡Vamos pues dándole duro a la reconciliación y al olvido, el mismo olvido que predicaba en sus últimos días el viejo dictador!).

Hay indicios que el pueblo de Chile comienza a vislumbrar el gran fraude que significa transformar los servicios públicos en negocios privados. Confundir el servicio público del transporte – servicio obligado y esencial en una ciudad de 5 millones de habitantes – con el negocio privado de un cochero del 1900, es simplemente mirar para el lado y entregar la población a las leyes del dinero. Tanto o más aberrante cuando el Estado se deshace graciosamente de los servicios básicos de agua, energía, educación y salud para convertirlos en negocio de la actividad privada.
Los golpistas en Chile ensayaron muchas cosas. Sin embargo, fueron particularmente exitosos en el sabotaje al abastecimiento de la población. Es algo que hoy ensayan en la hermana República Bolivariana de Venezuela. Los golpistas llegaron hasta secuestrar al presidente Chávez. Fracasaron y de paso el pueblo venezolano entendió que la guerra no era cuestión de unos días, sino permanente; que los paracaidistas de Maracay no iban a hacer todo el trabajo. Fueron muy importantes y lo seguirán siendo, pero la revolución la hace el pueblo porque si el enemigo está en todas partes, el pueblo también lo está.
Nosotros en Chile intentamos nacionalizar la distribución, pero fuimos derrotados en toda la línea. Entre paréntesis no nos fue mejor que en los países del socialismo real cuya experiencia en el aprovisionamiento de su población fue sencillamente patética.
Durante la Unidad Popular tuve el privilegio de organizar una operación de comercialización en el lejano territorio de Aysén, a casi 2000 kilómetros al sur de Santiago. La llamamos Operación Aysén. Lo cual sumado a otras experiencias en el centro-sur de Chile reafirmó mi convicción inicial que ningún Estado tiene la capacidad operativa para nacionalizar la comercialización; sobre todo si pensamos en el comercio minorista. No es la misma lógica cuando a partir de los centros mayoristas de distribución buscas influir en el comercio minorista. De hecho si negocias con los mayoristas manejas los tiempos del comercio, quiero decir, el almacenaje, el transporte, la distribución y finalmente el precio. Es lo que en último término nos interesa: llegar al pueblo con el pueblo.
Lo que hoy vive la hermana república bolivariana de Venezuela no me es extraño y quizás la experiencia de Aysén contribuya en algo al gran debate que hoy vive el pueblo venezolano.

