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La fiesta de Bolaño 

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CARTA DESDE LEJOS
Fue un precoz revolucionario y que como todos los revolucionarios fue abandonado en el desierto, nunca se liberó de la obsesión del heroísmo, de los pequeños héroes que han sembrado la tierra latinoamericana con sus pobres huesos.

Hace justamente tres años, desafiando una ventolera caliente en la madrugada que ya prometía otra jornada abrasadora -aquel verano europeo en el que los viejos morían como moscas y los jóvenes boqueaban a orillas de los ríos y de las playas ardientes- un auto corría a gran velocidad por la autopista del Maresme buscando el camino más corto para entrar a un hospital de Barcelona. Conducía una mujer valiente y a su lado canturreaba tranquilo un moribundo que ya sabía adónde estaba yendo. A Roberto Bolaño le quedaban aún dos semanas de agonía, hasta el 15 de julio en que el detective más salvaje y tierno de los anales nacionales tuvo que dejar definitivamente de indagar y de bromear.

A lo largo de su vida Bolaño renegó en repetidas ocasiones de la idea de inmortalidad, común en tantos escritores, y, en efecto, no sabemos hasta cuándo seguiremos recordándolo ni cuántas generaciones seguirán leyéndolo. Supongo que ello depende de la idea que tenemos de nuestra propia inmortalidad quienes le estamos, por ahora, sobreviviendo. La obra de los grandes escritores suele pasar por fases desconcertantes en la memoria de la posteridad. A veces se sumerge por largo tiempo y vuelve a emerger sin causas aparentes. O persiste durante largos años para luego desaparecer como si hubiese decidido reunirse con su autor en algún lugar inimaginable.

En la cultura literaria chilena, Roberto Bolaño irrumpió provocando el efecto de una borrachera inesperada sin que se estuviera celebrando aquí ninguna fiesta. Para algunos fue como un golpe alevoso que venía a cuestionar dudosas reputaciones domésticas que encendían velas en ceremonias íntimas (el “Nocturno de Chile”); para otros una revelación abierta y diurna de las inmensas posibilidades y ambiciones de una obra que a fin de cuentas había que inscribir en el marco de la literatura hispanoamericana, en un momento en que ésta parecía no poder zafarse de un páramo tan inerte como inútil. Fue como si en aquellos pantanos hubiera estallado una bomba poblando la superficie de la ciénaga nacional de cientos de peces muertos. Y para los que quedaron vivos comenzaba la fiesta, en la que por supuesto llegaron a participar paracaidistas y oportunistas de mucho cuidado.

A la borrachera inicial seguirá ahora la tarea de las segundas y terceras lecturas, en las que se desechan algunos entusiasmos y se puede profundizar en aquello que sin duda seguirá persistendo. Bolaño nos dejó mucho para seguir explorando, pero ya no puede participar en un diálogo, lo que siempre fue para él importante. Sus libros fueron una sucesión de capítulos de un mismo libro, ninguno se cerraba en un final que pudiera conciliarse con la idea de la desaparición, por eso su ausencia actual es tan desconcertante y termina por dañar la consideración de su obra, que tenía un carácter abierto, inconcluso, palpitante. Como si le imputáramos la culpa de su despedida, en la que nadie de sus lectores y amigos en el fondo creía.

En uno de los últimos poemas de “Los perros románticos” escribió:

“Y acaso son los gestos de valor los que
Nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura,
En paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles -o que
Los años y la costumbre consintieron
que creyéramos inútiles- los que nos saludan,
Los que nos hacen señales enigmáticas con las manos,
En medio de la noche, a un lado de la carretera,
Como nuestros hijos queridos y abandonados,
Criados solos en estos desiertos calcáreos,
Como el resplandor que un día nos atravesó
Y que habíamos olvidado”.
Aquellos desafíos que creíamos gigantescos, que osaban querer cambiar el mundo, y que hoy aparecen pequeños e inútiles temas de salón a la hora del té, en realidad siguen proyectando la imagen desolada de un desierto, porque nunca dejamos de estar solos. Roberto Bolaño, que fue un precoz revolucionario y que como todos los revolucionarios fue abandonado en el desierto, nunca se liberó de la obsesión del heroísmo, de los pequeños héroes que han sembrado la tierra latinoamericana con sus pobres huesos. Y puede ser que en aquella madrugada de fuego volando hacia una cita que ya no podía aplazar, Roberto volviera a recordar en una visión final “aquel resplandor que un día nos atravesó” y que quisiéramos que nunca nos hubiera abandonado.

El autor, según propia definición, es: “Patiperro chileno, crítico literario, docente de la Universidad de Turín, Italia.”

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