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Amor en tiempos de cólera 

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El cólera se ha convertido en una epidemia que amenaza con arrasar a los políticos y todos se odian y se acusan de los peores peculados: es el terror al tanatos, (la muerte) político. Se sabe que Freud basó el psicoanálisis en la lucha entre eros, la vida,  tanatos, la muerte. Como los héroes de Gabriel García Márquez, los amantes maduros Andrés Allamand y Marcela Cubillos no se enamoraron en el cálido río Magdalena, sino en el helado Sena parisino; a diferencia de los mediáticos besos, con lengua incluido, de Marlén Olivarí con su pareja de baile, y de la copiona Raquel Argandoña, nuestra pareja es seria, muy católica y recatada. Desgraciadamente, siempre hay parlamentarios copuchentos y acusetes que, como los paparazzis, sacan fotos comprometedoras con celulares de última generación, ni siquiera se salvó Sadam Hussein en sus postreros minutos de vida.

Es seguro que cuando llegue la primavera de este año, Marcela y su caminante en el desierto, Andrés, nos harán saber sus nupcias; serán testigos Larraín & Larraín, y las presidirá el presbítero Raúl Hasbún. Por cierto, esta ceremonia no tendrá nada que ver con el matrimonio “artesa” de Fulvio Rossi con la encantadora Carolina Tohá, tampoco será grosero, vulgar y comercial como el de la “fiera vip”, Pamela Díaz y el dominado Don Fausto, Daniel Neira; tampoco será pomposa como la del dictador Carlos Ibáñez del Campo, viudo y profanador de cunas, con la aristocrática – venida a menos – Graciela Letelier que, como dote, colocó a todos sus parientes en cargos de la Administración Pública: “el que no toca embajada, toca camioneta”, decía don Carlos. Marcela y Andrés se conformarán con el voto de amor eterno entre Renovación Nacional y la UDI.

Pienso que esos niños, a poto pelado, llamados cupidos podrían tener mejor puntería y dar directo en el corazón de la matriarca María Antonieta Saá, quien producto del filtro del amor, le empiecen a gustar los versos con pelos del bigotudo Fernando Flores, y  la diputada Nani Muñoz se vuelva loca con el buen mozón de Esteban Valenzuela. ¿Por qué no podrían llorar una noche de amor los acusados parlamentarios Laura Soto y Rodrigo González? Las sesiones parlamentarias podrían desarrollarse de la siguiente manera: “por su intermedio, Sr. Presidente, le envío un beso bien babeado al honorable diputado tal…”, la hora de incidentes se reemplaza por hora de atraque, con manifiesto erotismo y toqueteo a voluntad.
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