La operación Aysén
En Aysén adquirí tres certitudes, o para ser más exacto, entendí la necesidad de conocer tres temas o situaciones. En primer lugar tú tienes que dominar lo que los economistas llaman (1) los márgenes de utilidad de los mayoristas. Discutir sobre un precio sin aclarar los márgenes de utilidad es como discutir un premio sin que tú sepas si el candidato al premio está en disposición de realizar la actividad que dará lugar a éste. En seguida tú debes conocer (2) la relación entre distribuidores al por mayor y comerciante minoristas. Me explico. Si 1 mayorista distribuye a 50 comerciantes minoristas, o 20 mayoristas a 1000 minoristas, la regla de oro no es perder el tiempo controlando a 1000 o 1 millón de minoristas, tú vas al origen de la distorsión, esto es, el mayorista, al gran distribuidor, que es, al menos numéricamente, manejable. Al minorista lo controla la población. Distribuyes los roles. El Estado se ocupa del mayorista y la población del minorista.
A esos dos temas iniciales tú tienes que agregar un tercero, a saber, estudiar según el producto, (3) la fecha máxima, y eficaz, de distribución. No es lo mismo la comercialización de bienes que necesitan capacidad de frío – con altos costos de tratamiento y almacenamiento – que la de mercadería que tiene tiempo indefinido de conservación (azúcar, arroz, frijoles, harina, etc.) pero que de todas maneras puede presentar problemas de almacenamiento. Hay diferencias y tú tienes que manejarlas al dedillo. Estudiados los tres puntos mencionados, tienes la ecuación con la cual obtienes el grado de libertad que buscas, a saber, el precio al consumidor. O dicho de otra manera, estás en capacidad de presentar un precio asequible a todo el mundo, eliminando de plano las condiciones para crear un mercado negro.
Pero hay algo más en este mundo de números y cálculos propios de un Estado Mayor de la economía. Pues las negociaciones que se entablan ocurren en un contexto de propuestas, exigencias, movilizaciones de productores que ven amenazadas sus cosechas, sus ganados, sus predios; de comerciantes que buscan utilidades jugosas; de transportistas que saben de su importancia en una cadena de cargas y tarifas; de consumidores con presupuestos limitados, en fin hombres y mujeres enfrentados en duras batallas y desencuentros por la vida y por el pan. Los hombres y mujeres de Aysén con su porfía de colonizadores siempre estuvieron dispuestos a morir en la soledad de su empeño. Por eso, esta batalla con cifras, cálculos y diálogos y muchas amenazas, era una más en otras de su esfuerzo. Con la fuerza de la convicción y la voluntad y energía de los colonizadores, pudimos presentar cuentas claras, imposibles de rebatir.
Durante el gobierno del Presidente Allende, el mes de enero de 1972 más exactamente, un siniestro en la Planta Faenadora de Carnes de Puerto Chacabuco afectó en 50% la capacidad de almacenamiento de carne con lo cual, lo que normalmente se almacenaba para el consumo de la población de Aysén y para la exportación tenía que ser vendido en un tiempo limitado. Hace 34 años atrás las comunicaciones con el resto del territorio continental chileno no eran expeditas y no había otra posibilidad de transporte, aparte de la vía aérea, que la comunicación terrestre a través del territorio argentino, o bien la vía marítima. Había pues que transportar 60 mil ovinos y 12 mil bovinos en un plazo máximo de no más de 60 días, a riesgo de quedar atrapado el ganado por las primeras nevadas que impedirían su transporte hasta el puerto de embarque.
En aquella época el Estado, propietario del matadero, compraba el ganado y almacenaba la carne para su posterior comercialización. Si bien existía voluntad de parte de los colonizadores de comercializar su ganado – aproximadamente unos 250 – entendí que debía ponerme de acuerdo con un grupo de no más de 5 grandes ganaderos y un intermediario que aseguraba el embarque hacia el continente y su posterior comercialización en el sur y centro del país. Con el precio del ganado bovino no tuvimos problemas. Sí los tuvimos cuando se trató de negociar el precio de los ovinos.
Como herramienta de presión, los 5 grandes ganaderos, en colusión con el intermediario, fijaron un precio muy por encima del normal. Argumentaron que era el precio que debía pagarse por lanares cuyo peso superaba los 16 kilos y que no había otro medio de recuperar sus insumos. Conociendo el punto (1), esto es, los márgenes de utilidad, entablé la negociación a nombre del gobierno, ofreciendo un precio que representaba el beneficio que históricamente se obtenía en este tipo de transacciones. El medio de presión de los grandes ganaderos consistió en decir que preferían no comercializar a menos que se les mejorara el precio. Debo agregar que durante las negociaciones con los ganaderos el intermediario había sospechosamente, arrendado los mismo barcos de cabotaje que debían efectuar el traslado del ganado.
Habiendo atacado en dos flancos, la oferta de animales y el medio de transporte, mis interlocutores pensaron que tenían la apuesta ganada. Ante esto, y ya en el tercer día de discusiones, decidí emitir un decreto mediante el cual se pagaría sólo hasta 16 kilos por animal en pie. Los kilos suplementarios no se pagarían. Con lo cual tácitamente daba por terminada las conversaciones. Debo agregar que en la región de Aysén no existían estadísticas de corderos a la venta, superiores a ese peso y que el argumento de lanares con más de 16 kilos era absolutamente falso. Segundo, me dirigí directamente a la autoridad marítima y procedí a requisar los barcos. Lo digo así, literalmente: me acompañaron funcionarios del Estado, colonos y público ansioso de conocer la novedad. El funcionario a cargo, manifiestamente sorprendido, pidió un texto, en fin, algo que justificara una gestión inédita en las fórmulas administrativas establecidas. Solicité un papel y una pluma. En 15 minutos el trámite estaba concluido y el administrador de la compañía naviera tenía su decreto de requisición debidamente firmado.
En poco más de 24 horas la situación había cambiado radicalmente. Pues por un lado la presión del transporte marítimo quedaba neutralizada, y por otro, los ganaderos mayoristas quedaban sin precio. Al menos el que postulaban. Ahora el problema era para los mayoristas pues debían explicar a sus bases el impasse. Al interior de las cooperativas éstas exigían una pronta solución, pues estaba latente el riesgo de las nevadas y la imposibilidad de realizar la venta. Aquí se probaba que el punto (3) estaba a nuestro favor pues la limitante de almacenaje, por la capacidad de frío disminuida, incentivaba una solución rápida. Agreguemos que el intermediario, que normalmente negociaba una tajada del precio con los ganaderos quedaba sin trabajo pues esta vez, en acuerdo con los pequeños ganaderos, nos hicimos cargo del embarque.
En este juego de póquer los 5 ganaderos mayoristas, entendieron que tenían todo que ganar y sí mucho que perder si no aceptaban el precio ofrecido. No fue pues sorprendente que finalmente aceptaran el precio que se les ofrecía. Pospusieron su animadversión a un gobierno que detestaban, por un margen de utilidad aceptable y que dada la situación les convenía. En esos días aprendimos algo importante. Cuando tú negocias con determinación tú contraparte entiende que debe entenderse contigo y no caben alternativas. El ganado se embarcaba con nosotros o simplemente no se embarcaba.
Vamos a los tres puntos de la ecuación. Entender el punto (1), esto es, los márgenes de utilidad de los mayoristas, fue crucial pues eso significó entrar en el meollo de la negociación y negociar desde una base sólida, sin recriminaciones ni malentendidos y en el mismo lenguaje de los ganaderos. El realismo de los negocios se impuso al activismo golpista. El punto (2), negociar con 5 mayoristas, fue determinante para que la multitud de pequeños ganaderos pudiera entrar en el acuerdo y entender que su suerte estaba ligada a un gobierno que ofrecía precio, transporte y comercialización del ganado en el continente. El problema del punto (3), esto es la restricción de almacenamiento, nos enseñó que podíamos manejar los tiempos de distribución a nuestro favor. Es más, cuando finalmente resolvimos el problema del transporte, para el cual debimos montar desde el Estado toda una operación, donde ni siquiera el avión quedó excluido, la compleja cadena en operación quedó en nuestras manos.
El golpismo y los empresarios de la comercialización maniobraban para empantanar los esfuerzos del gobierno para abastecer de alimentos a la población; sin embargo, quienes finalmente, en virtud de los acuerdos logrados en el territorio de Aysén, negociaron con los empresarios de la carne en la zona central fueron los mismos ganaderos que inicialmente habían complotado contra el gobierno. En cuanto al precio final al consumidor no hubo sorpresas. No hubo lugar para la especulación y se respetaron los precios al consumidor fijados por el gobierno.

