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Una teletón para los otros discapacitados

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Ellos, las personas que sufren de discapacidades físicas, tienen a ese super hombre, que como ningún otro, vela por sus derechos y posibilidades. Sin embargo, hay otra parte de la población, que aguanta otros tipos de obstáculos y para los cuales no existe ser humano entregado a la tarea de protegerlos.

Con motivo del término de la exitosa campaña de la Teletón 2006, bien valga  a estas alturas una reflexión.

En tiempos en que el ambiente económico mundial muestra signos auspiciosos de crecimiento; cuando la concertación se debate dentro de la peor crisis política y ética de su historia y en tiempos en que la justicia ya no es más justicia, surgen super hombres, capaces de levantar a todo un país y guiar a millones de personas en post de un objetivo tan humano como grandioso.

Ellos, las personas que sufren de discapacidades físicas, tienen a ese super hombre, que como ningún otro, vela por sus derechos y posibilidades. Sin embargo, hay otra parte de la población, que aguanta otros tipos de obstáculos y para los cuales no existe ser humano entregado a la tarea de protegerlos.

Aquellos están solos, y puede ser que quien escribe estas líneas o usted lector nos encontremos dentro de este rebaño olvidado, para el cual no existe campaña de ayuda. Allí están esos, a los que el sueldo les dura un fin de semana, los carreteros y compradores (as) compulsivos; esos, los apremiados por compromisos bancarios; esos, a los que les cuesta pagar el IVA; aquellos, los que están en la mira del SII y de la Tesorería, por tanto marullo financiero para salir a flote; también esos, los que tienen ideas de negocios y de empresas, pero que no pueden ejecutarlas porque no tienen 300 o 400 lucas, ni los 3 meses que cuesta armar en Chile una empresa legalmente constituida; esos, los que tienen la urgencia de trabajar, aunque sea vendiendo celulares, pero que no pueden por que sin querer queriendo aparecen en el boletín de una empresa particular, que hace negocios a costa del estado y de todos los chilenos como es el Dicom; esos, los endeudados del siglo XXI, a los que engañaron con cuentas bancarias y tarjetas de crédito mientras estudiaban.

Aquellos, los cesantes ilustrados, a los que les vendieron un futuro promisorio, pero que hoy se confunde con los otros cesantes en una plaza y con un diario bajo el brazo; también estos últimos, que invirtieron (ellos mismos o sus padres) millones de pesos y años en educación para ganar, con suerte, la mitad de lo que gana un vendedor de seguros de sólo tiene el cuarto medio rendido; y los otros cesantes ilustrados, que tienen cabeza para llegar lejos y los suficientes pergaminos para al menos optar a una oportunidad, pero que siguen estando en los últimos lugares de la tabla por que no tienen pituto al cual recurrir, ni contactos políticos para entrar a la apetecida administración pública.

Como se ve, el mundo al revés; a todo esto, ¿sería mucho pedir otro Mario Kreutzberger para toda esta gente?.
El autor es periodista

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