El anticlímax
Todo lo que hicimos fue al margen de la administración pública de la época. Nadie nos pidió que nos involucráramos en tamaña expedición. Vagas noticias sobre una operación que se planificaba en el extremo sur del país llegaban a oídos de la administración central. Desde luego invocábamos en nuestras actuaciones, lejanas instituciones y autoridades nacionales; apoyos (que nunca existieron); certitudes, que un mercado tambaleante no podía dar. Por eso, no puedo terminar sin un punto de reflexión que quizás esté en la mente de los hermanos venezolanos que leen estas líneas y que hoy luchan en su país.
Eramos increíblemente pocos y nadie ni nada podía garantizarnos el éxito. Aquellos que alguna vez estuvieron en el servicio público civil saben que no existen férreas líneas de mando que soslayen la falta de convicciones. Sólo sabíamos que no podíamos cejar en un empeño donde la soledad era sólo comparable a aquella en que se encontraban los primeros colonizadores de Aysén. Si bien en nuestra pequeña operación tuvimos éxito, no pudimos decir lo mismo cuando intentamos repetir en el resto del país lo que habíamos aprendido en ese lejano territorio. Fue el anticlímax en un período donde se elaboraban complicadas estrategias políticas destinadas – según se decía – a aunar fuerzas en el Congreso para aprobar leyes que darían la unanimidad para realizar los cambios que el pueblo demandaba en la calle y en sus centros de producción.
Intimamente sabíamos que lo que faltaba no eran leyes. Expertos juristas habían desempolvado viejos textos de la República Socialista de los cien días (Junio de 1932), (*) donde se autorizaba al Estado a requisar y expropiar bienes y empresas industriales y comerciales que detenían la producción. Pero nada de eso bastó para que en las sombras se tejiera la espesa urdiembre del golpe, llevándose la ilusión de un pueblo que de la palabra de Allende pretendía tomar su destino en sus propias manos.
11/03/2007

Héctor Vega es economista y abogado. Doctor de Estado en Ciencias Económicas (Universidad de Aix-en-Provence, Francia); Profesor del Doctorado Universidad Arcis. Autor de: Crónica de una dictadura militar (Caracas, 1975); Crítica de la Unidad Popular (Barcelona, 1975); Chili 1970-1973. La politique économique de la transition au socialismo (Bruselas, 1980); L’économie du populismo et le projet au socialismo proposé par l’Unité Populaire au Chile (Bruselas, 1984); Hacia el Chile Futuro (Madrid, 1984); Integración Económica y Globalidad (Santiago de Chile, 2001); Chili (1970-1973): une transition manquée (2005, por editar); Geopolítica americana (2007, en preparación).

Nota de la Redacción de PiensaChile
(*) La así llamada "República (o Revolución) Socialista de 1932", no duró 100 días, como lo pone erróneamente Héctor Vega, sino sólo 12; pues ocurrió exactamente entre el 4 y el 16 de junio de aquel año. Véase, por ejemplo: Patricio Mason, EL MOVIMIENTO OBRERO CHILENO Y LA REPUBLICA SOCIALISTA DE 1932, Santiago, Editorial Cambio, 1986; o el libro clásico del doctor Carlos Charlin, titulado: DEL AVION ROJO A LA REPUBLICA SOCIALISTA. Empresa Editorial Quimantú, 1972. 
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